Ciudad de México a 3 abril, 2026, 12: 33 hora del centro.
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El muro invisible: crónica de un retorno a la Venezuela asfixiada

3 de enero de 2026, la noticia sacudió los cimientos de un país que ya creía haberlo visto todo: la captura y extracción de Nicolás Maduro por parte de una potencia extranjera.

El vacío de poder y la incertidumbre política dominan los titulares, pero para quien camina por las calles venezolanas tras una década de ausencia, la verdadera noticia no es quién está en el Palacio de Miraflores, sino las cicatrices profundas que el aislamiento dejó en la piel de la nación.

He vuelto a la tierra donde crecí, donde me formé y donde recibí una educación universitaria gratuita que hoy parece un vestigio de una civilización perdida. Tras diez años de exilio, el reencuentro no es con la «sucursal del cielo”— como llamaban a Venezuela —, sino con un país que hoy yace postrado, no por falta de voluntad de su gente, sino por el peso de un bloqueo económico criminal.

La falacia del castigo político

Existe una narrativa cruel que intenta justificar las sanciones como una herramienta de presión necesaria. Sin embargo, la realidad de 2026 demuestra lo contrario: los bloqueos no derrocan gobiernos; hambrean pueblos. Mientras ciertos sectores de la oposición imploraban por restricciones financieras en foros internacionales, el resultado no fue una transición democrática fluida, sino la erosión sistemática de la vida cotidiana. El bloqueo no afectó a las cúpulas; afectó al ciudadano que ve cómo las calles se quiebran, los edificios se corroen y las instalaciones eléctricas colapsan por falta de repuestos que nadie puede venderle al país.

Un paisaje de oxidación y resistencia

Al recorrer las avenidas, el contraste es desgarrador. Venezuela, el gigante petrolero, se sumió en una pobreza inducida. No es que el venezolano haya dejado de ser trabajador, ni que los recursos hayan desaparecido por arte de magia bajo el suelo. Es que la maquinaria económica fue encadenada.

  • Infraestructura: puentes y hospitales que antes eran orgullo regional hoy muestran el hierro expuesto, devorados por el tiempo y la falta de inversión.
  • Servicios públicos: La modernidad que una vez nos definió se ha convertido en una lucha diaria por agua y luz.
  • El factor humano: el talento que se formó en nuestras universidades públicas —como yo— se vio forzado a exportar sus sueños porque el bloqueo cerró las puertas del intercambio comercial legí

El camino hacia la reconstrucción

Con los eventos recientes y el inicio de un proceso de desbloqueo económico, se respira un aire de cambio, pero es un aire cargado de realismo. La pacificación y la recuperación no ocurrirán de la noche a la mañana. El daño estructural, físico y social es tan profundo que posiblemente nuestra generación no vea el retorno total a la gloria de antaño.

Sin embargo, la esperanza es lo último que se pierde en el Caribe. Venezuela tiene la memoria de la abundancia y la fuerza de quienes se quedaron resistiendo el vendaval. El levantamiento de los pueblos no siempre es una revuelta armada; a veces es el esfuerzo colectivo de todas y todos por levantar una cortina, reparar una tubería o volver a sembrar el campo cuando las cuentas bancarias del país dejen de estar congeladas por capricho ajeno.

El bloqueo retrasó a Venezuela décadas, nos robó tiempo y nos quitó seres queridos que partieron buscando lo que las sanciones nos negaron. Hoy, ante un nuevo panorama político, queda claro que la soberanía no se negocia y que el bienestar de un pueblo jamás debe ser la moneda de cambio para intereses extranjeros.

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