Durante años, la política fue para muchos mexicanos un terreno ajeno, un espacio ocupado por élites que hablaban entre sí mientras el resto del país apenas sobrevivía. La llegada de la Cuarta Transformación rompió esa inercia. No sólo legítimamente ganó elecciones, también devolvió a millones la sensación de que el gobierno podía mirar hacia abajo y no solo hacia arriba. Sin embargo, como advertía Max Weber al reflexionar sobre el poder, el verdadero reto no es conquistarlo, sino ejercerlo con responsabilidad sin perder el vínculo con quienes lo hicieron posible.
Hoy el movimiento que representa Morena enfrenta un desafío distinto al que le dio origen. Ya no se trata de resistir desde la oposición, sino de gobernar desde el poder sin convertirse en aquello que durante décadas se criticó. La historia política está llena de movimientos que, tras alcanzar la victoria, terminaron burocratizados, desconectados de su base social y atrapados en la lógica administrativa del Estado. Antonio Gramsci señalaba que una transformación sólo se consolida cuando logra convertirse en hegemonía cultural, cuando cambia la forma en que una sociedad entiende la política y el poder. Si el movimiento pierde su conexión con la gente, la transformación corre el riesgo de convertirse en simple gestión.
Por eso no es casual que la presidenta Claudia Sheinbaum insista una y otra vez en recordar los principios que dieron vida al movimiento. No se trata de consignas vacías, sino de brújulas políticas. “Por el bien de todos, primero los pobres” no es una frase de campaña, es un criterio para gobernar. Significa que cada decisión pública debe evaluarse preguntando a quién beneficia primero. Significa entender que el crecimiento económico sólo tiene sentido si mejora la vida de quienes históricamente quedaron al margen.
Lo mismo ocurre con la insistencia en “no mentir, no robar y no traicionar”. Durante décadas, la corrupción fue tolerada como parte natural del ejercicio del poder. Hoy, la exigencia ética es distinta. No basta con ganar elecciones; se debe gobernar con honestidad y con coherencia entre discurso y práctica. Pierre Rosanvallon ha explicado que la crisis de las democracias modernas no proviene únicamente de la falta de elecciones libres, sino de la pérdida de confianza ciudadana en sus gobernantes. Recuperar esa confianza exige algo más que programas públicos: exige conducta.
El riesgo para cualquier movimiento transformador es creer que la victoria electoral garantiza la permanencia histórica. No es así. El desencanto social aparece cuando la política deja de escuchar, cuando el gobierno se vuelve trámite y cuando la cercanía con el pueblo se sustituye por la comodidad del cargo. La Cuarta Transformación nació en la calle, en las asambleas, en el contacto directo con la gente. Si ese vínculo se pierde, el proyecto pierde su esencia.
La oposición apuesta precisamente por ese desgaste. Espera que la transformación se vuelva rutina, que la mística se diluya y que el movimiento se convierta en escritorio. No necesita derrotar a Morena en el debate si logra que el propio movimiento olvide sus principios. Por eso la insistencia de la Presidenta Sheinbaum en recordar constantemente el origen y el propósito del proyecto no es nostalgia, es convicción y estrategia política.
La lección es clara: ganar elecciones no es suficiente. Gobernar exige responsabilidad, autocrítica y cercanía permanente con la gente. Significa entender que el poder no es un premio, sino una herramienta para reducir desigualdades y ampliar derechos.
Morena no puede cantar victoria. El movimiento no puede conformarse con administrar lo logrado. La transformación debe renovarse todos los días, escuchar, corregir y construir desde abajo. Porque cuando la política se desconecta del pueblo, tarde o temprano éste busca otra voz.
La victoria electoral abrió la puerta. Mantenerla abierta depende de no olvidar para quién se gobierna y por qué se llegó hasta aquí.




