Pluma Patriótica

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La diplomacia del ping pong: el apretón de manos entre China y EE. UU.

Una serie de partidas de ping pong entre jugadores chinos y estadounidenses, plasmados en la película Forrest Gump, precedieron la histórica visita de Richard Nixon a China que inició el descongelamiento de las relaciones entre ambas naciones rivales y que hasta la fecha rige sus vínculos geopolíticos. Cuando los acercamientos entre ambas naciones comenzaron con algo tan inocente como la «diplomacia del ping pong», pocos imaginaron lo que quiso decir el Presidente de los EE. UU. cuando al final de su visita declaró: “¡Ésta fue la semana que cambió el mundo!”.

En el proceso para restablecer las relaciones diplomáticas con la República Popular China en octubre de 1971, la XXVI Asamblea General de la ONU aprobó restituir sus derechos como único miembro legítimo para representar toda China a costa de Taiwán y de su dictador Chiang Kai-shek[1]. Durante su visita en 1972, el presidente Nixon confirmó en el Comunicado de Shanghái que «Estados Unidos reconoce que todos los chinos de ambos lados del Estrecho de Taiwán creen que sólo hay una sola China y que Taiwán es una parte de China. El Gobierno de los Estados Unidos no discute esta posición».

Parecían demasiadas concesiones para una empobrecida y sobrepoblada nación comunista. Sin embargo, fueron justificadas por el apalancamiento que les dio a los norteamericanos en su rivalidad con la Unión Soviética en plena Guerra Fría[2].

China inició entonces un proceso de apertura económica bajo el control autoritario del Estado y se ha convertido en un «ejemplo exitoso de desarrollo» ―esos que tanto incomodan a las potencias occidentales― y se encuentra bajo asedio en varios frentes para contener su expansión global: desde el cerco marítimo en el que “la provincia rebelde de Taiwán” juega un rol clave, pasando por las restricciones a la expansión de sus empresas tecnológicas como Huawei, hasta las sanciones de la Unión Europea por violaciones de derechos humanos contra la minoría uigur en Xinjiang, cuando al no pronunciarse de igual manera con Israel, avalan con su cínica doble moral las atrocidades con el pueblo Palestino. Sin embargo, los lazos comerciales y económicos de China con el resto del mundo son tan extensos y fuertes que la única estrategia viable es la de la contención, creando un ambiente similar al de la Guerra Fría.

Ante este entorno, el primer encuentro entre Joe Biden y Xi Jinping en la reunión del G20 en Indonesia el pasado 14 de noviembre generó gran expectativa. Ambos llegaron fortalecidos, el primero por los resultados de las elecciones intermedias y el segundo por una de las demostraciones de poder político más enigmáticas de la historia reciente cuando vimos cómo Hu Jintao[3] fue expulsado y sacado a empellones de la sesión de clausura del XX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino. ¿Qué significa para la relación con EE. UU. que el antecesor de Xi Jinping y representante del ala del Partido que más promueve acelerar la liberación económica de China haya sido públicamente denostado?

Ambos líderes fijaron sus posturas cara a cara. La «cuestión de Taiwán» continúa siendo la manzana de la discordia, por lo que la ambigüedad estadounidense es insostenible ante la versión más poderosa de China en la historia. El velado control de los norteamericanos sobre Taiwán es visto como una amenaza vital para los asiáticos, porque en últimas instancias la isla les daría una plataforma para una invasión continental. China, de seguir siendo hostigada, tomaría una iniciativa militar como lo hizo Rusia al invadir Ucrania para defender la península de Crimea.

Aún hay margen para explorar vías pacíficas, pero los EE. UU. y sus Estados comparsa deberán replantearse la relación con China y aquellos pueblos que en su momento dominaron. Sería un disparate echar de menos a un político como Richard Nixon si no fuera porque aquel enérgico y prolongado apretón de manos que le dio al Premier Zhou Enlai al pie de la escalerilla de su avión al llegar a Pekín para romper el hielo y dejar atrás más de dos décadas de distanciamiento, contrastara tanto con la falta de imaginación y lo corto de miras de la diplomacia de un Joe Biden, cada vez más desorientado, que solo sabe amenazar, golpear y someter a otras naciones en lugar de buscar alternativas de integración y cooperación para enfrentar las crisis ecológicas, migratorias y de desigualdad que atentan contra nuestra civilización, a menos que quieran pelear una guerra más, ahora que hay un hombre fuerte en China para construir como el enemigo.


[1] El General Chiang Kai-shek fue fundador del Partido Nacionalista Chino (Kuomitang) que enfrentó con el apoyo de Occidente al Partido Comunista Chino de Mao Zedong  hasta que fue derrotado en 1949. Entonces huyó a Taiwán para formar un gobierno autoritario hasta su muerte en 1975 heredando el poder a su hijo Chiang Ching-kuo.

[2] 50 años de la visita de Nixon a China: la historia detrás de la «semana que cambió el mundo»

[3] El expresidente chino Hu Jintao es expulsado del Congreso del PCCh

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