Aunque la discusión se diluyó porque la 4T hace cuatro sexenios en dos y no se detiene, creo pertinente recalcar algunos aspectos que derivaron del reportaje de The New York Times donde mostraba que un grupo de narcotraficantes —supuestamente— cocinaban fentanilo desde la comodidad de su cocina como si fuera una sopa de pescado. Aunque el periódico respaldó el reportaje, hubo expertos que aclararon los motivos de que la probabilidad de producir fentanilo en esas condiciones era mortal y que la veracidad de la información reproducida era poco más que dudosa.
El problema no solo viene de la nula labor de investigación de los que hicieron ese reportaje sino de la intención que producen ese tipo de panfletos para buscar colocar la narrativa de que en México el fentanilo lo hacemos hasta en nuestras cocinas. Por más que se demuestre con datos y ciencia que la producción de fentanilo requiere ciertas condiciones de seguridad y equipo especializado para un grupo de personas, los que mienten son el gobierno y en Culiacán la gente cocina fentanilo mientras se come unas papas con salsa Valentina y bebe cerveza.
Por supuesto, a los convencidos de esa narrativa no se puede hacerlos rectificar, pero sí debemos denunciar las artimañas de la prensa corporativa con esos reportajes para contar con supuesta evidencia de que México vive en el caos a manos del crimen organizado y por eso la propuesta de Trump sobre declararlos grupos terroristas es lo que se tiene que hacer.
Nadie pondría en duda que en México existen laboratorios clandestinos y desde ahí se producen diferentes tipos de droga, incluido fentanilo, para luego exportarlo hacia Estados Unidos, pero también es cierto que esto ocurre en otros países como Canadá y de eso The New York Times no dice nada. Valdría la pena que se investigue realmente dónde existe una mayor producción de fentanilo, pero sobre todo de dónde los consumidores en Estados Unidos lo obtienen.
Porque claro, es muy fácil acusar al mundo de producir fentanilo, pero no de enjuiciar a las grandes farmacéuticas que provocaron de forma deliberada el incremento de consumo y prescripciones de opiáceos en Estados Unidos, ni tampoco de atender la crisis de salud pública que viven los gringos como sociedad por la cantidad de muertes producidas al año (aproximadamente 100,000) por sobredosis de fentanilo. Tampoco el gobierno de Estados Unidos explica cómo es que los grupos del crimen organizado obtienen armamento de ese país y qué hacer para detener el tráfico de este.
Entonces si las razones son realmente disminuir el problema del narcotráfico en México, lo primero que tendría que hacer Estados Unidos es poner orden en su propia casa y dejar que nosotros sigamos con nuestra estrategia de seguridad para atender las causas que ha generado la existencia del crimen organizado.
Así que, si el verdadero interés del gobierno de Estados Unidos es frenar el consumo de fentanilo, debe dejar de propagar mentiras sobre la producción de este, frenar sus ánimos injerencistas y cooperar con México para disminuir la violencia producida por la venta de armas a nuestro país.
Al final, el fentanilo si Walter White existiera no lo haría en una cocina con una olla de peltre sino como lo indican los manuales de bioseguridad y como realmente se trabaja la química orgánica. Lo demás, es ciencia ficción a manos de The New York Times.



