Por: Brian Vicario
Hablar del salario mínimo en México es hablar de dignidad, justicia social y del rumbo que tomó el país. Durante años, los trabajadores vivieron con un ingreso que apenas alcanzaba para sobrevivir. Se repetía que subirlo era peligroso, que provocaría inflación y desempleo, y así se mantuvo congelado, debilitando el bolsillo de millones de familias. La 4T decidió romper con ese paradigma y colocar al salario mínimo como eje central de una política redistributiva que hoy muestra resultados innegables.
Entre 2018 y 2025, el salario mínimo pasó de 88.40 pesos diarios a 278.80 pesos, un incremento nominal de más del 176 por ciento y una recuperación real de alrededor del 130 por ciento. En la Zona Libre de la Frontera Norte la cifra es aún más reveladora: 419.88 pesos diarios, lo que equivale a más de 12 500 pesos mensuales. De esta manera, un ingreso que durante décadas apenas servía para comprar lo indispensable hoy puede cubrir 1.85 canastas básicas, con la meta de llegar a 2.5 en el sexenio actual. No se trata de un simple ajuste técnico, sino de una decisión política que devolvió certidumbre y esperanza a la economía familiar.
Los datos acompañan este cambio. El INEGI reporta que más de 13 millones de personas salieron de la pobreza entre 2018 y 2024. Se trata de una reducción histórica que no puede explicarse sin el fortalecimiento del salario mínimo. Con más ingresos disponibles, los hogares han podido acceder a bienes esenciales y mejorar su calidad de vida. La pobreza dejó de ser un destino inamovible y comenzó a ceder ante políticas que colocaron al trabajador en el centro.
El impacto ha sido tan contundente que incluso opositores lo han reconocido. Vicente Fox, expresidente y crítico constante de la 4T, admitió públicamente que aumentar el salario mínimo fue un “gran acierto” y confesó que en su gobierno se equivocó al escuchar solo a empresarios que pedían no subirlo. Esta admisión, aunque tardía, confirma la solidez de la decisión.
Contrario a los augurios de crisis, los aumentos no provocaron inflación ni desempleo masivo. Por el contrario, dinamizaron el consumo interno, estimularon sectores como comercio, servicios y transporte, y fortalecieron el mercado interno. La política salarial se convirtió en un motor de crecimiento con estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y precios bajo control. México demostró que sí es posible combinar responsabilidad económica con justicia social, y que el bienestar de la mayoría no está reñido con la estabilidad.
La comparación internacional ayuda a dimensionar el logro. Mientras México recuperó más de 130 por ciento de poder adquisitivo en seis años, países como Brasil o Argentina han sufrido retrocesos por la inflación y la falta de políticas consistentes. En Argentina, el salario mínimo en 2024 equivalía a menos de 200 dólares mensuales, mientras en México superó los 450 dólares en la frontera norte y 300 dólares a nivel nacional. Incluso en Estados Unidos, donde el salario mínimo federal permanece en 7.25 dólares por hora desde 2009, el poder adquisitivo de los trabajadores de base ha caído 30 por ciento en quince años. México, bajo la 4T, pasó de ser ejemplo de deterioro a convertirse en referente regional de recuperación salarial.
El aumento al salario mínimo también ha servido para reducir brechas históricas. Aunque persisten desigualdades regionales, los trabajadores del campo, la construcción y los servicios han encontrado en esta política un piso de dignidad. El ingreso básico ya no es un símbolo de rezago, sino un instrumento de redistribución que empieza a equilibrar la balanza en una de las sociedades más desiguales de América Latina.
Es cierto que aún quedan aspectos por atender. La informalidad laboral continúa limitando el acceso a prestaciones y seguridad social, y en regiones del sur persisten carencias que requieren políticas complementarias. No obstante, los avances son claros: nunca antes un gobierno había logrado recuperar el salario mínimo en tan poco tiempo ni había conseguido que millones salieran de la pobreza a partir de una estrategia salarial.
El fortalecimiento del salario mínimo es, sin duda, uno de los mayores logros de la Cuarta Transformación. Se trata de una política pública que mejoró los ingresos de millones, redujo la pobreza y devolvió dignidad al trabajo. La lección es clara: cuando un gobierno coloca la justicia social en el centro, los resultados se notan. La 4T demostró que un país distinto es posible. Y el salario mínimo, es prueba viva de que el bienestar del pueblo no es una utopía, sino un derecho que llegó para quedarse.
Es jurista y economista en formación por la UNAM. Colabora en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, con experiencia en el Senado y gobiernos locales. Fundador de Guerrero Joven, se distingue por liderazgo académico, político y social con visión democrática.




