En tiempos donde gobernar se sustituye por interfaces y algoritmos, la alcaldesa de la Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, presentó la aplicación “Amazónica”, una herramienta digital que promete acercar el gobierno a la ciudadanía. En este sentido el problema no es la tecnología. El problema es lo que revela: una forma de gobernar cada vez más alejada del territorio, sin identidad propia y profundamente desconectada de la historia y la diversidad que dice representar.
Nombrar una aplicación de atención ciudadana como “Amazónica” nos dice mucho sobre la poca pertinencia cultural al momento de implementar políticas públicas. En principio por que el Amazonas no está en México. Es un territorio específico, con pueblos, historia y luchas propias. Tomar ese nombre para una alcaldía en el centro de la Ciudad de México no es innovación: es una apropiación superficial, una estética importada que responde más a una lógica de marketing que a un entendimiento del espacio público. Es, en el fondo, una forma de colonialismo simbólico: exotizar lo ajeno para cubrir la ausencia de un proyecto propio.
Porque si algo caracteriza a la alcaldía Cuauhtémoc es precisamente lo contrario: su densidad histórica, cultural y política. Ahí está Tlatelolco, que fue uno de los centros comerciales más importantes del mundo mexica, símbolo de intercambio, organización y vida comunitaria. Ahí convergen barrios populares, zonas patrimoniales, comercio, migración, diversidad cultural y una intensa vida política. Gobernar ese territorio exige presencia, conocimiento y sensibilidad. No basta con una interfaz.
“Amazónica” pretende presentarse como modernidad, pero en realidad evidencia una carencia: la falta de identidad. ¿Dónde está la historia de la alcaldía en ese proyecto? ¿Dónde está su diversidad? ¿Dónde están las comunidades que la habitan? La respuesta es demasiado obvia: no existe. Se sustituyen por una narrativa aspiracional que homogeniza y simplifica un territorio complejo.
“Amazónica” no solo remite a una selva que no está en México, también dialoga con el imaginario de Amazon: un gobierno entendido como plataforma, como servicio inmediato, como si los derechos pudieran pedirse en línea y entregarse como mercancía.
Además, la promesa de que una aplicación resolverá las necesidades ciudadanas parte de una premisa equivocada. En la Ciudad de México ya existen mecanismos institucionales para atender denuncias, quejas y solicitudes: ventanillas, sistemas digitales, líneas telefónicas, estructuras administrativas con responsabilidades claras. El problema no es la ausencia de vías de atención, sino parece que es la capacidad de respuesta del gobierno. Y eso no se resuelve con una nueva app.
Más aún, trasladar la atención ciudadana a una plataforma digital con componentes de inteligencia artificial implica riesgos que no se están discutiendo. La atención pública no es solo gestión de datos, es también criterio, sensibilidad y responsabilidad institucional. Reducirla a un sistema automatizado no solo resta humanismo, también diluye la rendición de cuentas. ¿Quién responde cuando una solicitud no es atendida correctamente? ¿El algoritmo o la Alcaldía?
Aquí hay un punto central: una aplicación no está sujeta, en sí misma, a la Ley de Responsabilidades de la Función Pública. Las y los servidores públicos sí. Cuando la atención se desplaza hacia herramientas tecnológicas sin reglas claras, se genera un vacío. ¿Cómo se evaluará la eficiencia en la atención ciudadana? ¿Qué indicadores se usarán? ¿Qué pasa con los tiempos de respuesta, con la calidad del servicio, con la trazabilidad de las gestiones? La tecnología, sin marco institucional, puede convertirse en una forma de opacidad e incluso en desvíos de recursos públicos.
Lo que se presenta como innovación termina siendo simulación. No porque la tecnología sea negativa, sino porque se usa para sustituir lo que debería fortalecerse: el trabajo territorial, la atención directa, la construcción de comunidad. Gobernar no es diseñar experiencias de usuario.
En ese sentido, “Amazónica” no es solo una aplicación mal nombrada. Es el síntoma de un modelo de gobierno que prioriza la imagen sobre la sustancia, la narrativa sobre nuestra cotidianidad. Un modelo que cree que modernizar es digitalizar, aunque eso implique desdibujar la identidad de un territorio y deshumanizar la relación con la ciudadanía.
La alcaldía Cuauhtémoc no necesita ser reinterpretada desde una selva urbana imaginaria. Necesita ser gobernada desde su historia, su diversidad y sus contradicciones. Necesita autoridades que entiendan que la tecnología puede ser una herramienta, pero nunca un sustituto del compromiso público.
Porque al final, el problema no es la app. Es la idea de que gobernar puede reducirse a ella.




