Por el bien de la democracia
La mentira forma un papel protagónico en la narrativa política. Desde La República de Platón hasta El Príncipe de Maquiavelo nos ilustran cómo ser un buen gobernante dosificando la información; cómo hacer arte las declaraciones para dirigirse al Pueblo con falsedades saludables con vistas a un buen fin.
Pero ¿conviene ocultar la verdad al Pueblo por su propio bien, engañarlo para salvaguardarlo y no perder el control del poder? Al final, el ser gobernado también es ser sometido a una autoridad que piensa, decide, y actúa por nosotros con la premisa de que su decisión, para bien o para mal, será la correcta. En la urna, en la intención del voto, tachando el nombre del político es cuando firmamos ese contrato.
Decía Jonathan Swift, en una obra que comparte el título con la columna de hoy, que existe una clasificación de falsedades políticas: está la mentira calumniosa, que disminuye los méritos de un hombre público; la mentira por aumento, que los infla a pesar de sus deficiencias, y la mentira por traslación, que traslada defectos y virtudes de un político a otro.
Casos para enunciar estas premisas tenemos de a montón.
Sin embargo, en todos estos casos debe imperar una irrenunciable regla de oro para que esta mentira no rebase la línea del absurdo. Esta regla es la verosimilitud, pues nada peor que la exageración para derrumbar el castillo de papel que construye una mentira.
El arte del engaño político no se rige por los excesos; no cualquiera puede ponerse a la altura de un hombre o mujer de Estado, quien calcula y aplica con sutileza (y solo en ocasiones) esta técnica hecha a la medida.
La mentira política debe tener su justa medianía, su proporción frente a la verdad, ante las circunstancias y justificación respecto a los fines pretendidos.
En contraparte, la ciudadanía tiene que estar siempre alerta de las decisiones que se tomen por parte de sus gobernantes. Ha estar consciente de que crudas verdades no son susceptibles y pueden ocasionar un caos en una sociedad cada vez más estresada, indispuesta y harta.
Si la verosimilitud es la regla para las verdades a medias, la mentira es la regla para las situaciones incómodas de la clase política. Ninguno es ajeno al arte del engaño, y que en la derecha tanto como en la izquierda se encuentran grandes genios, verdaderos artistas de la ilusión y del espejismo político.
Están expuestos a ser descubiertos por pretender hacer tragar al Pueblo una mentira tonta, por no calcular, sopesar o dosificar información sensible, o comprometedora.
A juicio de usted que está leyendo, expongo este tema con fines filosóficos, usted juzgue.
Nos vemos en la próxima.




