En la entrega pasada advertí que el PRI del Estado de México no es el mismo partido que fue abatido el 5 de junio pasado en Oaxaca e Hidalgo; que hay que mirar con sobriedad el reto que implica la elección de 2023 para la entidad más poblada del país y, sobre todo, entender la trama que le ha permitido a esa casta política una hegemonía casi centenaria.
No es política ficción hablar de una élite forjada en la década de los cuarenta del siglo XX, que a lo largo de los años ha extendido, multiplicado y diversificado su poder político, económico y social; una camarilla entretejida por vínculos de sangre, dinero e influencia que sigue ostentando el gobierno del Estado de México y que se aferrará a él como el último bastión del tricolor en el país; el vox populi los conoce como: Grupo Atlacomulco.
La leyenda cuenta que, en 1940, Francisca Castro Montiel reconocida vidente de Atlacomulco, profetizó a los notables del pueblo y sus familiares, que seis gobernadores saldrían de esas tierras y que uno de ellos sería Presidente de la República. Más allá de la mítica pitonisa, el antecedente más antiguo del grupo se puede rastrearse hasta Maximino Montiel Olmos, cinco veces alcalde de Atlacomulco entre los años 1924 y 1942 y emparentado con la dinastía que con el tiempo se haría con el control del Estado.
Más cierto es, que la historia de este grupo comenzó el 5 de marzo de 1942, día en el que el entonces Gobernador del Estado de México, Alfredo Zarate Albarrán, fue víctima de un atentado que cobraría su vida tres días después; el crimen fue orquestado por Maximino Ávila Camacho, hermano del Presidente de la República y Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas; célebre por sus despliegues de violencia durante la Revolución y la Cristiada, quería también, de forma descabellada ser el sucesor de su hermano en los Pinos.
Zarate Albarrán era vicepresidente de una organización nacional de gobernadores (antecedente de la CONAGO) que se había congregado en apoyo al Gobierno de Cárdenas ante las presiones internacionales provocadas por la expropiación petrolera de 1938; la organización se sostuvo durante el gobierno de Ávila como medida de presión ante sus políticas de derecha y su confrontación con la clase obrera. Este liderazgo era percibido como peligroso y contrario al llamado de Unidad Nacional de Presidente, por lo que con la muerte de Zarate Albarrán se envío un fuerte mensaje a los Gobernadores no alineados, que terminó metiéndolos a todos en el redil.
Ávila Camacho mandó llamar al diplomático mexiquense Isidro Fabela para hacerse cargo del polvorín mexiquense, este había cumplido ya setenta años, estaba retirado de la vida pública tras su renuncia como delegado de México ante la Liga de las Naciones (antecedente de la ONU), no tenía residencia en el Estado, no era Diputado Local, ni Secretario General de Gobierno; por lo que estaba Constitucionalmente impedido para ser nombrado Gobernado, a pesar de ello, fue ungido por la Cámara de Diputados ante la presencia de Fernando Casas Alemán, Subsecretario de Gobernación y fedatario de Ávila Camacho en el acto.
Fabela nombró a Alfredo del Mazo Vélez como Tesorero General, quien fue el encargado de prometer a los Diputados Locales 10 mil pesos y a los Presidentes Municipales 3 mil para la aprobación de una reforma a la Constitución que le permitiera asumir la gubernatura a Fabela; dichas sumas no fueron entregadas en su totalidad a los indignados políticos que se revelaron en 1943, provocando que el Gobernador, vía Gregorio Velázquez, diputado local y hermano de Fidel Velázquez, desaforara a los legisladores desafectos y sustituyera al Secretario General de Gobierno por su sobrino Alfredo del Mazo Vélez; en la Procuraduría se instaló a Fidel Montiel Saldívar y en la Tesorería llegaría Alberto Vélez Martínez, primo de Del Mazo y otros connotados beneficiarios del grupo como Adolfo López Mateos y Mario Colín.
Los legisladores fieles a Zarate Albarrán se volvieron un dolor de cabeza, denunciaron profusamente la ilegalidad del nombramiento, exigían la celebración de elecciones y señalaron que Fabela no despachaba en el Estado de México, sino desde Cuernavaca. Fabela por su parte compró el periódico El Demócrata y se encargó de la contratación de los periodistas y de la aprobación de los contenidos para mantener su imagen pública.
Así trascurrió su gobierno hasta 1945, aún a pesar del mandato constitucional que obligaba a los Gobernadores Interinos a convocar a elecciones inmediatas; cosa que el mismo Fabela confiesa en su libro ¡Pueblecito Mío!: «Investido de mi flamante cargo, tomé posesión del gobierno, llevando una recomendación y un deseo del Primer Mandatario (Ávila Camacho). La recomendación era la siguiente: que gobernara hasta donde fuera posible con los colaboradores del difunto exmandatario Zarate Albarrán; y un deseo estrictamente confidencial, de que yo continuara en el gobierno hasta completar los cuatro años de gobierno que correspondían a mi antecesor. Esto, cuando la Constitución del estado ordenaba que el mandatario interino debería convocar inmediatamente a nuevas elecciones».
Fabela sentó las bases y cobijó a la camarilla que se haría con el control del Estado de México, un linaje que asumiría la hegemonía política y económica de la entidad como una moderna aristocracia feudal, sus relaciones e intereses la han llevada a protagonizar varios episodios de la vida política nacional y su momento más prominente llegó con la presidencia de Enrique Peña Nieto, pero es una historia aún inconclusa, ante la debacle nacional del PRI, los Atlacomulco amenazan con aferrarse al Estado de México en 2023, como cualquier familia real a su reino.
Lo aquí expresado corresponde mayormente a lo escrito por Francisco Cruz y Jorge Toribio Montiel en el libro Negocios de Familia, biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto y el Grupo Atlacomulco, de Editorial Plantea.



