Transcurre el mandato de Donald Trump y el mundo continúa observando con preocupación, el nivel de narcisismo político y sentido de superioridad que caracterizan su forma de ejercer el poder. No se trata únicamente de un estilo personal altisonante, sino de una concepción del liderazgo internacional donde la fuerza sustituye al diálogo y la amenaza desplaza a la diplomacia.
Trump ha construido una narrativa en la que Estados Unidos no negocia, impone. Ante cualquier hecho que perciba como desestabilizador, particularmente a su persona, la respuesta parece ser siempre la misma: sanciones, bloqueos, presiones militares o despliegues militares. La lógica es clara y peligrosa, si se exhiben documentos que pongan en peligro la aprobación del Presidente, algún país debe enfrentar consecuencias inmediatas.
La intervención en Venezuela a inicios de este año, que derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro, dejó una estela de violencia y decenas de víctimas. Más allá de la valoración que cada quien pueda tener del gobierno venezolano, la pregunta de fondo es otra: ¿puede una potencia decidir unilateralmente el destino político de otra nación bajo el argumento vacío de la “seguridad” o la “democracia”? La historia latinoamericana está marcada por intervenciones externas que han generado más inestabilidad que soluciones duraderas.
A la par, el endurecimiento de medidas económicas contra Cuba, particularmente las sanciones dirigidas a cualquier país que comercialice hidrocarburos con la isla, coloca a su pueblo en el centro de un castigo geopolítico. Cuando se restringe el acceso a combustible o alimentos, se empobrece a millones de familias. Convertir la economía en arma es otra forma de guerra, menos visible, pero igualmente devastadora.
En Medio Oriente, la alineación estratégica con Israel y el aumento de la presión sobre Irán reafirman esta misma visión: el poder se ejerce a través de la intimidación y la demostración de fuerza, se privilegia la disuasión militar sobre la construcción de consensos multilaterales. Sin embargo, la historia contemporánea demuestra que los conflictos prolongados no se resuelven mediante bombardeos ni amenazas permanentes, sino a través de negociaciones complejas y paciencia diplomática.
Lo que subyace en esta política exterior es una concepción vertical del mundo. Frente a esta postura, México ha buscado proyectar una visión distinta bajo el liderazgo de la Presidenta Claudia Sheinbaum. Sin asumir una posición ingenua frente a los conflictos internacionales, su discurso ha insistido en principios históricos de la política exterior mexicana: no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. En tiempos de tensión, México ha optado por enviar ayuda humanitaria a países afectados por crisis económicas y ha reiterado su disposición a facilitar el diálogo como herramienta principal de resolución.
Esta diferencia no es menor, representa dos formas opuestas de entender el poder. Una concibe la fuerza como primer recurso; la otra entiende que la legitimidad internacional se construye a partir de la cooperación. Una privilegia la presión unilateral; la otra apuesta por el multilateralismo y la solidaridad regional.
No se trata de idealizar gobiernos ni de ignorar las complejidades del escenario global. Se trata de preguntarnos qué tipo de mundo queremos fortalecer. ¿Uno donde la política internacional sea un campo de imposiciones constantes, o uno donde el desacuerdo se procese mediante instituciones y negociación?




