Las migraciones humanas existen desde los inicios de la humanidad, no son cosa de ahora, de ni hace cien años. Migrar es un impulso de supervivencia y, hasta cierto punto, es algo de lo más saludable para la supervivencia, mejora y transformación de nuestra especie. Hay que añadir que en cada época de la historia han sido diferentes sus causas: las motivaciones, las emociones, las razones y las consecuencias que llevan a moverse y a cruzar fronteras han sido distintas y muy marcadas. En no pocos países, la inmigración se ha politizado fuertemente y ha sido el objeto de confrontación partidaria y electoral, lo que ha impulsado políticas contrarias a la humanización y entendimiento de este accionar natural de nuestra especie.
La columna de hoy continúa con el tema migratorio; tantas veces criticado, tocado, manoseado, menospreciado y usado según se encuentre el momento. El asunto migratorio se realza en mi vida por experiencia propia, por historias que he visto y sentido en carne propia, y es por eso espero que con estas palabras nos adentremos un poco más en lo que se enfrenta cada persona al momento de decidir cambiar de aires.
Frank Alfonso es un migrante cubano que llegó a Estados Unidos sin dinero, sin casa, sin comida, sin trabajo, sin zapatos, sin nada más que la ropa que vestía, pero lleno de ganas de empezar una nueva vida donde tuviera la oportunidad de comprarse todo lo que había soñado. Con comprarse todo lo que había soñado no me refiero a cosas materiales porque, si bien eso es lo que muchos sueñan, él lo que ansiaba según me cuenta era ir al súper y llenar un carrito de comida y chucherías que jamás en su vida había probado. Para lograr ese sueño de supermercado, Frank tuvo que dejar la isla caribeña y, contrario a lo que todos pensamos cuando imaginamos la migración cubana, él opto por tomar el camino largo, uno que llevó 9 meses y cruzar más de 8 países hasta llegar al país que le daría la residencia automática (porque en los años que llegó Frank a Estados Unidos aún estaba la Ley de Ajuste Cubano).
La travesía de este cubano empezó comprando un boleto de avión a las Guayanas, que se compra con conexiones tipo coyotes, quienes te dan una identificación falsa para que seas otra persona al momento de viajar. Al llegar a las Guayanas lo estaban esperando; como a muchos otros cubanos que llegan al aeropuerto de ese país, lo recogieron en un grupo, los subieron a una combi y viajaron por todo el país hasta llegar a la frontera con Venezuela. Frank cruzó por la frontera venezolana en medio de la selva, durante la noche, caminando entre manglares, pantanos, y ríos llenos de animales, insectos y todo tipo de reptiles que habitan en la zona. Con los ojos acuosos él me relata el miedo que vivió cuando sentía algún animal rozarle las piernas mientras cruzaba una zona pantanosa; describe el miedo como algo con lo que tuvo que vivir y aprender a lidiar durante toda esa travesía de 9 meses, pero su voz se entrecorta cuando menciona el momento más difícil, el cruce por la selva colombiana. Frank dice que el miedo a los animales y alimañas queda a un lado cuando caminas junto a cadáveres de personas asesinadas por la guerrilla en plena selva; su miedo ya no era ser devorado por un animal de pantano, sino ser capturado por la guerrilla, asesinado y torturado en medio de la nada verde y húmeda.
Los cadáveres que contó al cruzar Colombia no los recuerda, lo que sí recuerda es que la cantidad era altísima, dice que hasta le tocó caminar encima de cuerpos en putrefacción.
Llegó a Panamá, donde ya tenía papeles falsos para subir un camión que lo llevó directo a la frontera a México. Ahí fue lo mejor de su viaje: según me contó, al saberlo cubano en México le dieron un pase especial de estancia en el país, pudo cruzar sin problemas. Subiendo y bajando autobuses sin mayor restricción, llegó a Tijuana, donde ya lo esperaba gente implicada en la cruzada de cubanos. Ahí solo tuvo que subirse a un coche, donde dice que se hizo el dormido y quienes manejaban enseñaron sus papeles (nuevamente falsos), y pasó sin mayor apuro. Dentro de Estados Unidos, llamó a un par de amigos que vivían en Arizona, lo recogieron y a la semana Frank Alfonso estaba haciendo el trámite de visa de refugiado cubano.
Frank hizo videollamada con su familia en Cuba cuando estaba en el súper comprando su carrito lleno de comida, él les mostraba uno a uno los productos que había y lo que echaba dentro del carrito para comprar, relata que fue emocionante y uno de los mejores días de su vida.
Frank ahora mantiene a 6 personas en Cuba y a él mismo en Estados Unidos; planea traerse a su pareja y hacer una boda en grande… Su sueño sigue en pie, pero nadie borrará los horrores que sufrió durante 9 meses para poder comprar un carrito lleno de comida.




