The White Man’s Burden (La carga del hombre blanco) se titula la obra de Rudyard Kipling, escrita en 1899, alusiva a la obligación moral y divina que tenían los hombres blancos sobre los pueblos bárbaros, una oda al supuesto sacrificio del que padecían por llevar la modernidad y conocimiento a los colonizados. Esta obra se escribió en el contexto de la ocupación estadounidense en Filipinas, de la cual se calcula que el 10% de la población originaria fue asesinada, todo en nombre de “servir a los pueblos cautivos”.
La situación no ha cambiado mucho, aunque los métodos de dominación económica, política, social y cultural son más sutiles en la actualidad, cien años después, hay familias, grupos de interés, elites y grupos de poder que intervienen sin rubor en las decisiones democráticas de los pueblos originarios y comunidades.
Recientemente, un grupo de artistas se manifestó en redes sociales en contra del proyecto Tren Maya, muchos de estos allegados a grupos de intereses creados, partidos políticos y hasta narcotraficantes, no era de extrañarse que los que eran beneficiados con las becas FONCA y los fideicomisos de cultura ahora se manifiesten por su evidente descontento.
“No somos adversarios, somos mexicanos”, recita Rubén Albarrán mientras el teleprompter se le refleja en los lentes, cuidadoso de sus palabras, siguiendo el pie de la letra el ensayo con la supuesta autenticidad que le caracteriza. El otro caso que llamó la atención fue el de la artista Natalia Lafourcade, quien anteriormente había declarado haber votado por AMLO, como en señal de advertencia, para más tarde ser crítica de uno de los proyectos más importantes de la administración.
Si en algo tiene razón los artistas, es en decir que son mexicanos al igual que quienes votaron a favor del proyecto, entonces, ¿de dónde viene esta supuesta legitimidad para manifestarse? ¿Por qué Albarrán con audacia dice que el territorio maya es “su territorio”? La respuesta obedece a una práctica que a ambos artistas les funcionado para afianzar su carrera: el extractivismo cultural.
Ambos han utilizado símbolos, arte y hasta se han dejado ver en comunidades y ceremonias ancestrales, como si aquello les diera un baño de pureza para representar a quienes no les han pedido ni siquiera su opinión. Imitar a “los de abajo” y no a los de “arriba” les ha permitido hacerse de un personaje, a costa de desposeer de su conocimiento, valores e identidad para consumo a quienes legítimamente han votado por cambiar su destino. Quizás sus mayores credenciales han sido ser partícipes de una u otra forma de organización comunitaria, abstrayendo lo más íntimo y sagrado de las culturas, que según a su pensar, los haría merecedores de hablar en su nombre.
El extractivismo con el que se manejan ha llegado a tal grado que mercantilizaron aquello que tocaron, por ejemplo, el son jarocho de origen africano e indígena apareció en el repertorio de Lafourcade sin el humor negro y bromas que caracteriza a los jarochos; fue más bien una representación de blanquitud disfrazada de folclore, que le hacia merecedora de “buen gusto”.
No es casualidad que hasta ahora se hayan manifestado. Como en repetidas ocasiones se ha mencionado, el proceso de consulta libre, previa e informada del proyecto Tren Maya no está dirigido a los activistas del corredor Roma-Condesa, sino a quienes por siglos han salvaguardado su territorio. Quizás en las redes sociales del centro del país sean conocidos y hasta reconocidos, pero lo cierto es que en donde se toman las decisiones en las comunidades son apenas un lamento de supuestas buenas intenciones, es decir, quieren ganar con likes lo que han perdido con argumentos.
Supongamos entonces que las comunidades en un futuro intentan revertir la decisión que hoy toman, deciden volver al estado actual de las cosas. ¿Qué no son quienes deban tomar esa decisión? Si hubiere algún error durante el proceso, los pueblos originarios y solo ellos son y serán dueños de su propio destino.
Las ganas de tutelar a los pueblos por parte de los artistas ha sido a tal extremo que su supuesto activismo los ha hecho pasar de victimarios a víctimas, de vendedores y extractivistas de la cultura a mártires del ambientalismo, una vez se hace vigente el discurso de The White Man’s Burden de Kipling quien hacia énfasis en el supuesto sacrificio de la misión colonizadora: “Por medio de un discurso abierto y simple,
cien veces purificado”.
En suma, concentrarnos solamente en su activismo de ocasión nos aleja de observar la estructura política que se sostiene este pensamiento, en esta supuesta salvación civilizatoria en la que se dirigen al Presidente, haciendo evidente que no tienen ni la atención de dirigirse a las propias comunidades.
Por si lo anterior fuera poco, rematan con una invitación al propio Presidente a visitar a las comunidades, cuando es bien sabido por todos que por mucho es quien más ha recorrido el país, especialmente la zona del sureste.
Los artistas si bien no tienen la capacidad legal ni legitima de “parar” el proyecto Tren Maya si tienen la de permear en aquellos sectores despolitizados que son fácilmente presa del marketing, que tienen consecuencias políticas con una clara definición ideológica, aquellos que no han distinguido entre el ambientalismo y ser esporádicamente pieza de escenografía. Viene entonces la tarea de interpelar al privilegio con todas sus consecuencias, no ceder la palabra a quienes siempre la han monopolizado, no permitir que reemplacen a la genuina organización del Pueblo, ya que muy a pesar de los artistas el Tren Maya va.




