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Lo que marzo me hace recordar

Con motivo del mes de la mujer decidí escribir sobre algo que me inspira: mujeres fuertes, trabajadoras, líderes en sus familias y en sus comunidades.

Cada 8 de marzo escuchamos consignas, vemos marchas y leemos cifras que nos obligan a reflexionar. Pero para mí, marzo es, sobre todo, un mes de conciencia histórica. De reconocer el camino recorrido y de entender el momento que estamos viviendo.

Somos la generación que vio romper uno de los techos más grandes en la historia política de México: una mujer gobernando el país. Yo crecí viendo la política como un espacio dominado por hombres. En muchos estados —incluido Guerrero, el mío— el liderazgo tenía un molde muy definido, pero hoy ese molde se está transformando. Ver a una mujer en la Presidencia no es solo simbólico; significa que una niña en cualquier rincón del país puede crecer sabiendo que el techo no es el límite, ni siquiera el de Palacio Nacional.

Durante años se nos dijo —directa o indirectamente— que el poder debía ejercerse de cierta manera. Que la firmeza era sinónimo de masculinidad. Que gobernar implicaba dureza y confrontación constante. Que las mujeres podían participar, pero no necesariamente liderar con autoridad. Ese mito se está desmontando.

Hoy vemos decisiones firmes en materia de seguridad, golpes importantes contra estructuras criminales y conducción política en momentos complejos. La autoridad no cancela la sensibilidad. Son cualidades que pueden convivir.

Además, la agenda de las mujeres dejó de ser un tema lateral. La institucionalización de políticas específicas y el fortalecimiento de espacios dedicados a la igualdad envían un mensaje claro: las demandas que por años estuvieron en las calles hoy también están en la estructura del Estado.

Eso no significa que todo esté resuelto. En Guerrero sabemos que las brechas existen, que la violencia sigue siendo una realidad dolorosa y que muchas mujeres aún enfrentan techos invisibles en lo laboral, lo político y lo social. Pero también sabemos reconocer los momentos que marcan un antes y un después.

Para mí, marzo no es solo una fecha para repetir discursos; es una oportunidad para reflexionar. Venir de Guerrero me enseñó que las mujeres de mi estado han sostenido familias y luchas históricas con una fuerza silenciosa que pocas veces fue reconocida.

El 8 de marzo no es celebración automática, es exigencia y también es evaluación. A mí me recuerda que ocupar espacios no basta: hay que transformarlos. Que la representación debe traducirse en resultados. Que el liderazgo femenino es extraordinario.

Yo, desde mi historia y desde mi generación, veo este momento como algo que inspira, pero también compromete.

Ahora toca demostrar que el poder puede ejercerse distinto. Y que nunca más vuelva a parecer extraordinario que una mujer gobierne este país.

 

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