España levantó la Copa del Mundo por segunda vez en su historia. En una final cerrada, disputada en Nueva Jersey, derrotó 1-0 a Argentina con un gol de Ferran Torres durante los tiempos extra. Pero al terminar el Mundial de 2026 quedó abierta otra pregunta: además del campeón, ¿quién ganó realmente con esta competencia?
México también ganó. No dentro de la cancha ni con una copa en las manos, sino como el primer país en organizar tres mundiales y capaz de recibir al mundo, movilizar su economía y convertir un espectáculo normalmente reservado para quienes pueden pagar boletos carísimos en una celebración del pueblo y para el pueblo, para los barrios, las colonias y los lugares que siempre habían sido exlcuídos.
El torneo generó una importante derrama económica para las ciudades mexicanas que fueron sede. Tan solo en la Ciudad de México se estima que dejó entre 44 mil y 66 mil millones de pesos, más de 100 mil empleos formales y un aumento de 21 por ciento en el número de visitantes. Hoteles, restaurantes, transporte, mercados, comercios y servicios turísticos participaron en una actividad económica que fue mucho más allá de los estadios y de lugares exclusivos para el consumo.
La derrama no se quedó exclusivamente en las grandes cadenas de restaurantes, hoteles, terrazas y palcos. También llegó a quienes vendieron comida, transportaron visitantes, ofrecieron hospedaje, elaboraron artesanías o extendieron sus horarios para atender a las miles de personas que recorrieron las ciudades. El Mundial nos demostró que los grandes acontecimientos pueden convertirse en motores temporales de crecimiento, siempre que exista una estrategia política y pública para distribuir sus beneficios y vincularlos con la economía local.
Pero la ganancia no fue solamente monetaria. Mientras la FIFA hizo del Mundial uno de los negocios deportivos más grandes del planeta, el gobierno de México asumió otra responsabilidad, que fue la de garantizar que la fiesta le perteneciera a las y los jóvenes, a las y los trabajadores, incluso modificando por disposición oficial, descansos opcionales para poder ver los partidos con amigos y familia.
Las pantallas públicas, los festivales gratuitos y las actividades culturales permitieron que en colectivo, se viviera el torneo desde las plazas y espacios recuperados. Frente a los precios exorbitantes de las entradas, esta política tuvo un significado social, como el democratizar la felicidad, recuperar el espacio público y reconocer que la alegría también es un derecho masivo.
Esa fue una de las principales diferencias del Mundial mexicano. No se trató solamente de ofrecer una buena imagen al turismo internacional, sino de hacer partícipe al pueblo. Las calles no fueron simples corredores comerciales ni los espacios públicos quedaron subordinados a las marcas patrocinadoras. Fueron lugares de convivencia, identidad y celebración comunitaria.
La presencia de la Presidenta Claudia Sheinbaum en la final también tuvo un significado relevante. Acudió como representante de México, junto con los mandatarios de Estados Unidos y Canadá, los tres países que hicieron posible la primera Copa del Mundo organizada de manera conjunta por tres naciones.
Su asistencia no fue únicamente protocolaria. En un contexto marcado por negociaciones comerciales, tensiones migratorias y una relación regional compleja, México estuvo representado por la primera mujer en ocupar la Presidencia de la República. Sheinbaum llegó a la final con la autoridad política de quien encabeza una nación que cumplió como anfitriona y mostró organización, capacidad institucional y estabilidad.
Durante el torneo, México enseñó al mundo mucho más que estadios. Mostró su cultura, su gastronomía y la calidez de su gente, pero también una manera distinta de gobernar los grandes acontecimientos. Una en la que el éxito no puede medirse solamente por los ingresos de la FIFA, la ocupación hotelera o las ganancias de las grandes empresas, sino por la capacidad de lograr que los beneficios alcancen a la población.
España ganó el campeonato y levantó merecidamente la copa. Sin embargo, México obtuvo una victoria propia al recibir al mundo, impulsar su economía y convertir una competencia global en una celebración pública.
La tarea pendiente será conseguir que la derrama no desaparezca con el último partido, que los empleos generados encuentren continuidad y que los espacios recuperados permanezcan al servicio de las comunidades. De esta forma, entendemos que los verdaderos triunfos no son únicamente los que duran noventa minutos, sino los que dejan bienestar, infraestructura y recuerdos después de que termina el partido.






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