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Petróleo, dignidad y soberanía

Asistí al estreno de la película 1938: Cuando el petróleo fue nuestro[1] justo el día en que se hizo pública la polémica declaración en contra de la globalización por parte de J.D. Vance, el vicepresidente de Estados Unidos. Un discurso que aparentaba promover la innovación y la seguridad nacional terminó proponiendo entregar el control del núcleo industrial de Estados Unidos a las grandes empresas tecnológicas, para fortalecer el poder de Silicon Valley en la economía del país.[2]

El debut en cine, durante la segunda pausa obtenida por la presidenta de México a los aranceles anunciados por Donald Trump, no pudo ser más oportuno para reflexionar desde la óptica de Sergio Olhovich —uno de los últimos directores de cine en activo pertenecientes a la Generación Silenciosa—[3] sobre las similitudes entre la coyuntura geopolítica y la inusual combinación de líderes sociales que permitieron a México tomar el control del petróleo en 1938, y la turbulenta reconfiguración del orden mundial de nuestros días.

El petróleo ya existía en la vida de Olhovich aun antes de su nacimiento en 1941. Hijo de un ingeniero petrolero que había emigrado de Rusia a México, y que entonces trabajaba para la Royal Dutch Shell en la isla de Sumatra, Sergio creció en un país que pudo financiar con la renta petrolera su infraestructura energética para impulsar el desarrollo industrial del México de la postguerra, expandir, consolidar y darle autonomía a las universidades estatales, así como obras públicas emblemáticas como la carretera México-Laredo o el sistema de irrigación del río Fuerte en Sinaloa y numerosas escuelas en zonas rurales.

Formado como cineasta en el prestigioso VGIK de Moscú,[4] en donde fue influenciado por el enfoque artístico y el compromiso social del cine soviético, Olhovich desarrolló un lenguaje cinematográfico reflexivo, comprometido, austero y profundamente ideológico. Para el guion de 1938 colaboró con Carlos Montemayor, quien aportó la estructura ideológica del relato y el sentido histórico en el tratamiento del conflicto. El resultado es un cine político sin disfraz, una obra seria, comprometida, que usa el lenguaje del realismo y un discurso militante para recuperar una memoria histórica que era —y sigue siendo— campo de disputa.

Otro de los aspectos de la película que quiero resaltar es el ingenioso recurso narrativo de la joven pareja conformada por Rosaura, la secretaria bilingüe de una compañía petrolera extranjera y Alberto Miranda, periodista de un diario oficialista. La subtrama de Rosaura y Alberto conecta con el México popular, el de la gente común que no está en las oficinas de gobierno ni en las juntas de las petroleras. Así es como el taquero del parque y otros comensales, aunque no sean personajes centrales, simbolizan al pueblo que siente los efectos indirectos de la expropiación: el orgullo nacional, los cambios económicos, las esperanzas de un futuro mejor. Rosaura y Alberto, al moverse entre estos mundos, reflejan cómo las decisiones de los poderosos repercuten en la vida cotidiana.

La relación amorosa, con sus altibajos, humaniza aún más esa conexión, mostrando que incluso en tiempos de grandes cambios históricos, la vida personal sigue siendo un terreno de lucha y reconciliación, como ocurre cuando Rosaura, en privado con Alberto, le canta a capela “La Internacional”, himno de la clase obrera que suele entonarse en multitudes, simbolizando cómo los grandes ideales políticos se filtran hasta lo más íntimo de la vida cotidiana. Rosaura y Alberto, como puente entre el pueblo y los poderosos, encarnan esa fusión entre lo individual y lo colectivo.

Directores de cine de la Generación Silenciosa que siguen activos como Scorsese, Woody Allen, Coppola, o De Palma, por su perspectiva de vida, tienen mucho que decirnos todavía. Con 1938 Olhovich argumenta que la nacionalización del petróleo no hubiera sido posible sin el enorme respaldo popular con el que contaba el presidente Cárdenas por hacer realidad los ideales de la Revolución Mexicana; el reparto agrario, las normales rurales, la creación de múltiples Parques Nacionales y nacionalizar los ferrocarriles. Además, pone en contexto por qué Francisco J. Mújica cedió el paso a Ávila Camacho en la sucesión presidencial de 1940, y destaca el singular papel de Roosevelt y Joseph Daniels, su embajador en México, para contener las ambiciones de las petroleras.[5]

Estamos ante un cine hecho con rigor y convicción que incomoda, cuestiona y exige al espectador una profunda reflexión sobre la lucha por los recursos, la dignidad y la memoria política, que sirve de guía e inspiración para defender con inteligencia nuestra soberanía ante la guerra comercial y lo que derive de ella.


[1] 1938 Cuando el Petróleo fue Nuestro  -Tráiler Oficial

[2] La doctrina Vance contra la globalización: el discurso íntegro en el American Dynamism Summit – El Grand Continent

[3] Aquellas personas nacidas entre mediados de los años 1920 y mediados de los 1940, moldeados por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial y que se les caracteriza por su trabajo duro y una tendencia a evitar conflictos.

[4] Instituto Estatal de Estudios Cinematográficos en Moscú.

[5] Esto marca una diferencia con el embajador Henry Lane Wilson que, en 1913, conspiró para asesinar al Presidente Madero logrando mantener las condiciones favorables de la concesión porfirista a la Standard Oil de John D. Rockefeller, y algo que ya no pudieron hacer los presidentes norteamericanos desde 1947 que existe la CIA, la que operó el golpe de estado a Mossadeq en Irán o el asesinato del presidente Kennedy.

 

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