Hay conceptos que utilizamos con tanta frecuencia –muchas veces para acusar, otras para justificar y algunas más para distraer atención– que dejamos de dimensionar su trascendencia… los prejuicios pueden ser un buen ejemplo de ello, pues permean, influyen y determinan, en múltiples ocasiones y de innumerables formas, todos los aspectos de nuestra vida. Usualmente, el prejuicio tiene una connotación negativa hacia un grupo, lo que implica sentimientos o creencias de desvalorización hacia el mismo, expresando un desacuerdo explícito, que muchas veces conlleva al desprecio hacia las o alguna de sus condiciones o características. Según la psicología social, es una condición humana que nos inclina a responder de cierta manera frente a un estímulo, de acuerdo con un precepto o canon preestablecido.
También se ha afirmado que el prejuicio es una forma distorsionada de interpretar la realidad, puesto a que tiene una base real, pero a su vez, contiene información errónea, exagerada o generalizaciones accidentales ocasionadas por una experiencia previa o ajena. El prejuicio es resistente al cambio y es altamente complejo lograr eliminarlo, ya que las personas lo creen con veracidad, incluso cuando se le muestren pruebas contrarias. William James aportó que “un gran número de personas piensan que están pensando cuando no hacen más que reordenar sus prejuicios”.
Ahora bien, dentro de las teorías modernas, el prejuicio es una actitud aprendida, basada en las experiencias que la persona ha tenido a lo largo de su vida y especialmente, durante su infancia. Niñas y niños pequeños aprenden en primer lugar lo que la familia o la sociedad piensan del mundo, antes de conocer dichos eventos por sí mismo/a. Al respecto, Mahzarin Banaji señaló que “los prejuicios implícitos vienen de la cultura. Creo que son la huella dactilar de la cultura en nuestras mentes. Los seres humanos tienen la capacidad de aprender a asociar dos conceptos muy rápidamente. Eso es innato. Lo que podamos enseñarnos a nosotros mismos, lo que elijamos asociar, es cosa nuestra”. Por otra parte, Banaji aportó que sí es posible una educación contra los prejuicios, pero también que el cómo hacerlo, es lo que todavía resulta problemático o poco claro, lo que se debe a que cuando se intenta educar, se hace desde, con y contra los estereotipos ya instalados.
Aun cuando forman parte de nuestro día a día, debemos estar conscientes de que los prejuicios pueden volverse peligrosos si están ampliamente difundidos, por ejemplo, a través de medios como periódicos, televisión, radio, internet y/o por medio de las redes sociales. Los prejuicios negativos que se desarrollan a gran escala en una sociedad pueden causar tensiones entre los grupos, o bien, que grupos de personas se vean privados de algo, les sea negado el ejercicio de algún o algunos derechos y por tanto, que sean tratados de manera desigual… en concreto, que sean víctimas de lo que llamamos discriminación e injusticia/s. Sin duda, si las cosas negativas se repiten una y otra vez sobre un determinado grupo, algo debemos hacer, especialmente si no existe demasiada difusión de la realidad o bien, de los fundamentos que sustenten una opinión contraria.
Por tanto, tanto la familia y la escuela emergen como espacios primordiales en la educación y formación de valores de niñas, niños y adolescentes, y deben hacer un esfuerzo adicional para promover formar seres humanos que sean capaces de pensar y actuar con independencia, procurando fundamentar bien las razones de la propia conducta, sin asumir una actitud hostil o de rechazo hacia las diferencias. Debemos ser conscientes de las terribles consecuencias de nuestros y los prejuicios, pues suelen ser, por lo general, negativas y profundas: influyen notablemente en cómo nos comportamos con ciertas personas, y qué expectativas tenemos de ellas o del grupo al que pertenecen, lo que sin duda constituye una limitante personal y en nuestra sociedad, generando un ambiente adverso y riesgoso.
Según especialistas, el primer y más importante paso contra los prejuicios es identificarlos y reconocerlos, así como intentar asegurarnos de que no determinen nuestro comportamiento. A través del fomento de la ignorancia, el miedo y el silencio se alimentan mitos, estereotipos, estigmatización y se perpetua la discriminación, generando múltiples problemáticas e injusticias, que inclusive se incrementan exponencialmente debido a información errónea. Los prejuicios no deben llevarnos nunca a apartar a personas, a discriminarlas y menos aún a crear conflictos sociales y dividir a nuestra sociedad. Y para ello, la información y la comunicación resultan indispensables, pues es imperativo acabar con innumerables ideas preconcebidas, mitos y discursos aprendidos que nos han dañado de forma significativa.




