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El verdadero periodismo ¿independiente?

Durante al menos 10 años, los medios han estado debatiendo la independencia en el periodismo, ya es momento de ponerle fin y que se caigan las máscaras que se tengan que caer.

De Argentina a Estados Unidos, el debate sobre la línea de los medios de comunicación ha sido intenso. Durante muchos años, la discusión fue manejada por el famoso círculo rojo, es decir, los intelectuales, expertos, políticos y académicos que —pese a sus supuestas diferencias ideológicas— eran capaces de compartir alegremente la mesa y llegar a los acuerdos necesarios para evitar que se conocieran sus verdaderos intereses.

En los últimos 5 años, el debate se salió de su dominio y hoy está en la cancha de los ciudadanos, es decir: las audiencias.

El famoso paradigma de la objetividad en la prensa está en una constante decadencia básicamente porque éste es practicado por seres humanos que toman decisiones y en sus trabajos tienen que elegir hacia donde llevar la nota.

Lejos de que esto fuera un elemento clave y lógico para entender el periodismo, parece que nos hemos quedado entre la etapa de las cavernas y la santa inquisición.

Desde que las redes sociales se convirtieron en una herramienta para que el periodismo y los ciudadanos nos informemos y generemos contenido que aporte a la opinión pública, el círculo rojo ha estado presionando para que se estigmatice a quienes sí forman parte del periodismo y quienes no merecen ese título, como si ellos fueran los que tienen el sello para certificar el trabajo informativo.

Que hoy tengamos más opiniones y que surgieran nuevos comunicadores y estilos de comunicar provocó el desplazamiento de aquellos que pensaron que estar dentro de la prensa y del llamado cuarto poder –que les daba un cierto tipo de inmunidad–, pero si la verdad no es un objeto que se pueda poseer, ni es absoluta, ¿por qué pensamos que los periodistas deben ser absolutos, incuestionables e imparciales?

Las audiencias piden a gritos que los periodistas sean honestos, y la honestidad implica saber aceptar de qué lado está cada uno. Más allá del periodismo ciudadano, militante o independiente o crítico, lo que se necesita es honestidad.

Uno puede ser periodista independiente monetariamente de los poderes económico y político, pero no ideológicamente (puede pertenecer al conservadurismo y militar dentro de esas causas) o puede ser un periodista ciudadano, con ideología revolucionaria que sea dependiente de alguna empresa. ¡Vaya, las opciones son infinitas!, y ninguna representa algo correcto o incorrecto, pues lo único que está realmente mal es mentir.

La mentira ha sido una de las constantes en todo el periodismo de México. Mientras por un lado tienes conductores de noticias que se dicen críticos del poder, omiten aclarar de qué poder son críticos pensando que quizás eso les va a dar más credibilidad con las audiencias, y no es así.

Lejos que la solución a este gran enigma esté en los dueños de los medios o en un Presidente que insiste en que se quiten las máscaras y digan quién es quién, la respuesta está en las audiencias. El día en que los ciudadanos sean quienes cuestionan a su prensa, el día en que se exija claridad y honestidad más allá de una buena nota, el día en que cuestionemos la motivación para generar esa nota y qué es lo que existe detrás así como la línea editorial que marcó el camino para que el reportero o periodista eligiera ese rumbo, obligaremos al gremio a ser honesto, pues a estas alturas parece que pedirles que le pongan fin a un debate que lleva más de 10 años es como pedirle a la Alemania de 1970 que destruya el muro de Berlín.

 

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