Ciudad de México a 3 abril, 2026, 17: 33 hora del centro.
40 Horas
Ciudad de México a 3 abril, 2026, 17: 33 hora del centro.
40 Horas

Gobernar sin muros, la ruptura de una época

Hay transformaciones que, cuando se vuelven cotidianas, corren el riesgo de parecer normales. Para quienes hoy son muy jóvenes, o para quienes comenzaron a interesarse recientemente por la vida pública, resulta difícil dimensionar el México que existía antes de la Cuarta Transformación. No porque falte memoria, sino porque nunca les tocó vivirlo.

Hubo un tiempo en el que el Presidente de la República gobernaba literalmente desde el encierro del privilegio. Los Pinos no era un espacio público ni un símbolo compartido, era una residencia blindada, ajena a la vida cotidiana del país, lejana del Pueblo. El poder se ejercía desde la distancia, desde los muros, desde una lógica casi monárquica. Hoy, ese lugar es un museo abierto al Pueblo. No es un detalle menor ni un gesto anecdótico, es un mensaje político profundo sobre para quién y desde dónde se gobierna.

Las nuevas generaciones tampoco alcanzaron a ver a los partidos políticos completamente divorciados de la calle. Durante décadas, la política se hacía hacia arriba, no hacia afuera. Las campañas estaban diseñadas para las élites, financiadas por intereses cerrados, protagonizadas por apellidos conocidos y candidaturas fabricadas en oficinas. La ciudadanía era espectadora, no protagonista. El voto se pedía, pero la participación real se evitaba.

Antes, era normal que los candidatos no caminaran colonias populares, que no dialogaran con sectores históricamente excluidos, que hablaran en un lenguaje técnico, distante, muchas veces arrogante. La política se parecía más a un club privado que a una herramienta de transformación social. Eso también cambió, aunque hoy ya no siempre se note porque la presencia en territorio se volvió exigencia mínima.

La Cuarta Transformación no solo modificó políticas públicas o prioridades presupuestales; alteró la narrativa del poder. Colocó en el centro la idea, incómoda para muchos, de que gobernar implica rendir cuentas, exponerse, explicar, recorrer el país y hablarle a quienes durante años fueron ignorados. Para quienes no vivieron el México previo, esta forma de ejercer el poder puede parecer obvia. No lo es. Es resultado de una ruptura política y cultural.

Tampoco vivieron un México donde la corrupción era un secreto a voces que nadie intentaba combatir seriamente. Donde el saqueo se justificaba con tecnicismos, donde los privilegios eran defendidos como “estabilidad”, y donde cuestionar al poder se castigaba con marginación política o mediática. Hoy, con todos los pendientes que existen —y que sería ingenuo negar—, el discurso público ya no normaliza esos vicios. Nombrarlos y enfrentarlos se volvió parte del debate nacional.

Este nuevo legado político no es perfecto ni está terminado. La Transformación no es una línea recta ni una obra concluida; es un proceso que exige continuidad, crítica y participación. Pero sería un error histórico minimizar lo que ya se movió. Quienes hoy cuestionan desde la comodidad del presente muchas veces olvidan, o prefieren olvidar, el tamaño del inmovilismo que se rompió.

A las nuevas generaciones les corresponde algo más que disfrutar los frutos del cambio, les toca defenderlo, profundizarlo y, cuando sea necesario, corregirlo. Pero para hacerlo con responsabilidad, primero deben saber de dónde venimos. Porque solo entendiendo el México que fue posible desmontar, se puede dimensionar el valor del México que hoy se está intentando construir.

La Transformación no es solo una consigna política. Es un legado en disputa. Y como todo legado, solo sobrevivirá si quienes no vivieron el pasado entienden por qué era urgente cambiarlo.

Temas relacionados

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios