La victoria de Andrés Manuel en 2018 supuso algo más que la mera transición formal del poder. El ambiente político cambió: algunos y algunas creemos que para bien, pero otro sector está profundamente disgustado, por decir lo menos. ¿Por qué?
Creo que una de las claves está en un sentimiento compartido en mayor o menor medida por ese sector: el odio a la democracia. Jacques Rancière nos habla de este polémico tema y nos da algunas orientaciones: está de moda hablar de los llamados «excesos» de la democracia y eso, lejos de esconder impulsos orgánicos o constitucionales de valor, refleja una incomodidad mucho más entrañable; mucho más política.
El poder del Pueblo tiene una característica fundamental: es un poder que cimbra la legitimidad del crecimiento ilimitado de la riqueza y de la influencia oligárquica-científica. Al capitalismo le llevó muchos años instalar la fe en el laissez-faire como un proceso natural e inevitable. Este jueguito de la democracia pone todo ese trabajo en riesgo. El Pueblo deja de ser una fuente pasiva de legitimidad muerta y pasa a ser un sujeto político. Es decir, recupera una voz propia —compleja, pero propia— y, por lo tanto, capaz de discrepar, de imaginar, de sentir y de comunicar un porvenir distinto al paraíso de los consumidores que nos proponen los bienpensantes. Y lo peor: es una voz sin credenciales naturales; sin títulos que justifiquen su sonido. El Pueblo diferenciado renace, el poder se acerca a los y las cualquiera, la política se revitaliza; el conflicto resurge porque el pensamiento único se resquebraja… Se desordena lo que les llevó tantos años (y guerras, y golpes de Estado, y tomas por asalto de departamentos académicos, y maiceo de periodistas) ordenar.
Esto es profundamente molesto para quienes se asumen como titulares de estas credenciales naturales para gobernar. Las élites parecen creer, por ejemplo, que la autoridad formal que viene con la detentación de un cargo público no es más que el reconocimiento del orden natural. En el fondo están convencidos y convencidas de que, si no hubiera un Estado que emitiera nombramientos, de cualquier forma ellos tendrían derecho a mandar por cualesquiera otra vía. Al final, son ellos y ellas la encarnación de los títulos de mando. ¿Quién sino ellos y ellas para tomar decisiones? Cualquier otra opción, cualquier noción de legitimidad emanada por afinidad con las mayorías, por ejemplo, tiene que ser un despropósito. Esto explica también la forma en la que tienden a ejercer el poder: si el nombramiento no es más que un reconocimiento de algo preexistente, ¿qué es este derecho laboral, por ejemplo, que pretende limitar mi manera de ordenar?
El odio a la democracia es uno de los componentes más importantes del régimen contemporáneo. La construcción de uno nuevo, más humanista, supone vencer este pilar motivacional.




