Ciudad de México a 15 febrero, 2026, 11: 20 hora del centro.
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La ilusión de las reservas digitales y doradas

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Cuando Nayib Bukele anunció en septiembre de 2021 que El Salvador adoptaría Bitcoin como moneda de curso legal y comenzó a acumular criptomoneda para las reservas del Estado, la prensa mundial volvió los ojos hacia San Salvador. Desde entonces, ese portafolio ha crecido hasta alcanzar alrededor de 7,547 BTC, con un valor estimado en aproximadamente $635 millones en el mercado actual.

La estrategia evolucionó, al tiempo que Bitcoin se desplomaba desde sus picos y dejaba incertidumbre en los balances, el Banco Central de Reserva quiso diversificar y volvió al tradicional refugio de valor: el oro. Tras décadas sin comprarlo, el país adquirió cerca de 67,403 onzas troy de oro, valuadas en torno a $360 millones según los precios recientes.

Para poner estas cifras en contexto, basta compararlas con el tamaño de la economía salvadoreña: el PIB nominal de El Salvador en 2025 ronda los $36,6 mil millones de dólares.

Esto significa que incluso combinando las reservas en Bitcoin y las de oro, el valor de estos activos suma menos del 3 % del PIB total del país. Una fracción relativamente pequeña si se quiere dar confianza a los mercados y ciudadanos de que el país tiene una reserva sólida frente a la volatilidad económica global.

Y aquí viene la pregunta difícil, ¿es riesgoso el oro? Tradicionalmente, el oro es considerado un activo refugio porque mantiene valor a largo plazo y tiende a subir cuando hay incertidumbre en los mercados. Por eso la mayoría de los bancos centrales del mundo lo mantienen en sus reservas. Pero tener oro no genera crecimiento económico por sí mismo ni liquidez inmediata, y sus precios también pueden fluctuar. No es un ingreso, no financia servicios ni infraestructura, y si el precio cae en el momento en que se necesita vender para pagar deuda o gasto público, ese colchón teórico de riqueza puede reducirse de forma abrupta.

Hoy, Bukele tiene tiempo, porque controla todos los poderes del Estado y no hay instituciones independientes que auditen estas decisiones, para esperar a que Bitcoin y el oro repunten y así proclamarse visionario ante la historia. Pero la realidad del 1° de febrero de 2026 es más prosaica y más dura, Bitcoin ha estado en una racha bajista, poniendo en riesgo niveles clave y mostrando por qué muchos analistas lo llaman un activo extremadamente volátil.

El oro, aunque más estable, también ha tenido retrocesos recientes y no garantiza ganancias inmediatas si se necesita liquidez.

En un país donde el presidente controla gobierno, legislatura y justicia, nadie sabrá, con total independencia y transparencia, qué tan dolorosa será esta apuesta. Lo único seguro es que cuando la realidad golpee fuerte, solo Bukele decidirá si fue maestro estratega o si su país quedó atrapado en un experimento financiero sin salvación visible en el corto plazo.

Y a los extraterrestres, primero investiguen, después opinan.

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