Ciudad de México a 9 enero, 2026, 12: 28 hora del centro.
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Hoy somos un Pueblo entero

postal PP horizontal Valeria Torres

La historia latinoamericana es necia: cada vez que un Pueblo intenta decidir su propio destino, aparecen quienes, desde fuera, sienten el derecho a corregirlo. No con argumentos, no con diálogo: con fuerza. Con sanciones, bloqueos, operaciones encubiertas y, cuando eso no basta, con la captura directa del adversario político. El secuestro del Presidente Nicolás Maduro no es un hecho aislado ni una anomalía: es una advertencia.

Lo sucedido en Venezuela no puede leerse como un episodio aislado ni disputa interna. Es un mensaje regional, la confirmación de que, cuando los intereses geopolíticos se ven amenazados, la legalidad internacional se vuelve papel mojado y la soberanía, un estorbo.

Hoy somos un Pueblo entero: mensaje a quienes apuestan al caos.

América Latina conoce bien ese libreto. Golpes blandos, golpes duros, presidentes derrocados, líderes encarcelados, países asfixiados económicamente hasta el colapso social. Siempre con la misma promesa: orden, estabilidad, libertad. Y siempre con el mismo resultado: pobreza, violencia, dependencia y fragmentación.

Defender hoy Venezuela no es un acto de afinidad ideológica; es coherencia histórica. Porque si se acepta que un gobierno extranjero secuestre a un presidente electo democráticamente, se abre una grieta que no distingue banderas ni proyectos. Mañana puede ser otro país, otro Pueblo. El Pueblo es Pueblo porque quiere, porque decide, porque resiste, incluso cuando se le intenta doblegar por la fuerza.

La autodeterminación de los Pueblos no significa perfección ni ausencia de conflictos, es algo más sencillo y más radical: que los problemas de un país los resuelve su Pueblo, sus instituciones, con sus tiempos y con sus contradicciones. Sin tutelas armadas, sin castigos colectivos ni secuestros disfrazados de operaciones de “seguridad”.

Lenin afirmaba que el imperialismo es la fase superior del capitalismo; el Comandante Chávez advertía que el fascismo pareciera ser la fase superior del neoliberalismo. Hoy vemos que el golpismo —con su desprecio por la voluntad popular y su autoritarismo— es la fase superior del neoliberalismo: que, incapaz de sostenerse por consenso, recurre abiertamente a la fuerza, al miedo y la violencia.

Quienes hoy celebran la intervención en Venezuela no apuestan por la democracia; apuestan por el caos. Saben que el caos debilita, divide, desmoviliza. Porque el caos vuelve administrable la riqueza ajena y normaliza la violencia como método. Porque en el caos, los Pueblos dejan de ser sujetos y vuelven a ser territorios.

Frente a eso, la respuesta no puede ser tibia ni a medias tintas. Defender la democracia como modo de vida implica defenderla con firmeza frente a quienes intentan aniquilarla. No basta con invocarla en discursos: hay que sostenerla cuando es incómoda, cuando desafía intereses, cuando no se somete.

América Latina está frente a una prueba histórica; está llamada a recordar que su historia común se escribió resistiendo imperios, no obedeciéndolos.

Mensaje a quienes apuestan al caos: Hoy somos un Pueblo entero, unidos por una memoria compartida y una certeza incómoda para los poderosos porque somos el cúmulo de Pueblos y generaciones que hoy convierten esa historia de resistencia en fuerza colectiva, porque intentaron enterrarnos sin saber que éramos semilla.

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