Un reconocimiento a las y los guardianes de la ciudad
Cada mañana, antes de que la mayoría de los habitantes de la Ciudad de México abra los ojos, un ejército silencioso ya está en las calles. Con escobas, carritos y una dedicación inquebrantable, las trabajadoras y los trabajadores de limpia inician su labor para mantener habitable una de las metrópolis más grandes del mundo. El 4 de febrero se erige como una fecha esencial en el calendario cívico capitalino, dedicada exclusivamente a honrar a estas y estos guardianes de la higiene urbana, cuya labor, históricamente invisibilizada, es fundamental para la salud pública y la sostenibilidad ambiental.
La elección del 4 de febrero como Día de las Personas Trabajadoras de Limpia no es arbitraria. Se remonta a la década de 1980, cuando los movimientos sindicales y sociales luchaban por el reconocimiento de los derechos laborales de este sector. Aunque la fecha exacta de su institucionalización varía en los registros, su establecimiento representó una victoria significativa en la visibilización de un gremio que opera en condiciones particularmente difíciles. En otras palabras, reconocer la importancia del trabajo digno que esta labor representa para la ciudad.
La conmemoración busca, ante todo, revertir la histórica marginación de todas y todos nosotros, porque me permito señalar nuevamente: soy un orgulloso trabajador de limpia. Por generaciones, nuestra labor fue considerada “poco calificada” o meramente auxiliar, a pesar de su complejidad y riesgo. Por ello, y a propuesta del Grupo Parlamentario de Morena y del suscrito, el Congreso de la Ciudad de México oficializa este día con un mensaje contundente: sin nuestro trabajo, la ciudad colapsaría en cuestión de días.
Para comprender la profundidad de este homenaje, es necesario mirar detrás del emblemático uniforme naranja. Las personas trabajadoras de limpia enfrentan una realidad laboral llena de adversidades:
Exposición a riesgos. Manipulamos residuos sin conocer su contenido, exponiéndonos a materiales punzocortantes, vidrios, sustancias químicas, desechos biológicos peligrosos y, en general, a un alto nivel de contaminantes. Las enfermedades respiratorias, dermatológicas y gastrointestinales son comunes; tan solo en la pandemia, tristemente, perdimos a más de mil compañeras y compañeros.
Condiciones climáticas extremas. La jornada transcurre a la intemperie, bajo la lluvia, el intenso sol o el frío de la madrugada, con equipos de protección personal que no siempre son adecuados o suficientes. Basta observar las bajas temperaturas de los últimos días, que en las partes altas de la ciudad llegaron hasta los 3 grados.
Carga física intensa. La labor es predominantemente manual, con jornadas extensas que implican levantar peso de manera constante, caminar kilómetros y realizar movimientos repetitivos que terminan en lesiones.
Las trabajadoras enfrentan, además, una doble carga: la laboral y la doméstica, en un entorno que suele ser predominantemente masculino y donde la equidad de género aún es una deuda pendiente. Aquí resulta esencial el profundo cambio de paradigma social impulsado por la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México a través del Sistema de Cuidados.
Hoy, desde Morena y la Cuarta Transformación, nos queda más que claro que reducir su labor a “sacar la basura” es una simplificación injusta. Hoy son agentes clave en la cadena de la sostenibilidad. Con la implementación de programas de separación de residuos —orgánicos, inorgánicos reciclables, no reciclables y de manejo especial—, nuestro rol se ha transformado. Somos la primera línea del proceso de reciclaje, facilitando la recuperación de materiales y contribuyendo directamente a la economía circular, la reducción de residuos en rellenos sanitarios y la mitigación del cambio climático. Somos el alma del nuevo Programa de Recolección de Residuos de la Ciudad de México.
Somos los ojos y oídos de la ciudad. Nuestra presencia constante en cada colonia, barrio, pueblo, unidad habitacional, calle y banqueta nos convierte en testigos del pulso del pueblo de la Ciudad de México, detectando diversas necesidades como podas, fugas de agua y baches hasta situaciones de abandono o riesgo social. Nuestro trabajo fomenta la cohesión comunitaria, pues establecemos, a menudo, relaciones de confianza y cercanía con las y los habitantes.
La conmemoración del 4 de febrero debe ser, por tanto, un punto de partida y no un fin. El verdadero homenaje consiste en los derechos hoy reconocidos:
- Gozamos de derechos laborales plenos. Se erradicó la subcontratación, se aseguraron contratos estables, salarios dignos, acceso a la salud y a la seguridad social, así como equipos de protección adecuados.
- Histórica inversión en tecnología y formación. Se modernizó la flota vehicular con la entrega de 100 camiones nuevos, se implementarán tecnologías que reduzcan la carga física y se ofrece capacitación continua en manejo de residuos, seguridad e incluso primeros auxilios.
- Reconocimiento social y cultural. Se ha combatido el estigma a través de campañas educativas que resaltan el valor de nuestro trabajo, así como la inclusión de nuestra historia y contribuciones en contenidos escolares y medios de comunicación.
- Fomento de la corresponsabilidad ciudadana. El reconocimiento más efectivo es un cambio de conducta: separar correctamente los residuos, no tirar basura en la calle, reducir el consumo de desechables y tratar con respeto a cada trabajadora y trabajador son acciones concretas que dignifican nuestra labor.
El 4 de febrero es más que una efeméride en el calendario de la Ciudad de México. Es un recordatorio colectivo de que la dignidad de una ciudad también se mide por la forma en que trata a quienes la mantienen limpia. Cada barrido, cada bolsa recolectada, cada camión que recorre la ciudad al amanecer es un acto esencial del servicio público.
Conmemorar este día es honrar la resiliencia, el esfuerzo y la ética de trabajo de miles de personas que, con sus manos, construyen día a día una mejor ciudad para sus más de nueve millones de habitantes. Son las y los verdaderos guardianes de la salud urbana, las y los arquitectos invisibles del espacio público y un pilar irremplazable en el camino hacia una ciudad más justa, limpia y sostenible. El mejor tributo que podemos ofrecer desde Morena es transformar el reconocimiento en respeto cotidiano y en políticas públicas que aseguren, por fin, las condiciones dignas que merecen.



