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Bloqueo a Cuba, Ormuz y Rafah: energía y soberanía

El denominado bloqueo económico contra Cuba —formalmente un embargo— se origina en 1960 y se consolida en 1962, cuando el gobierno de John F. Kennedy decreta la prohibición casi total del comercio con la isla tras el triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro. Legislaciones posteriores como la Ley Torricelli (1992) y la Helms-Burton (1996) ampliaron su alcance con efectos extraterritoriales. De acuerdo con estimaciones oficiales cubanas y reportes presentados ante la ONU, el costo acumulado del bloqueo supera los 150 mil millones de dólares a precios corrientes, afectando de manera directa sectores estratégicos como salud, energía, alimentación e infraestructura. Tan solo en años recientes, las pérdidas anuales se han estimado en más de 4 mil millones de dólares, una carga significativa para una economía del tamaño cubano. A pesar de ello, con el respaldo de países como México, Venezuela, China y Rusia, Cuba —con cerca de 11 millones de habitantes— ha sostenido indicadores sociales relevantes como baja mortalidad infantil y alfabetización universal.

Desde una perspectiva técnica, el bloqueo impacta severamente la cadena de suministros. La imposibilidad de acceder libremente a mercados internacionales limita la adquisición de combustibles, tecnología, refacciones industriales y medicamentos. Las restricciones financieras —particularmente el veto al sistema bancario estadounidense— encarecen hasta en 30% o más las transacciones internacionales al obligar a intermediaciones. La persecución de buques petroleros y empresas energéticas que comercian con la isla ha derivado en crisis energéticas recurrentes, afectando la generación eléctrica, el transporte y la producción de alimentos. En términos estructurales, el bloqueo no sólo restringe el comercio: distorsiona el desarrollo económico de largo plazo.

La dimensión energética adquiere un matiz global cuando se observa el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Un eventual bloqueo de esta ruta —incluso por días— tendría un impacto inmediato en los precios internacionales de la energía, provocando inflación global, desabasto y tensiones geopolíticas de gran escala. A diferencia del caso cubano, donde el impacto ha sido prolongado pero regionalizado, el cierre de Ormuz evidenciaría la vulnerabilidad sistémica del mercado energético internacional y la dependencia crítica de rutas estratégicas.

En contraste, el caso del cruce de Rafah hacia Gaza representa una crisis humanitaria sostenida. Las restricciones prolongadas al ingreso de alimentos, medicinas, combustible y ayuda internacional han generado condiciones extremas para más de dos millones de personas. Diversos organismos internacionales han documentado niveles alarmantes de inseguridad alimentaria, colapso de servicios médicos y desplazamiento forzado. La limitación de suministros básicos ha colocado a la población civil en una situación límite que, en términos humanitarios, se aproxima a condiciones de devastación sistemática. Sin embargo, la respuesta internacional no ha tenido la misma contundencia que en escenarios donde se ven comprometidos intereses energéticos globales.

Esta asimetría revela una constante: las reacciones internacionales suelen estar determinadas por intereses geopolíticos más que por principios universales. En el contexto actual de tensiones en torno a Irán, cualquier escalada o conflicto en curso debería servir no sólo para contener riesgos mayores, sino para colocar en el centro la urgente necesidad de resolver de manera paralela la crisis humanitaria en Palestina, garantizando el acceso efectivo a ayuda y condiciones mínimas de dignidad para la población de Gaza.

El propósito político del bloqueo a Cuba ha sido explícito: generar presión económica para inducir un cambio de régimen. En términos de derecho internacional, se trata de una medida coercitiva unilateral ampliamente cuestionada en foros multilaterales. Estados Unidos ha replicado esquemas de sanciones en países como Irán, Venezuela o Rusia, pero el caso cubano destaca por su duración, integralidad y efectos extraterritoriales.

Las definiciones sobre el modelo político de Cuba corresponden exclusivamente a su pueblo. El principio de no intervención obliga a respetar la soberanía de los Estados. Condicionar el destino de una nación mediante asfixia económica contradice los fundamentos del derecho internacional contemporáneo.

Pese a ello, el pueblo cubano ha demostrado una resistencia sostenida. Su cohesión social y sentido de dignidad frente a un adversario de enorme poder constituyen un ejemplo de patriotismo. En ello resuena el pensamiento de Simón Bolívar, así como el de José María Morelos y Benito Juárez, quienes defendieron la soberanía como principio irrenunciable.

La lección es inequívoca: los bloqueos económicos y el control de rutas estratégicas no pueden convertirse en instrumentos de sometimiento. En México y en América Latina, el amor a la patria exige una defensa firme de la autodeterminación, el rechazo absoluto a cualquier forma de injerencia extranjera y la convicción de que ningún interés externo puede imponerse sobre la dignidad nacional. Defender la soberanía es defender la vida, la historia y el futuro de nuestros pueblos; y así como Silvio Rodríguez recibió simbólicamente un AKM en Cuba, estamos quienes, en condiciones de extrema necesidad, con orgullo portaríamos el FX-05 Xiuhcóatl —serpiente de fuego— como emblema último de la defensa de la patria.

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