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Migrante: parte 3

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Esta columna es la tercera y última sobre la migración, a lo largo de estos textos he querido plasmar vivencias y experiencias de personas que, al igual que yo, tuvieron la oportunidad o necesidad de migrar y dejar lo que conocen por darle un giro de 180 grados a su vida. La perspectiva de cada persona migrante o no migrante sobre este fenómeno mundial es totalmente personal y no debemos generalizar; si bien las experiencias personales nos dan un panorama más amplio, no debemos de olvidar que solo estamos viendo y viviendo una mínima parte de lo que esto es. No solo debemos ponernos en los pies de las personas migrantes, sino que debemos escrudiñar, buscar, entender, profundizar e investigar este actuar desde la empatía, porque al hacerlo estaremos dejando de lado los prejuicios que esta palabra esconde. Quiero hacer énfasis en que la migración no es un símbolo de pobreza, no es símbolo de ignorancia y mucho menos de falta de arraigo o amor a la tierra de uno.

La migración, como su definición, lo dice se refiere a la movilización espacial de seres humanos entre una unidad geográfica y otra, por lo cual no es un fenómeno estático y aislado, sino un proceso dinámico e interactivo que ha estado en el ADN de todo ser. La distancia geográfica y cultural que separa al inmigrante de su lugar origen es considerablemente mayor en la migración internacional que en la interna. Por esta razón, los individuos que participan en estos dos procesos migratorios no pueden ser estudiados utilizando una misma perspectiva; cada proceso debe ser analizado en su propio contexto.

En México, tenemos un caso muy particular, especial y diferente a todo el mundo al ser vecinos de uno de los países más poderos del mundo, con una economía en la cima industrial y con una alta demanda de mano de obra barata. Esto ha ocasionado que se dé un gran flujo migratorio en el corredor México-Estados Unidos, que cuenta con una larga tradición histórica y continúa siendo un asunto de vital importancia para ambos países. Esta situación no solo ha colocado a nuestro país y al vecino en una posición sumamente controversial, sino que ha sido –sobre todo en los últimos años– un asunto de disputa y jaque político no solo para América del Norte, sino para Centroamérica y algunos países del cono sur. La ubicación de México lo hace fungir como puente para toda la migración –no solo propia, sino toda la que viene del sur– lo que parecería hacer inevitable el movimiento de personas de un lado al otro de la frontera. Sobre nuestro país, la mayoría de los mexicanos que emigran a los Estados Unidos se desplaza con el fin de mejorar la calidad de vida para ellos y para sus familiares, que se quedan en México. Este propósito frecuentemente implica arriesgar la vida al tratar de cruzar la frontera sin documentos, dejar a la familia por periodos largos, ser víctima de discriminación y abusos y, en general, enfrentarse a una gran cantidad de problemas en un ámbito desconocido. Si bien nuestros paisanos no tienen que cruzar ningún país tercero para llegar a Estados Unidos, sí tenemos –y me incluyo– que sortear muchos problemas más que nos acarrea ser los vecinos más próximos. Uno de ellos es tener menos opciones de asilo migratorio por la cercanía; otro es ser de los países con menor índice de permisos de trabajo (justo por la cercanía). Ser mexicano migrante en Estados Unidos conlleva una carga más pesada que la de cualquier otro migrante en el vecino país: es tener la responsabilidad de un actuar responsable, de una vida acorde a lo más apegado a los estándares gringos y de dejar el nombre de la migración latina en alto.

Yo tuve la oportunidad de finalizar mis asuntos pendientes y poder regresar a mi país, tuve la fortuna de planear mi regreso y seguir con mi idea de vida en México. No todas las personas con las que hablé y conviví tienen esa dicha; muchos solo soñaban e imaginaban poder regresar un día, pero otros tantos ni siquiera lo veían en sueños porque para ellos esta tierra nuestra estaba olvidada.

Sea como fuera, no se juzga ninguna  situación de vida. Por lo vivido y experimentado, creo que la mejor manera de evitar las migraciones –más allá del gusto de la exploración y el viajar– es tener un país libre, sano y sin corrupción, si lográramos tener esos tres puntos dentro de las políticas prioritarias en la nación, tengamos por seguro que miles de vidas de mexicanos y no mexicanos cambiarían radialmente para bien y evitaría en demasía todo lo que provoca que la gente emigre.

 

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