Ciro Murayama escribió en días pasados “Por primera vez en décadas se aprueba una reforma electoral SIN consenso”

Al consenso al que se refiere el consejero militante de la oposición es al consenso partidista, no a la opinión ciudadana mayoritaria. Hagamos un repaso por las reformas electorales anteriores:

Claro que se nota el consenso, porque en 6 de las 8 reformas gobernaba el PRI autoritario y en las dos reformas restantes, gobernó el Pacto por México del PRI, PAN y PRD. La última gran reforma electoral fue en 2014, cuando todavía Morena estaba inmerso en su proceso de confirmación y un año antes de que consiguiera sus 35 primeros diputados federales en 2015.

Visto desde el presente, está claro que al irrumpir Morena en la política mexicana se rompe el consenso neoliberal que tenían firmemente establecidas las relaciones de complicidad de Lorenzo Córdova con los líderes del PRI, PAN y PRD. El INE se dejó colonizar, pero también colonizó a los partidos políticos, intercambiando reformas gradualistas por impunidad electoral para los 3 partidos mayoritarios.

Este intercambio de impunidad está evidenciado por hechos como el que las más fuertes sanciones, como el retiro de candidaturas a gobernador, solamente se llevaron a cabo después de 2018. Hay ejemplos de la laxitud del INE por doquier y constan en sus dictámenes del Consejo General desde el 2005 y la intromisión de Fox en las elecciones en delante.

Este mecanismo llevado a cabo por el INE y los partidos mayoritarios para simular ante la sociedad que los procedimientos de la corrompida democracia electoral mexicana funcionaban, es a lo que Murayama le llama “consenso”. Y sí, coincido con él. Se ha roto ese consenso y eso es bueno.

Un análisis serio de la reforma electoral propuesta por López Obrador difícilmente se adapta a la forma de una columna de opinión. Sin embargo, desde un texto como este sí se puede clarificar que una reforma sin el consenso corrupto de antaño es necesaria, pertinente y que la desesperación de Murayama es confirmación de ello.

En su último llamamiento público (ver arriba), Murayama comienza a virar hacia lo sentimental, aduciendo que con la reforma serán despedidos trabajadores de las juntas distritales. Yo no creo en su súbita y apasionada defensa de los trabajadores. Yo creo que incluso suponemos buena fe de parte de Murayama, en el mejor de los casos fue un incauto y una herramienta que sirvió para que el corrupto consenso de antaño despidiera impunemente a miles de trabajadores del estado con sus reformas estructurales. También permitió a ese corrupto consenso erosionar derechos laborales, permitiendo la subcontratación. Pero yo no creo que Murayama sea un inocente instrumento que fue utilizado. El participó en ese consenso corrupto y lo defiende con tanta vehemencia porque es producto de él.

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