“El poder requiere cuerpos tristes, el poder necesita tristeza porque puede dominarla, la alegría, por lo tanto, es resistencia, porque no se rinde, la alegría como potencia de vida nos lleva a lugares donde la tristeza nunca nos llevaría.”
Giles Deleuze
El sistema patriarcal está basado en la jerarquización y en el poder como dominación, esta dominación tiene lugar en un triple sentido: sobre las mujeres, en la familia y entre los propios hombres, y tiene como pilar fundamental la jerarquización, que indica la posición que cada hombre ocupa dentro de la pirámide social en función de sus posesiones y poder personal (en donde las mujeres estamos en la base de la pirámide). Este sistema de control, sujeción y violencia ha sido devastador para la humanidad, porque la violencia de cualquier tipo se vuelve cotidiana y justificada, lo que conlleva graves consecuencias para nuestra salud física, emocional y espiritual —entendida esta última como la búsqueda de significado, propósito y sentido en la vida; sin tener contexto de alguna religión, es la paz, plenitud, esperanza y consuelo—.
En contraposición a los estragos de la patriarcal, surge la propuesta de la cultura del buen trato, que desde la perspectiva de género propone un cambio de valores y actitudes necesarias para lograr la erradicación de la violencia de género en nuestra sociedad, entendemos que los cambios culturales son graduales, por eso es importante empezar…ayer (o lo más pronto posible).
El buen trato es una expresión de amor, respeto, de autoconocimiento y autocuidado hacia uno mismo y a los demás; es decir, tiene tres dimensiones: primero, el buen trato conmigo; después, el buen trato relacional, y, al final, el buen trato colectivo. El primero es autoconocimiento y autocuidado; el segundo momento (sin dejar el primero que es permanente) se trata de fortalecer los vínculos afectivos con los demás desde el respeto a las diferencias, y, por último, lo colectivo se refiere a crear la cooperación, solidaridad y educación para la paz con el fin de lograr una convivencia sana y armoniosa, para apoyar en el bienestar de la comunidad.
La integración del buen trato en nuestra vida es paulatina, conocer de qué se trata y recordar que nuestra vida y nuestro cuerpo son construcciones, y antes de deconstruirse debemos visibilizar los mandatos sociales y de género impuestos desde la cultura patriarcal que cultiva el maltrato. Es necesario prestarnos atención y dotarnos de herramientas para la autonomía, para gestionar mejor nuestras emociones, el respeto hacia mí, y hacia el otro y la otra, y hacia la colectividad.
El buen trato es recíproco, es de doble vía, es un encuentro y por lo tanto tiene que ver con la forma como vemos a los/las demás y como nos vemos a nosotros mismas.




