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La estrategia digital del PRI

Hay algo casi trágico —y al mismo tiempo revelador— en la actual estrategia digital del Partido Revolucionario Institucional. No es solo que no funcione. Es que exhibe, sin pudor, la distancia abismal entre lo que el partido cree que es y lo que la sociedad percibe.

El PRI ha optado por una fórmula que mezcla propaganda visual generada con inteligencia artificial, narrativas simplificadas y una saturación constante de micro escándalos: baches, derrames, fallas cotidianas. A primera vista, parece una ofensiva, aunque en realidad, es una defensa disfrazada de ataque.

Su lógica es clara: construir un framing acumulativo. Es decir, no importa si cada señal es pequeña; lo relevante es que, juntas, erosionen la percepción del presente. Una gota no rompe la piedra, pero mil insistencias pueden moldear la opinión pública. A eso se suma la llamada erosión de percepción: instalar la idea de que “todo está mal”, aunque los datos no sostengan esa narrativa.

El problema es que esta estrategia requiere un elemento fundamental: credibilidad. Y ahí es donde el edificio se desploma, porque el PRI no habla desde la neutralidad: Habla desde una memoria histórica que pesa. Cuando intenta posicionarse como denunciante, lo hace cargando sobre los hombros episodios que la sociedad no ha olvidado ni procesado del todo. No es un actor nuevo. Es, para muchos, el origen de los males que ahora señala.

Y entonces ocurre el cortocircuito: el mensaje no solo falla, sino que se invierte. A esto se suma el factor humano —o más bien, simbólico—. La reincorporación de figuras como Rosario Robles no es una jugada estratégica, es un lastre. En política, los nombres son narrativas condensadas. Y hay nombres que no abren puertas: las cierran.

Lo mismo sucede con el liderazgo de Alejandro Moreno. Su figura no articula renovación ni credibilidad; más bien refuerza la percepción de un partido atrapado en sus propias contradicciones. Pero quizá el fenómeno más interesante —y más revelador— es el rechazo masivo en redes. Publicación tras publicación, el PRI enfrenta un 80, 90% de respuestas negativas. Burla, crítica, desconfianza. Y, sin embargo, insiste. ¿Por qué? Porque ese rechazo también es funcional.

En la lógica de supervivencia política, el repudio no es necesariamente fracaso. Es visibilidad. Es permanencia en la conversación. Es, incluso, combustible para una narrativa de victimización: “nos atacan, luego existimos”. Así, el PRI ya no parece buscar convencer a las mayorías. Su apuesta es más modesta —y más cruda—: conservar un núcleo duro, suficiente para no desaparecer. Militantes históricos, estructuras residuales, votantes que, por rechazo al oficialismo, están dispuestos a mirar hacia atrás sin nostalgia, pero con pragmatismo.

No es una estrategia de poder. Es una estrategia de supervivencia. El problema es que incluso para sobrevivir se necesita coherencia. Y ahí es donde el modelo vuelve a fallar. Porque no hay consistencia entre mensaje y mensajero, entre narrativa y memoria, entre intención y percepción social. En paralelo, el país ha cambiado.

México no es el mismo terreno político de hace dos o tres décadas. Es una sociedad más informada, más conectada, más crítica. Las redes sociales ya no son terreno fértil para la manipulación burda; son espacios donde la ciudadanía responde, cuestiona y, sobre todo, recuerda.

En ese contexto, la estrategia del PRI luce no solo insuficiente, sino anacrónica.

Y mientras tanto, del otro lado del tablero, la figura de la Presidenta Claudia Sheinbaum se mantiene con niveles de aprobación históricamente altos, siempre rondando el 80%. No por ausencia de críticas —que existen—, sino porque la narrativa opositora no logra articular una alternativa creíble ni emocionalmente resonante.

Al final, la ecuación es simple, aunque incómoda para algunos: El PRI hace ruido, pero no construye sentido. Se mantiene visible, aunque sea irrelevante. Sobrevive, pero no convence. Y en un país cada vez más libre, consciente y politizado, eso no alcanza.

Su estrategia no funciona, ni funcionara.

Aunque su supervivencia sea una posibilidad, desde nuestras trincheras debemos de apostar por su extinción en las elecciones intermedias.

Ni un voto al PRI. Ni un voto al PAN.

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