Ciudad de México a 31 enero, 2026, 1: 15 hora del centro.
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«Progresía» de suscripción

postal PP horizontal Hernán Garza

El estreno simultáneo en Netflix de Cover-Up,[1] sobre el indomable reportero Seymour Hersh, y The New Yorker at 100,[2] no es un ejercicio de nostalgia periodística, sino un espejo fracturado. Un diagnóstico en tiempo real de los límites de una paradoja occidental: jamás tuvimos tanta libertad para expresarnos y, sin embargo, su impacto nunca fue tan irrelevante. Estos documentales funcionan como un réquiem por una época en que la noticia aspiraba a moldear la conciencia pública, no a disputar segundos de atención en un feed infinito. La llegada al streaming masivo de este legado periodístico lo convierte en mero “entretenimiento”: un artículo más del catálogo donde el rigor de Hersh y la profundidad de The New Yorker se nivelan —y se disuelven— entre infinidad de series melodramáticas, espectáculos deportivos y reality shows triviales. La saturación digital es hoy el silenciamiento.

Carl Sagan lo anticipó en El mundo y sus demonios.[3] Su advertencia no fue sobre la falta de información, sino de caer en la tentación del autoengaño frente a una realidad cruda y compleja. La arquitectura de nuestra libertad de expresión, construida sobre la utopía digital, se ha vuelto en nuestra contra. El “mercado de las ideas” no está censurado; está desbordado. Y en una economía de la atención, donde el valor lo dicta el engagement, la verdad pierde siempre, porque exige tiempo, contexto y paciencia: tres recursos que el sistema, por diseño, devora.

Esto tiene una grave consecuencia civilizatoria: normalizar la barbarie. Crímenes de lesa hunanidad —la guerra de Irak desatada con un pretexto falso y el ahorcamiento de Hussein, la destrucción de Libia y el linchamiento de Gadafi en la misión “humanitaria” de Obama, la exhibición de Maduro prisionero por las calles de Manhattan y el asedio a Venezuela— son asmilados como noticia cotidiana, que los convierte en “sucesos”, en parte del espectáculo noticioso, diluyendo su atrocidad en el constante flujo informativo. Este es el triunfo final de la distracción: que lo monstruoso se vuelva hasta deseable.

La censura contemporánea no opera prohibiendo la palabra, sino ahogándola. En el ecosistema digital, un reportaje de investigación de dieciocho meses ocupa el mismo espacio visual —el mismo cuadro en la pantalla— que un meme, una teoría conspirativa o mensajes de WhatsApp cargados de odio. Así, el periodismo incómodo —el que revela crímenes de Estado y la corrupción de las corporaciones— no es refutado, sino descartado como “especulativo” o “fake news” porque contradice una interpretación de la realidad prefabricada para tranquilizar a las “buenas conciencias”.[4] El resultado es una aparente neutralidad informativa que despolitiza el debate público y diluye el valor de la verdad.

¿De qué sirve, entonces, la libertad de expresión? La obra de Hersh y el trabajo editorial de The New Yorker quedan limitados a un nicho de suscriptores, mientras la desinformación captura la opinión pública. Es el triunfo de la anorexia intelectual; tener herramientas muy poderosas para analizar y entender la realidad y un ecosistema mediático diseñado para premiar la distracción y celebrar la ignorancia.

En este naufragio, la salida no es ideológica, es ética y moral. David Remnick, director editorial de The New Yorker, lo define como su causa por la profundidad: “La gente ya no se conforma con simples y ridículos tuits; quiere saber qué está pasando realmente. Exige equidad, verificación de hechos y un mínimo de decencia”. Este movimiento lo conforman un tipo de periodistas —y de lectores— creativos, curiosos, tenaces y obsesivos  —con alma— en un mundo de interacciones superficiales.

Sy Hersh es su inspiración. Un hombre que desde un teléfono público, con una libreta y terquedad feroz, derribó fachadas de poder. No necesitó algoritmos, ni likes, ni una comunidad digital que lo validara. Necesitó rigor, cultivar fuentes confiables y el coraje de escribir lo que nadie quería leer. Su legado demuestra que la profecía de Sagan no es sentencia definitiva. La verdad no necesita ser popular para ser poderosa; necesita integridad para ser publicada.

Nuestro desafío en México es reconstruir ese espejo fracturado. Se trata de recuperar la atención como un acto de soberanía que exige disciplina y coraje compartido. Implica elegir la realidad compleja sobre el engaño, como Hersh y The New Yorker se han sostenido navegando contra la corriente. La tiranía del ruido sólo prevalece cuando renunciamos a escuchar con profundidad. Por ello, defender la verdad no es un gesto heroico, sino una práctica cotidiana. La batalla es contra la indiferencia. No basta con estar informados: hay que exigir y sostener al periodismo independiente que incomoda sin engaños.


[1] COVER-UP Trailer

[2] 📺 THE NEW YORKER CUMPLE 100 AÑOS | DOCUMENTAL TRÁILER ESPAÑOL | 5 Diciembre/25 – NETFLIX

[3] Carl Sagan en 1995 predice los Estados Unidos de la era de Trump 2.0

[4] El poder no controla a las personas ocultando información, sino saturándolas con un relato cuidadosamente diseñado. Daniel Estulin

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