Elon hizo uno de los bluffs más caros e infantiles. Le costó 7.5 mil millones de dólares, y lo que se acumule. Vaya precio el que hay que pagar para quitarse la máscara.
Las amenazas las profieren aquellos que no saben cumplir; los periodicazos, para matar moscas. Así podemos resumir el absurdo de Elon Musk contra Carlos Slim, con quien los dimes y diretes simplemente, no van. Elon, en plena locura, emulando a su jefe-nuevo-mejor-amigo, Donnie, hizo a un lado su máscara y terminó por echar por la borda su prestigio -tuvo legiones de admiradores, ya que la narrativa del self-made man funcionó para vender su primer disfraz, el de hombre de trabajo- al ir de una forma tan vulgar contra Carlos, acusándolo de colaborador del narco.
El mexicano, sin más, sin aspavientos, simplemente decidió no dar seguimiento al negocio de revender Starlink a través de América Móvil. Así, Elon hizo uno de los bluffs más caros e infantiles de los últimos tiempos. A él, y sus accionistas, que no deben estar nada contentos, los que saben dicen que les costó 7.5 mil millones de dólares, y lo que se acumule, en el entendido que no entrarán como anticiparon, de cerrarse el negocio, a uno de los mercados más seguros del rubro. ¿Quién duda que la población de América Latina continuará su crecimiento demográfico, de la mano de una constante y mayor demanda de servicios de telecomunicaciones y redes?
Con su actitud, Slim dio más que una cachetada con guante blanco. Le enseñó a Musk, y a su patrón, que sus formas no son las correctas ni de hacer negocios, ni política y cómo un hombre en verdad poderoso no tiene, sino ejerce el poder. No se puede andar por el mundo amenazando y difamando. Además, por su experiencia tratando a los distintos actores del mundo -aunque con los de la vieja escuela mexicana le bastaron- sabe que este negocio es de acciones, no palabras, y es finito. El cargo no es eterno y todos los excesos cometidos de él, pasan factura, especialmente con su forma peculiar de tenerlo y exhibirlo. De nuevo en la historia, los bárbaros son blancos, gritones, huecos, que levantan la mano derecha simbólicamente ante la menor provocación sin siquiera saber los horrores detrás de ello.
Aunque la lección es también para nosotros. Dejemos de temblar ante sus escupitajos. Que amenacen, que griten, que vociferen, que mientan. Respondamos solo las afrentas verdaderas a través de los canales civilizados. En una palabra, ignorémoslos. Como Carlos, invirtamos en lo nuestro, busquemos nuevos aliados, nuevas fronteras. ¿Aranceles? Súbanlos, lograrán que nos veamos obligados a redefinir nuestra industria y que la economía se adapte a una nueva realidad.
No es tan fácil decirlo, sí. No es inmediato el resultado de la nueva realidad, cierto. Sin embargo, probado está que las crisis permiten a las sociedades reinventarse, fortalecerse, tomar nuevos bríos pues suponen la obligatoriedad de emprender nuevos caminos. Ellos, empresarios, capitalistas… ¿acaso olvidan la máxima de su sistema económico? ¿Qué tan arraigado tenemos nosotros, en nuestro imaginario, que ellos son nuestro salvavidas? De Trump, sabemos que no entiende otra cosa que hay que, como sea, hay que ofrecer show pero los que lo rodean, ¿tan obtusos son que también hacen del poder un espectáculo? Ellos son payasos, quizá ni eso, pues hasta ellos tienen escuela. No lo seamos nosotros.




