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Clave para detectar golpistas mexicanos

La historia de las derechas en América Latina corre pareja a la historia de los Golpes de Estado en la región. Como nos documentaron Marcos Roitman o Stella Calloni, de los cerca de 100 golpes de estado que han lacerado a Latinoamérica, 98 han sido obra de fuerzas políticas conservadoras. Salvo dos excepciones en Perú y Panamá en 1968 y 1969 respectivamente, el resto de los golpes son patrimonio de las derechas. Y muchos de ellos, como los perpetrados por Pinochet o Videla, han sigo atrocidades sangrantes que aún no se curan.

Esa es la evidencia. Esos son los datos. Ciegos ante esa realidad, los jilgueros fanatizados que se creen liberales hoy espetan toda suerte de anatemas donde subrayan que el principal riesgo contra la democracia es “el populismo”. Pasan por alto cien años de historia, sobre todo aquellos donde las derechas fueron perpetradoras de canalladas golpistas precisamente para quitar del poder a gobernantes legítimamente electos que representaban la faceta clásica del populismo latinoamericano y su reformismo agrario. como fue el caso de Jacobo Árbenz en 1954 o Perón en 1955.

Embebidos en la fantasía, nunca se han enterado de que esa inercia golpista en América Latina se prolongó más allá del Siglo XX. Aunque ahora los golpes ya no suelen ser abiertos y castrenses, la canallada autoritaria es igual: se usan artimañas estatales (como el poder judicial o el legislativo) para deponer a gobernantes legítimos.

El primer intento de golpe de estado en América Latina en el Siglo XXI fue en Venezuela, en abril de 2002. Y se frustró. El primer golpe de estado exitoso fue en 2009, contra Manuel Zelaya, en Honduras, perpetrado por un cretino fascistoide, Micheletti, a quien la historia recordará como Pinocheletti.

Las asonadas han seguido. Deposición de Fernando Lugo en Paraguay en 2012. Destitución ilegítima de Dilma Rousseff en Brasil en 2016. Encarcelamiento ilegal de Lula da Silva en el mismo país. Intento de asonada contra Correa en Ecuador en 2010. Acoso judicial contra Cristina Fernández Kirchner en Argentina. Destitución golpista clásica contra Evo Morales en Bolivia.

En este rosario de actos grotescos, emerge el primero en México, que aunque fue frustrado, dio ejemplo a las derechas de la región de cómo hacer canalladas. Y eso fue el desafuero de López Obrador como jefe de Gobierno en la Ciudad de México. Con un expediente amañado  y sin ninguna prueba de por medio, una parte del poder Judicial (encabezada por el turbio ministro Mariano Azuela) y una parte del poder legislativo (pastoreado por los turbios priistas Manlio Fabio Beltrones y Emilio Chuayffet) trataron en abril de 2005 destituir a un gobernante legítimamente electo, sin argumentos de por medio.

La resistencia civil frenó la canallada. Pero los golpistas asomaron en rostro. Muchos de los enemigos del jefe de gobierno en ese entonces ,  con el paso del tiempo y con la acumulación de evidencia, supieron tener la honestidad de reconocer que aunque tuvieran diferencias con AMLO, su desafuero era una injusticia. O, más tarde, incluso mostraron arrepentimiento público o decencia política para aceptar que el desafuero era una inmundicia. En ese tenor están ex panistas o panistas como Manuel Espino, Gerardo Priego, Carlos Orvañanos, Fernando Aboitiz o el propio Santiago Creel.

Pero otros persisten en su ánimo canalla. Fox, Calderón, Roberto Madrazo, sus amanuenses y plumeros, hoy mantienen esa vocación golpista y siguen aludiendo a esa coyuntura con ánimo de deturpar a la mala a su adversario, que hoy es presidente del país.

Si queremos saber quién tiene ánimos golpistas el día de hoy en México, aunque carezca de medios para ponerlas en práctica, asomémonos a los que aún siguen con la cantaleta del desafuero contra López Obrador y lo siguen acusando de las mismas fantasías de entonces.

Y luego de ver eso, nos explicaremos por qué aplauden la atrocidad golpista recién vivida en Perú. Y así se reafirman como lo que siempre han sido: perdularios capaces de hacer asonadas antidemocráticas con tal de fastidiar a un legítimo adversario. Y luego, con esa dureza facial, tendrán la sinvergüenza de marchar “por el INE y la democracia “.

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