Por: Carlos A. Romero
El litio es un metal blando cuya densidad es la mitad de la del agua, es el elemento metálico sólido más ligero y tiene un elevado potencial electroquímico que lo vuelve un componente indispensable en la fabricación de baterías, aunque su uso se extiende también a las industrias del vidrio, la cerámica, los lubricantes, termoplásticos, metalurgia y farmacéutica.
Este elemento es un recurso natural estratégico, pues es la base de la modificación del patrón energético actual; su capacidad de acumular energía está sentando las bases para la futura implantación de un modelo de movilidad impulsada por motores eléctricos.
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) reporta reservas de litio en 17 países, sin embargo, el 85% de las reservas probadas en el mundo se encuentran en el «Triángulo del litio», una zona conformada entre Argentina, Chile y Bolivia; este último país posee el yacimiento más grande del mundo, con 21 millones de toneladas certificadas.
No es difícil comprender el interés geopolítico y económico que despierta este recurso en la agenda energética, tecnológica y geopolítica de las potencias que se disputan la hegemonía global y la explotación de los recursos naturales que garanticen el sostenimiento de su estatus.
Es una realidad histórica que los países «centrales» han apalancado su desarrollo a través de la explotación de los recursos naturales de los países «periféricos» a través de la dominación colonial, vía la ocupación, o mediante la neocolonial intervención de empresas transnacionales, diplomáticos y cabilderos que influencian a las legislaturas y gobiernos en favor de los intereses imperialistas; con la consabida depredación de los recursos, la explotación de la clase trabajadora, el subdesarrollo nacional y el enriquecimiento de una pequeña oligarquía entreguista y apátrida.
Por eso es importante observar el ejemplo de soberanía y autodeterminación que Bolivia ha emprendido en los últimos catorce años, encaminado a concentrar desde el Estado, los esfuerzos de extracción, aprovechamiento, industrialización, producción y comercialización del litio y sus derivados; un camino sinuoso y lleno de enseñanzas para naciones como la nuestra que enfrenta el reto de la dependencia o la autodeterminación.
El triunfo electoral de Evo Morales Ayma en 2006 marcó el cisma que inició a esta epopeya, para 2008 el nuevo gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) nacionalizó el litio mediante el decreto supremo 29496 que eliminó las concesiones a empresas extranjeras; siguió la Ley 3720 que dotaba a la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) de facultades para explorar, explotar, concentrar, fundir, refinar y comercializar el llamado «oro blanco».
Para 2009 se aprobó una nueva constitución que refrendó la propiedad del recién creado Estado Plurinacional sobre los recursos naturales, elevando esta posesión como elemento estratégico de la defensa de la soberanía y del carácter de interés público de los bienes nacionales.
Se diseñaron tres fases dentro de la Estrategia Nacional de Industrialización de los Recursos Evaporíticos encaminadas a consolidar toda la cadena productiva, una ambiciosa pretensión a la que ningún país de América Latina había aspirado hasta el momento.
La primera fase estaba encaminada a la producción a escala piloto de carbonato de litio (de uso psiquiátrico para el tratamiento del trastorno bipolar) y potasio (usado para las células fotoeléctricas); la segunda fase se destinó a la producción industrial del carbonato de litio, cloruro de potasio (agente fundente en la fundición de aluminio) y sulfato de potasio (fertilizante).
En 2016 se concretó la primera venta de 9,3 toneladas de Carbonato de Litio a un precio de 7 mil dólares la tonelada a la empresa china China Machinery Engineering Corporation; 15 toneladas son vendidas a 9 mil doscientos dólares por tonelada en junio del mismo año.
Es muy importante señalar que la fabricación de baterías de iones de litio requiere recursos científicos, técnicos y tecnológicos que ningún país de américa latina tiene por sí mismo y que incluso a países con mayor índice de desarrollo les ha sido complicado alcanzar; por lo que empresas y gobiernos han venido desestimando sistemáticamente las declaraciones y esfuerzos del país sudamericano.
Esta realidad hizo al gobierno Boliviano flexibilizar sus criterios en torno a la participación de empresas extranjeras en el proceso de la cadena productiva aspirada, así en 2018 la empresa alemana ACY Systems fue seleccionada para establecer una sociedad estratégica con la empresa estatal Yacimientos de Litio Bolivianos (creada en 2017) en una proporción de 51% contra 49% de la propiedad germana; este apalancamiento permitiría dotar a la industria sudamericana de los elementos necesarios para la producción de baterías de iones de litio.
El anuncio de la cooperación entre ACY Systems y YLB detonó las alertas en Estados Unidos y causo incomodidad por igual entre empresarios y gobierno; las presiones exteriores y los problemas internos causados por el supuesto fraude en la reelección de Evo Morales en 2019 provocaron la recesión del contrato y la renuncia del Presidente.
El propio Elon Musk publicó un polémico tweet en respuesta a las acusaciones sobre la participación del gobierno de Estado Unidos en el golpe que llevaría a Jeanine Áñez a la Presidencia de Bolivia ante la renuncia y exilio de la cúpula del MAS; el tweet de Musk decía “Nosotros golpearemos a quien queramos”; cabe destacarse que Musk, y su empresa Tesla, fueron desplazados en ese tiempo como los principales productores de baterías de litio por empresas chinas, con quienes Bolivia había mantenidos acercamientos y charlas de buen entendimiento.
Nos leemos el siguiente martes para la parte II.
@cromeroarreola
Politólogo, profesor de la UAEMex, latinoamericanista, 2660 MSNM.




