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Mis banderas moradas del #8M2026

Desde hace muchos años, unos cuarenta y cuatro para ser más o menos exacta, me encontré con el o los feminismos. Primero leí Tina Modotti: Una vida frágil, de Mildred Constantine, publicada originalmente en 1975, en edición del Fondo de Cultura Económica. En esta obra se presenta a Tina (1896-1942) como fotógrafa y artista en el México posrevolucionario, además de militante comunista. Luego leí El movimiento de liberación de las mujeres en China de Claudie Broyelle (1979), en el que descubrí las luchas de las mujeres chinas para consolidar su propia liberación. Al parecer este libro se publicó de manera original con el título La mitad del cielo, de editorial Ágora.

Ya en la carrera de psicología, me acerqué —o se me acercaron— libros de las argentinas feministas. Una de ellas fue Mabel Burin, psicoanalista y pionera en estudios de género en Latinoamérica que, desde finales de los años 70, publicó obras como Estudios sobre la subjetividad femenina (1987), El malestar de las mujeres (1990), Género, Psicoanálisis y Subjetividad (1996), así como estudios sobre el «techo de cristal» a principios de los 2000. Otra autora fue Ana María Fernández, psicóloga e investigadora, cuyas obras abordaban temas sobre psicoanálisis, género y lógicas colectivas. Entre sus textos clave se encuentran La mujer de la ilusión (2014, 2021), Las lógicas sexuales (2009) y diversas antologías que recopilan su pensamiento desde 1979 hasta 2021.

También recuerdo el número 30 de La revista Nueva Antropología (1986), que llevó por título “Estudios de la mujer, problemas teóricos”. De tal manera que, durante esos años, me dediqué a leer de manera ávida lo que me encontraba y también a buscarme en otras mujeres.

En 1986, cuando estábamos por graduarnos y yo era la concejal de mi grupo, organizamos una semana cultural sobre la mujer. Nuestras invitadas especiales al evento fueron la Señora Rosario Ibarra de Piedra y la antropóloga Xóchitl Ramíez de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. En ese contexto también conocí a Lourdes Angulo, quien trabajaba con mujeres campesinas en el municipio de Cuquio, Jalisco, así como a Guadalupe López (Winni) integrante del grupo Lesbianas de Guadalajara, que posteriormente tomaría el nombre de Patlatonalli.

Me encontré con ellas, y las tres, junto con muchas más, durante años fuimos cómplices organizando distintos eventos, como las marchas feministas en Guadalajara. También coincidimos con compañeras de otros municipios, como Jocotepec, donde Silvia Flores desarrollaba un trabajo extraordinario. Sí, con muchas de ellas he compartido amistad y complicidad, pero también un trabajo arduo para que se reconozcan nuestros derechos. Un ejemplo de ello fue la realización del Primer Encuentro contra la Violencia Hacia las mujeres, realizado en 1989 en la Capilla Tolsá, donde nos acompañó la gran Lola Vidrio, comunista y feminista que formó parte del Centro Bohemio, así como las académicas Mercedes González de la Rocha y Silvia Lailson, del CIESAS Occidente.

Todo esto me ha llevado por varios caminos, y por eso digo que siempre he hecho política: desde el activismo, la academia y ahora también desde la representación política en el sentido formal. En 1991 la creación con Rebeca Rosas y otras muchas más, creamos el Centro de Investigación y Atención a la Mujer (CIAM) y en 1994, la creación Centro de Estudios de Género de la Universidad de Guadalajara y que coordiné de 2007 a 2012. En otra ocasión le contaré de esas experiencias.

En estos tres ámbitos he creído que salir “adelante” significa trabajar cada día para mantener-nos por una demanda que tengo más o menos clara, aunque los caminos sean inciertos: construir un lugar donde se respeten nuestros derechos. En ese camino sigo coincidiendo con otras mujeres, de distintos espacios y tiempos, con quienes buscamos hacer de la igualdad una realidad. Aspiramos a la democracia real y sustantiva. Como dijeron nuestras ancestras: ¡Si la mujer no está, la democracia no va!

Creo en las mujeres y hombres que aspiramos a reivindicar la política y en quienes queremos transformarla. Por eso, este 8 de marzo de 2026 reivindico algunas de las banderas moradas que representan nuestras luchas: por las mujeres humildes y en condiciones de pobreza; por las marginadas; por las que viven violencias; por las hostigadas; por las no reconocidas como sujetas de derechos; por las que han sido víctimas de feminicidio; por las que abortan en condiciones insalubres; por las desaparecidas; por las que no reciben un salario justo por su trabajo; por las que nos cuidamos y por las que nos cuidan; por las que nos representan y por las que representamos; por las migrantes; por quienes defienden sus territorios; por las exiliadas; por el derecho libre a nuestros cuerpos; por las que estudian y por las que no pudieron hacerlo; porque las niñas vivan libres de violencias; por nuestras madres e hijas; por nuestras hermanas y sobrinas; por eliminar la violencia política; por las que defienden la matria y la patria. Porque otro mundo es posible para nosotras, para las otras y para todas.

El feminismo es, ante todo, una apuesta por vivir en armonía y con dignidad, sin miedo a perder, sino con la aspiración de ganar la humanidad a la que pertenecemos. Por eso y más me reivindico feminista: porque soy producto de las feministas de ayer, de hoy y de las de mañana, que me han aportado conocimientos y experiencias, y que seguirán haciéndolo.

Estoy convencida que juntas –con nuestras diferencias– lograremos construir el proyecto que anhelamos de justicia e igualdad, porque queremos y nos lo merecemos. Por muchos 8M morados, feministas y libertarios.

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