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Lecciones de la historia: siete siglos de México-Tenochtitlán

La fundación histórica de nuestra ciudad capital es una trama de hechos que se entrelazó con los mitos cosmogónicos mesoamericanos. Hoy nuestra identidad es producto de ese tejido profundo y los relatos que mantenemos en nuestro imaginario dan cuenta de una voluntad colectiva y la lucha de un pueblo por prevalecer en el tiempo.

Que haya dos posibles referencias -o más- para establecer la fecha exacta del establecimiento de Tenochtitlán, ya no solo es un tema de eruditos, sino una vivencia que se resignificó a partir de los símbolos que convoca. Paralelo a los pasajes de los hombres que caminaron desde Aztlán narrados en la llamada Tira de la Peregrinaciones o Códice Boturini; existe el relato de los conflictos entres los dioses que guarda la Crónica Mexicáyotl registrada en náhuatl por Hernando Alvarado Tezozómoc:

Malinalxóchitl deidad lunar entró en conflicto con su hermano Huitzilopochtli que representa el sol, y es que justo por los males que provocaba al pueblo azteca es que terminó por ser abandonada por Huitzilopochtli. Su hijo Cópil pretendiendo vengar la afrenta que recibió su madre conspiró en contra de su tío y su pueblo, tratando de poner a otros grupos en su contra y buscando matarlo. Es el mismo Huitzilopochtli quien venció a su sobrino para decapitarlo en el cerro Tepetzinco (el actual Peñón de los Baños) y desde el mismo lugar donde Quetzalcóatl reposó, un emisario lanzó a las aguas de esta laguna el corazón de Cópil.

En ese lugar, en medio de carrizos y juncos brotó una nopalera de tunas o tenochtli que marcó el sitio donde en el año 2 calli (1325) el Pueblo mexica reconoció la señal que su deidad tutelar les había prometido para concluir su peregrinación. Justo el momento donde se posó el águila sobre ese nopal está representado en piedra en un monolito mexica descubierto bajo Palacio Nacional en 1926; ya que en la cara posterior del llamado Teocalli de la Guerra Sagrada se esculpió el diseño original de lo que llegaría a ser nuestro escudo nacional.

Un águila que se posa sobre un nopal del que brotan corazones a manera de tunas, pues este mismo tunal ha brotado a su vez del corazón sacrificado de Cópil, tal como lo narra el mito; pero el águila no tiene en el pico una serpiente, sino que emerge un símbolo complejo conocido como el atl tlachinolli (agua-fuego) convergencia de elementos contrarios pero complementarios en el pensamiento nahua para representar un líquido vital como es la sangre y para aludir al ideal de la guerra como sustento de los dioses.

Este es el mismo monumento que hoy se vuelve a emplazar en una de las esquinas del Zócalo para conmemorar la fundación de esta ciudad hace 700 años, tal como lo hizo Moctezuma Xocoyotzin, quien mandó esculpir este monolito en 1507 durante el último ritual del Fuego Nuevo o Atadura de Años, ceremonia que fue seguida en todas las ciudades y asentamientos que rodeaban los cinco lagos donde México-Tenochtitlán se levantaba orgullosa.

En una nueva ceremonia para conmemorar la creación de nuestro mundo, el pasado 26 de julio, la primera Presidenta de México hizo un recuento de los resultados más dañinos de aquella conquista española que no solo destruyó hasta sus cimientos esta metrópolis acuática -maravilla del arte y la ingeniera originaria-; sino que sometió a sus herederos a una larguísima servidumbre que tiene repercusiones en nuestro presente.

La conquista militar que acabó con la hegemonía del pueblo mexica significó el fin de toda una era, y marcó el sometimiento de todos los pueblos a una subordinación política que justamente, se implantó desde el mismo sitio donde se enterró con piedras Tenochtitlán.

Justo ahí, están los orígenes históricos de la estructura de castas y del racismo y el clasismo que siguen lacerando el presente de México. La persecución, la estigmatización, el rechazo y hasta la burla que se impusieron a todos los elementos de la civilización mesoamericana, nuestro México Profundo, son el peor legado que subsiste como parte del pensamiento colonial de diversos grupos de nuestra sociedad. Porque quienes lo enarbolan, abierta o veladamente se suponen superiores al resto de los mexicanos, pues ellos se conciben herederos de aquellos vencedores de Tenochtitlán destinados a seguir gobernando a nombre de poderes superiores.

Por esto, a esas nuevas y rancias elites mexicanas, no les gusta recordar que México no nació con ellos; sino que nuestros orígenes se extienden con el tiempo y raíces que se nutren con la savia de los mitos y la tierra.  No les gusta darse cuenta que el pueblo tiene memoria y voltea a ese pasado común con orgullo y admiración; y no les gusta porque saben que esa, es precisamente la cura a la enfermedad que se implantó con la dominación: la resignación de las mayorías por la pobreza y la vergüenza de las elites por nuestras lenguas y por nuestro color de piel, este lastre se está acabando en estos tiempos de Transformación.

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