¡El narco que quiere negociar otra vez!
En el submundo del crimen organizado, las traiciones son moneda corriente. Pero hay traiciones que pesan más que otras. La de Dámaso López Serrano, alias “El Mini Lic”, no solo marcó una guerra interna en el Cártel de Sinaloa tras la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán, sino que además manchó con sangre la libertad de expresión en México al estar vinculado como autor intelectual del asesinato del periodista Javier Valdez. Hoy, vuelve a estar en el ojo del huracán, detenido nuevamente en Estados Unidos por presuntamente participar en operaciones relacionadas con fentanilo. Y, como si fuera una jugada repetida, busca acogerse nuevamente como testigo colaborador con el gobierno estadounidense. Una segunda negociación. Una segunda traición.
Del narco heredado al informante protegido
Dámaso López Serrano no es cualquier sicario. Es hijo de Dámaso López Núñez, alias “El Licenciado”, uno de los hombres más cercanos a “El Chapo” Guzmán y pieza clave en la expansión del Cártel de Sinaloa. Desde joven, “El Mini Lic” fue criado entre lujos, armas y pactos mafiosos. Era el heredero natural del poder que su padre consolidó dentro del cártel.
Pero su historia dio un giro inesperado en 2017. Acorralado por sus enemigos internos en el cártel y ante la presión de las autoridades mexicanas, decidió entregarse voluntariamente a las autoridades estadounidenses. En ese momento, se vendió como un testigo invaluable: el hijo del cerebro logístico del Cártel de Sinaloa que podía hablar de operaciones, rutas, aliados y traiciones. Estados Unidos lo aceptó con los brazos abiertos. Y como suele pasar con los “testigos estrella”, su pasado fue convenientemente matizado, pese a las denuncias graves que lo señalaban.
Entre esas denuncias estaba la más grave: su presunta autoría intelectual en el asesinato del periodista Javier Valdez, ocurrido el 15 de mayo de 2017 en Culiacán, Sinaloa. Valdez, fundador del semanario Ríodoce y corresponsal de La Jornada, fue ejecutado cobardemente por haber revelado las disputas internas del Cártel de Sinaloa, precisamente entre los hijos de “El Chapo” y “El Mini Lic”. Su muerte, ampliamente condenada por la comunidad internacional, fue también un crimen que quedó sin justicia. Hasta hoy.
El regreso del traidor: ahora por fentanilo
La historia parecía cerrada. “El Mini Lic” vivía bajo protección estadounidense, presuntamente alejado del crimen. Pero ahora, en 2025, vuelve a ser noticia. Fue detenido nuevamente en EE. UU., ahora por presunta participación en el tráfico de fentanilo, el opioide sintético responsable de una epidemia mortal en Norteamérica. De acuerdo con los primeros reportes, habría estado involucrado en una red de distribución que cruzaba la frontera y surtía a varios estados del país vecino. No aprendió nada, o nunca dejó de ser lo que siempre fue: un criminal.
Y como si se tratara de una mala película con final predecible, ha vuelto a intentar la misma fórmula que lo libró antes de una larga condena: ofrecer información, convertirse en testigo, colaborar con el FBI. ¿El objetivo? Evadir la justicia, otra vez.
Este nuevo intento de negociación no solo es indignante, sino peligroso. Manda un mensaje corrosivo: en Estados Unidos, puedes ser parte del crimen organizado, incluso asesinar periodistas, siempre y cuando tengas algo que vender a cambio. Testimonios, rutas, nombres. Todo se vale en la lógica del “interés nacional”.
Justicia pospuesta, impunidad reciclada
La posibilidad de que “El Mini Lic” vuelva a sentarse frente a fiscales estadounidenses para “colaborar” no debería ser vista como una victoria para la justicia, sino como una rendición. Una rendición ética y moral ante la impunidad transnacional. El asesinato de Javier Valdez no puede quedar otra vez sepultado bajo acuerdos de testigos protegidos. Su crimen no fue un daño colateral del narco; fue un mensaje directo contra el periodismo. Y si el autor intelectual vuelve a esquivar su castigo, la señal que se manda es devastadora: los periodistas pueden ser asesinados sin consecuencias, si el asesino tiene información útil para Washington.
México ha exigido, desde hace años, que se castigue a los responsables del asesinato de Valdez. Hasta ahora, han caído los autores materiales. Pero el autor intelectual, el que dio la orden y tenía los medios para hacerlo, ha vivido protegido, cómodo, y ahora busca una segunda oportunidad para seguir evadiendo sus crímenes.
¿Colaborador o criminal reincidente?
La narrativa de “El Mini Lic” como testigo clave debería estar agotada. Ya tuvo su oportunidad. Ya habló. Si realmente estaba arrepentido, no habría reincidido en los mismos delitos. Pero no cambió. Lo que busca no es justicia ni redención: busca impunidad, poder seguir operando desde las sombras, esta vez con la bendición de los fiscales estadounidenses.
Si el gobierno de Estados Unidos vuelve a aceptar su cooperación, estará validando el modelo de “criminal premium”: el que trafica, mata, pero sobrevive si ofrece algo a cambio. Y estará también traicionando la memoria de Javier Valdez, cuya voz fue silenciada precisamente por exponer a este tipo de criminales.
El caso de Dámaso López Serrano no es solo el de un narcotraficante más. Es el símbolo de cómo la impunidad puede internacionalizarse. Su segunda negociación con las autoridades estadounidenses debería indignar no solo a México, sino a toda la comunidad que defiende la libertad de prensa, la justicia y el Estado de derecho. Que no vuelva a ocurrir lo mismo. Que no se repita la historia. Porque cada vez que “El Mini Lic” negocia, la justicia retrocede y la impunidad avanza.



