El alcohol hace fluir las palabras, es un lubricante social, y también parece ser un lubricante de la creación literaria. Ante el estancamiento de las palabras que pueden llegar a experimentar los escritores, el alcohol ha representado ese estímulo que muchos de éstos necesitan para derrotar a la imponente hoja en blanco.
Desde Charles Baudelaire, amante del hada verde (absenta), hasta Ernest Hemingway, famoso bebedor de daiquiris, son interminables los escritores que han recurrido al alcohol para llenar de letras el mundo con resultados extraordinarios. En consecuencia, surge la pregunta: ¿son el alcohol y la literatura cómplices incondicionales?
William Faulkner alguna vez dijo: «la civilización empieza con la destilación». Si uno piensa en esta afirmación parecería que, al menos, la civilización occidental sí tiene, desde sus orígenes, una relación con las bebidas alcohólicas en diversos contextos. Particularmente, en la mitología griega y romana sobresale la figura de Dionisio, dios griego del vino o Baco que es su equivalente romano. En estas dos literaturas, griega y romana, uno encuentra el tema del vino; el filósofo Epicuro, por ejemplo, recomendaba acercársele con mucha prudencia.
No pueden pasar desapercibidas las muy llamativas bacanales romanas, fiestas que se hacían con el fin de adorar al dios Baco, que finalmente derivaban en orgías caracterizadas por el desorden y tumulto. Queda claro que desde aquellos días la bebida ha hecho de las suyas sobre las interacciones humanas. El hombre racional cede ante los encantos de Baco, se deja llevar por sus efectos que hacen brotar, al parecer, distintas personalidades; pero no, uno es sobrio y también uno es ebrio.
Científicamente, el alcohol no es un estimulante como muchos piensan, sino un depresor del sistema nervioso. Sin embargo, es también cierto que su consumo brinda momentos de algarabía, exaltación, relajación, locura o inhibición al ser un lubricante social. Es decir, resalta nuestra ignota naturaleza que tal vez se encuentra en la profundidad de uno y que probablemente no surgiría de otra manera.
Es parte de nuestra historia como civilización y, con ella, es parte de la literatura universal. Son innegables las afectaciones que puede acarrear su consumo excesivo, sin embargo, también son innegables la cantidad de historias que nos ha arrojado desde la más trágica hasta la más dichosa. Las historias contadas por prolíficos escritores o simplemente historias propias se quedan en nuestra memoria y, cada vez que le damos un trago a nuestra bebida preferida, las recordaremos con nostalgia o alegría. Cada persona tendrá su propia y única experiencia.



