miércoles, 22 abril 2026
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La derecha que lo deshumaniza todo

La derecha no administra el poder: lo depreda, y para hacerlo, necesita deshumanizar todo. Porque cuando todo se vuelve cifra, cuando todo se reduce a “costo”, cuando todo se mide en rentabilidad, ya no hay pueblo: hay estorbo. Ya no hay derechos: hay obstáculos. Ya no hay personas: hay piezas intercambiables en un tablero donde siempre ganan los mismos.

Nos dijeron que veíamos fantasmas. Que no había un modelo que expulsaba a millones; que no existían privilegios estructurales; que la desigualdad no era inevitable, sino destino. Siempre lo han hecho. Y por eso hoy, frente a la transformación, reaccionan negando la realidad. Dicen que el bienestar es clientelismo; que los derechos son populismo; que el pueblo no decide, solo “responde”.

Pero hay una contradicción que los exhibe: hoy exigen resultados inmediatos y soluciones perfectas de un país que ellos mismos desmantelaron durante décadas. Pretenden que en siete años se revierta lo que destruyeron a lo largo de más de medio siglo. Y cuando eso no ocurre al ritmo que les conviene, lo usan como argumento para desacreditar el cambio.

Deshumanizan lo que no pueden controlar, porque si logran que veas una beca como “gasto”, ya no ves al joven; si logran que veas una pensión como “carga”, ya no ves a quien trabajó toda su vida; si logran que veas la salud como “ineficiencia”, ya no ves la urgencia de quien la necesita. Ese es el truco: borrar a las personas.

Durante años ridiculizaron a quienes resistíamos, nos dijeron que luchábamos contra molinos de viento, que todo era exageración. Pero hoy sabemos que sí había un modelo que concentraba riqueza y repartía abandono; que sí había decisiones políticas detrás de cada injusticia; que sí había una élite dispuesta a sacrificarlo todo por sus privilegios.

Y esa desesperación cruza otra línea: mientras aquí gritan censura, afuera piden intervención; mientras se envuelven en discursos de legalidad, buscan respaldo en intereses extranjeros; mientras hablan de patria, la traicionan.

La derecha que lo deshumaniza todo sigue ahí. Más agresiva, más estridente y más desesperada porque perdió algo que nunca pensó: el control del sentido común. Hoy ya no puede imponer su visión sin ser cuestionada, ya no puede esconder la desigualdad detrás de tecnicismos, ya no puede convencer de que lo injusto es inevitable.

Frente a eso, la Cuarta Transformación no solo representa un cambio de políticas, sino un cambio de exégesis: volver a poner a las personas en el centro. Reconocer que el desarrollo sin justicia social es retroceso, que la economía debe estar al servicio del pueblo y que la dignidad no es negociable. Esa es la diferencia: mientras unos reducen la vida a números, la transformación la devuelve a lo que siempre debió ser, un proyecto colectivo donde el bienestar deja de ser privilegio y se convierte en derecho

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