El Salvador —ese pequeño pedazo centroamericano de tierra y mar, que ha brindado seres gigantes del humanismo, entre montes verdes, playas y lagos— fue testigo hace 50 años de la partida de uno de los hombres que más amó su Patria, el poeta libertario Roque Dalton. Si Dalton vivera contra Nayib Bukele estuviera… Influido por la Revolución Cubana, arropado intelectualmente por poetas de la talla de Ernesto Cardenal, Mario Benedetti y su compatriota Otto René Castillo, Roque Dalton fue en su mismo un poema irredento hasta perder la vida misma por el ideal revolucionario.
Han pasado cinco décadas desde que una bala silenció la vida del eterno discrepante. Dalton fue asesinado por sus propios ex compañeros de guerrilla, quienes, anclados en el narcisismo paranoico, la autofagia ultraizquierdista y las veleidades del autoritarismo lo alucinaron como sospechoso de ser informante de la CIA, esencialmente porque el poeta se había permitido el derecho a ejercer la crítica y la autocrítica del frente revolucionario al que ofrendó luchas y vidas. Años más tarde los propios expedientes de la CIA desmintieron la aberración de que Roque fuera un traidor o un infiltrado, por el contrario, fue un blanco constante del Imperio Yanqui.
Decimos vidas en plural porque Eduardo Galeano escribió:
“Roque Dalton, alumno de Miguel Mármol en las artes de la resurrección, se salvó dos veces de morir fusilado. Una vez se salvó porque cayó el gobierno y otra vez se salvó porque cayó la pared, gracias a un oportuno terremoto. También se salvó de los torturadores, que lo dejaron maltrecho pero vivo, y de los policías que lo corrieron a balazos, Y se salvó de los hinchas de fútbol que lo corrieron a pedradas, y se salvó de las furias de una chancha recién parida y de numerosos maridos sedientos de venganza”. (Memoria del Fuego. El siglo del viento).
Pero, tú te salvas salvador… y de la poesía emergió Roque Dalton como una figura imprescindible para llenar de luces noches y amaneceres de revueltas y revoluciones latinoamericanas del fin de siglo. En contrasentido con su trágica muerte sobrevivió de Dalton la alegría rebosante en forma de poesía, y la inquebrantable lucha por la utopía. Elena Poniatowska refirió: “De Roque, todos los que lo conocieron dicen que era un personaje a todo dar, y resulta fácil imaginarlo haciendo del entusiasmo y de la sinceridad un mérito literario”.
¿Dónde hemos visto la misma historia de quienes alegres construyeron sueños colectivos y después fueron silenciados y expulsados de los mundos nuevos que anhelaron, desconocidos por fariseos, ventajosos, oportunistas y autoritarios?
Roque Dalton nos heredó desde la palabra la vocación por los oprimidos, como el los llamó: “los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta, los que apenitas pudieron regresar, los que tuvieron un poco más de suerte, los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos”.
A sabiendas que la libertad interior y la dignidad humana son indestructibles Roque Dalton —una especie de alma gemela al escritor mexicano José Revueltas— siguió su periplo; siempre en la búsqueda de un mundo más justo para todos, sufrió vejaciones, cárcel y exilio. Residió lejos de su tierra por persecución del poder a su conciencia, en lugares de Guatemala, México, Checoslovaquia y Cuba, dónde se ganó la vida de diversas maneras y con los textos que publicaba.
Clandestino, regresó a El Salvador en los años setenta, y se unió a la guerrilla del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), con el seudónimo de Julio Delfos Marín, en 1975 fue acusado de ser agente enemigo, entonces, un 10 de mayo con viento ominoso de aquel año fue fusilado por sus propios compañeros de lucha. Todas las acusaciones, unas de ser agente del Imperio y otras de infiltrado “pro- castrista” fueron desmentidas rotundamente años después por el peso inevitable de la historia.
Si como decía Carlos Marx «Las revoluciones son las locomotoras de la historia», el poeta Roque Dalton atisbó los pliegues del amor y el desamor en ese trajín, e iluminó de metáforas, persistencia y militancia el camino de los trenes que marchan con el pueblo a cuestas —hacia el futuro de un mundo mejor—. El mejor homenaje es revisitar su poesía en tiempos de claroscuros: “Es bello ser comunista/ aunque cause muchos dolores de cabeza. / Y es que el dolor de cabeza de los comunistas/ se supone histórico, es decir que no cede ante las tabletas analgésicas/ sino sólo ante la realización del Paraíso en la tierra. / Así es la cosa”.




