En los últimos días se ha abierto un debate público sobre la pertinencia de la reforma político-electoral anunciada por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Es cierto que el cambio político mexicano se ha materializado cada vez que ha existido una reforma electoral desde 1977 a la fecha; es decir, la transición del régimen de partido hegemónico del PRI a la democracia mexicana fue producto de una serie de reformas que le fueron brindando a los opositores políticos de ese momento espacios en el Congreso, municipios, y poco a poco estados, cristalizando una pluralidad democrática.
También, esos procesos de reforma no hubieran sido posibles sin una lucha político social que sustentara las modificaciones del régimen. Es la voluntad popular en última instancia la que posibilitó las alternancias a nivel subnacional y nacional.
Dicho lo anterior, hoy se está planteando una modificación al régimen político mexicano. Si bien, no es una modificación profunda de modelo político, si una propuesta tendiente a brindar una representación sin gastos excesivos, sobre todo para los partidos políticos, una reestructura administrativo-operativa de los órganos encargados de realizar las elecciones, y una nueva propuesta de conformación del Congreso de la Unión donde entra el polémico hecho de reducir las representaciones plurinominales.
Si bien aún no existe una propuesta concreta por parte de la presidencia de la república, existen indicios en creer que dicha propuesta se inclina por la vía antes descrita, ya que ha sido mencionado en la mañanera y en los foros realizados por parte de la presidencia de la república, orquestados por el comisionado Pablo Gómez; contrario a lo que han advertido los opositores de los partidos PRI, PAN, y MC, cuya narrativa no supera la distopía política. La oposición se rasga las vestiduras al denostar el esfuerzo de concretar una reforma política, pues carecen del sentido social que conlleva una representación.
Tal como se encuentra configurado hoy el sistema de partidos y la representatividad en el Congreso, los opositores gozan de una mayor representación que la expresada en las urnas en las elecciones de 2024. Por ejemplo, Polls.mx recientemente publicó una gráfica dónde coloca la conformación actual de la cámara de diputados y una en el supuesto donde no existieran las diputaciones de representación proporcional o plurinominales.
De los 300 distritos uninominales que se compiten en las elecciones, poco más del 58% correspondería a Morena, pues obtuvo el triunfo en 176 distritos, dejando atrás al PAN con 31, equivalente al 30% de los escaños, 11 del PRI, con el 3.7% y 1 de MC, con el 0.3%. Esa sería la conformación de la cámara si no existieran los plurinominales, el resto para PVEM, PT y un independiente.
Si bien es cierto que la representación proporcional abrió las puertas de la democracia parlamentaria mexicana, también es real que las modificaciones y ajustes a la conformación de los escaños conforme pasa el tiempo es una necesidad contingente con los cambios políticos. Ya no nos encontramos en la etapa de la transición a la democracia, más bien nos encontramos en una etapa dónde la democracia debe robustecerse con mecanismos congruentes entre la preferencia del elector y la representatividad en las cámaras.
No existen modelos únicos o mejores para determinar si un sistema político-electoral es mejor que otro. Esto obedece a las condiciones sociales, políticas, económicas, culturales e incluso coyunturales de cada nación. Lo deseable es que las reglas de la democracia mexicana deben establecerse por consenso para que las mismas gocen de legitimidad y exista ulteriormente gobernabilidad.
Es claro que la democracia mexicana ha tenido una revitalización en los últimos años, pues la participación ciudadana en las elecciones concurrentes y de medio termino (presidencial y de renovación de congreso) ha aumentado de manera importante. Hablamos de porcentajes de participación superiores al 50% de la lista nominal de electores, lo cual indica que la gente acude más veces a participar en contraste con años anteriores.
Ante esta situación también ha quedado claro que los ciudadanos se encuentran más vigilantes de las decisiones tomadas por los políticos y cómo realizan su trabajo, encontrando en el voto la forma de recompensar o castigar el trabajo realizado.
Esta reforma política tiene la oportunidad de buscar una forma más efectiva y vinculante de representación, dónde, por ejemplo, la lista plurinominal pueda ser reducida, más no desaparecida, incluso someterla a votación directamente y no como se hace ahora (indirectamente). También que se reformule el financiamiento público a los partidos políticos, cuyos gastos son millonarios y tienden a generar burocracias que no benefician a la población en general.
El debate está por comenzar, pero lo más importante es socializar la discusión, que los ciudadanos sepan para qué y por qué; pues al final del día somos, quienes, con nuestro voto, elegimos a las personas que conducirán nuestra nación.





