Desde sus comienzos, en sus manifestaciones más primarias, la historia ha tenido siempre una función social. Por ello me adhiero —por así decirlo—, a quienes postulan que la historia tiene entre sus funciones esenciales la búsqueda del bien común, del cambio social a favor de los intereses colectivos de mujeres y hombres, y del desarrollo —en el mejor sentido de la palabra— de la humanidad hacia un sendero de justicia, equidad y libertad.
Hace más de 4 décadas, en México, en 1980 se publicó un libro que ahora es un hito: Historia, ¿Pará qué?, un compendio que hurga en la función social de la historia con autores tan disímbolos cómo Carlos Pereyra, Luis Villoro, Luis González, José Joaquín Blanco, Enrique Florescano, Arnaldo Córdova, Carlos Monsiváis, Adolfo Gilly, y Guillermo Bonfil Batalla.
En las décadas de los cuarenta y los cincuenta, con el proceso de institucionalización de la Revolución Mexicana, durante los gobiernos de 1940-1946 de Manuel Ávila Camacho; de 1946-1952 de Miguel Alemán Valdés (primer Presidente de origen no militar); y de 1952-1958 de Adolfo Ruíz Cortines, se acentuó a su vez el proceso de legitimación del régimen priista a través de difundir una historia oficial de la Revolución mexicana.
Daniel Cosío Villegas y Jesús Silva Herzog son los pioneros del revisionismo. Precisamente en Noviembre de 1946, días antes que asumiera el cargo el primer Presidente civil de la post revolución, Cosío Villegas terminó de escribir el ensayo La crisis de México; se le ha considerado “el ensayo político más importante” del siglo XX mexicano. En el texto Cosío Villegas apuntó que México estaba en una profunda crisis histórica y la Revolución había perdido su rumbo. Hizo un rápido repaso por la economía, la historia, la política, la sociedad y la cultura del siglo XX mexicano. La Revolución solo había significado destrucción y fracasaba en la construcción de la democracia.
La tesis planteada por Cosío Villegas acerca de que la Revolución había perdido el camino original, permeó no sólo en los círculos del poder, sino animó precisamente una revisión más objetiva e incluso científica del pasado revolucionario como refiere Luis González. Fue la llave que abrió la puerta a un proceso de crítica a la historia hasta ese entonces publicada.
Entonces vinieron desde el plano social los primeros acontecimientos de crítica abierta al sistema político emanado de la Revolución Mexicana: el Movimiento de Liberación Nacional encabezado por Lázaro Cárdenas en 1961, el movimiento de los médicos en 1964; el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959 encabezado por Demetrio Vallejo y Valentín Campa; y el movimiento estudiantil y popular de 1968.
Más de una década después a los trágicos acontecimientos de Tlatelolco, se decantó aquella reflexión colectiva en Historia, ¿Para qué? fundada en el revisionismo al que nos hemos referido, pero sobre todo en la constatación de la degradación moral del régimen priista tras el autoritarismo de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, y del papel de la historia frente al pasado, la realidad y el futuro.
Por ello, en el contexto de las deliberaciones acerca del agotamiento del neoliberalismo y del modelo que puede definir un nuevo sistema, más justo, más humano, más fraterno, no se puede mirar solo con la lupa al sexenio pasado y sus páginas negras, sino tratar comprender los ciclos que ha vivido nuestro país, en los siglos XX y XXI, a saber Revolución mexicana, cardenismo, régimen post revolucionario, revisionismo, autoritarismo y represión, neoliberalismo, transición democrática fallida, restauración del PRI, hasta llegar a nuestros días con las perspectivas y retos de fundar la Cuarta Transformación de México.
El neoliberalismo es individualismo, egoísmo, en cambio la historia nos demuestra que sin comunidad y colectividad no hay cambio social posible.
En tiempos de Transformación, el Presidente de México casi todos los días en los ejercicios de comunicación circular de las llamadas “mañaneras” pone de relieve ejemplos históricos para ilustrar las decisiones del presente, bajo la premisa que “es la historia la maestra de la vida y de la política”; asimismo, la Dra. Claudia Sheinbaum como dirigente de nuestro movimiento ha dicho que los historiadores son tan importantes como los médicos, los abogados o los ingenieros, en cuanto a sus aportes para un mejor México.
En los tiempos del neoliberalismo reflexionábamos que la mejor forma de ser un buen opositor era contribuir a la memoria colectiva siendo un buen historiador. En tanto, en nuestro presente el proceso de Transformación avanza, desde la concientización colectiva es un imperativo ético nunca perder el sentido crítico y la función social de la historia.




