Tú opinas, yo opino, todas y todos opinamos y algunos como Pascal Beltrán del Río se enojan porque el Presidente Andrés Manuel López Obrador les recuerda que en este país todo mundo puede opinar lo que quiera, principalmente del Presidente.
La palabra «opinión» proviene del latín opinio, que significa «creencia», «conjetura», «idea» o «juicio sobre algo no evidente». Este término latino, a su vez, deriva de «opinari», que significa «pensar», «creer», o «suponer».
La evolución de esta palabra refleja el proceso por el cual los individuos forman sus pensamientos o creencias sobre algo, no necesariamente basado en el conocimiento directo o la evidencia, sino más bien en la percepción, interpretación o juicio.
En el uso moderno, la palabra «opinión» se refiere a las creencias o juicios personales que se tienen sobre un tema específico, los cuales pueden variar de una persona a otra y no necesariamente están basados en hechos o conocimientos completos.
Hoy, la opinión es más instrumental que nunca, se usa como munición, se usa como emoción, y se usa como un sustituto de la información. Además, la opinión nos da la sensación de democracia porque ya no es privilegio de periodistas o de grandes medios. Su ejercicio es universal.
Sí. Todas las personas tenemos la libertad de opinar, ¡faltaba más! Sin embargo, es gracias a la hiperconectividad que hoy nuestras «humildes» opiniones tienen una dimensión diferente.
No descubro el hilo negro… centenares de periodistas y comunicadores usan todos los días sus espacios de opinión para congraciarse con personajes y grupos políticos que les representan un interés, y sus opiniones se reciclan y utilizan para reafirmar las posiciones políticas de las militancias convenientes.
Por ejemplo, los innumerables hashtags de X que se agrupan en #NARCOPRESIDENTEAMLO, están plagados de publicaciones automatizadas pero también de opiniones y de conjeturas que se repiten una y otra vez; También abundan las columnas de opinión de plumas críticas al oficialismo, que se citan incansablemente para legitimar afirmaciones y sentencias.
Por tanto, los nexos del Presidente con el narcotráfico están sostenidos en opiniones y conjeturas, no en datos ni en análisis profundos. Así se construyen las narrativas hegemónicas de la actual industria de la desinformación.
Vivimos tiempos donde nuestra atención se fragmenta entre centenares de contenidos y estimulantes; emitimos opiniones a partir de partículas de información que nos llegan filtradas por un algoritmo.
Las mismas personas opinan lo mismo todo el tiempo y sus opiniones sólo alcanzan a las mismas personas. Ese famoso algoritmo no nos da tregua y privilegia las opiniones reiterativas, endémicas, poco profundas y emocionales.
Las otras, las profundas, las que son producto de análisis exhaustivos, conocimientos, datos y reflexiones, esas se pierden entre miles de «tuitazos» y publicaciones de redes sociales.
¿Acaso cabe en un post de X un análisis profundo sobre las relaciones del poder político, y económico con el narcotráfico?
¿Acaso es posible encontrar en medio de los desencuentros de militancias opositoras un reconocimiento a las cualidades de tal o cual personaje político?
¿Es posible profundizar en las motivaciones, condiciones y significancias de una marcha opositora, sin calificaciones emocionales a favor o en contra?
Ejercemos nuestra libertad de opinar a cambio de nuestra capacidad de analizar y comprender.
Esto no pinta nada bien para el futuro
Esa es «mi humilde opinión»
Hasta la próxima.




