En la discusión pública contemporánea, dos rubros aparecen de manera constante cuando se analiza el lugar de México en el mundo: el económico y el diplomático. Ambos suelen abordarse por separado, pero entenderlos de forma articulada permite dimensionar con mayor claridad el papel que hoy desempeña nuestro país en el escenario continental. Esta columna propone justamente eso: mirar a México desde una perspectiva integral que combine capacidad económica, proyección internacional y vocación humanista.
Si partimos de los indicadores económicos más utilizados para el análisis comparado, los datos del Banco Mundial ubican a México como la decimotercera economía más grande del planeta, con un Producto Interno Bruto cercano a los 1.8 billones de dólares. A nivel continental, de acuerdo con cifras del Fondo Monetario Internacional para 2023, nuestro país se posiciona como la cuarta economía de América, solo por detrás de Estados Unidos, Brasil y Canadá. Considerando que Estados Unidos concentra cerca del 76% del total de la economía del continente, México representa alrededor del 5%, lo que nos coloca como la segunda economía más grande de América Latina.
Este peso económico no provino de la nada, contamos con sectores altamente competitivos en el mercado internacional, particularmente la industria automotriz, la de componentes electrónicos y la maquinaria. Se trata de alto potencial de crecimiento en la economía global, siempre que se continúe apostando por su profesionalización, innovación y expansión con estrategia, tal como lo plantea el Plan México. A ello se le suma un marco jurídico de comercio exterior sólido y en constante fortalecimiento que ha permitido al país integrarse de manera activa a las cadenas de suministro globales.
La política comercial mexicana es un reflejo claro de esta apertura estratégica. De acuerdo con información de la Secretaría de Relaciones Exteriores, disponemos de una red de 14 Tratados de Libre Comercio con 52 países; 30 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones con 31 países o regiones administrativas; y 9 acuerdos de alcance limitado en el marco de la Asociación Latinoamericana de Integración. Esto no solo amplía el acceso a mercados, sino que también refuerza la certidumbre jurídica y la confianza internacional en nuestro país.
Por supuesto que este entramado económico-comercial no puede separarse del ámbito diplomático. Somos un país serio y respetado, con una diplomacia sólida que ha sido construida a lo largo de décadas para consolidar una reputación internacional digna y basada en el respeto al Derecho Internacional, la solución pacífica de controversias y la defensa de los principios universales.
La solidaridad con los pueblos afectados por desastres naturales, la histórica política de asilo y la defensa de la autodeterminación de los pueblos forman parte de nuestra identidad. Ejemplos de ello, el Exilio Republicano Español, la acogida a perseguidos políticos durante la dictadura de Pinochet en Chile o la postura frente al bloqueo a Cuba. Tenemos una política exterior guiada por principios firmes y no por coyunturas.
En años recientes, estos valores se han reforzado con una visión que impulsa la fraternidad universal y posiciona al humanismo mexicano como eje del desarrollo. Desde 2018, se articula crecimiento económico con justicia social, con un modelo que privilegia el desarrollo integral. Esta perspectiva proyecta al país como un actor confiable e innovador, en un contexto marcado por la incertidumbre global, la reconfiguración geopolítica, tensiones comerciales, conflictos armados, disputas tecnológicas y una redefinición de las cadenas de suministro globales.
Asimismo, México puede desempeñar un papel clave como puente entre América del Norte, América Latina y el resto del mundo. Su pertenencia a diversos espacios de integración y cooperación le permite fungir como interlocutor confiable entre distintas economías, especialmente en momentos donde el multilateralismo enfrenta una crisis.
Hoy, somos un país de relevancia global y continental. Nuestra fortaleza económica, combinada con una diplomacia de principios humanistas, permite incidir en la agenda regional e internacional con legitimidad. Por ello, México cuenta con las condiciones necesarias para expandir su capacidad económica e influencia. Hay estabilidad macroeconómica, estabilidad política, aprobación, bienestar y se trabaja continuamente en estrategias de sectores clave como el de seguridad. Estas condiciones lo colocan en una posición privilegiada para aprovechar fenómenos como el nearshoring, siempre que estos procesos se orienten hacia un desarrollo equilibrado.
En este sentido, la política exterior mexicana tiene el reto de acompañar estos procesos con una visión de largo plazo. No se trata solo de atraer inversión, sino de hacerlo bajo criterios que fortalezcan nuestra soberanía al tiempo que el desarrollo regional. La diplomacia se convierte así, en una herramienta fundamental para vincular intereses productivos con objetivos humanistas.
El fortalecimiento de nuestra posición regional no debe entenderse como una aspiración frívola al poder hegemónico, sino como una responsabilidad humanitaria. Se trata del ejemplo que le estamos dando al mundo de nuestro modelo económico; es decir, impulsar agendas comunes en materia de desarrollo sostenible, combate a la desigualdad, innovación, cooperación internacional y respeto a los derechos humanos, reconociendo que el bienestar nacional está estrechamente ligado al bienestar regional.
En suma, nuestro país se encuentra ante una coyuntura decisiva e histórica para consolidarse como un actor central en el continente. El desafío consiste en traducir esta posición en políticas públicas coherentes que integren crecimiento económico, desarrollo social y humanismo. Si se logra este equilibrio, México no solo fortalecerá su papel en el panorama regional, sino que contribuirá activamente a la construcción de un nuevo orden internacional más justo, fraterno y solidario.




