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Somos Mx, la misma basura

Albert Einstein advertía que repetir una conducta esperando un resultado distinto era una forma refinada de insensatez. La máxima describe con precisión quirúrgica a la  oposición mexicana que, tras cada derrota, cambia de membrete pero no de hábitos. Se relanza con logotipo nuevo, conferencia solemne y fotografía grupal cuidadosamente iluminada, convencida de que el electorado confundirá envoltura con contenido. La constante permanece intacta: la única aspiración de los conservadores mexicanos es regresar al presupuesto público y reactivar los circuitos de influencia que durante décadas fueron sinónimo de poder. Ideología, doctrina, proyecto de nación: accesorios discursivos. El eje real es el dinero.

Los números no admiten nostalgia. En 2000, la oposición que derrotó al régimen histórico alcanzó poco más del 42% de la votación presidencial. En 2018, el bloque tradicional cayó por debajo del 23%. En 2021, aun coaligados para la Cámara de Diputados, apenas rondaron el 40% frente a un oficialismo consolidado. En 2024, la candidatura presidencial opositora se movió alrededor del 30%, insuficiente para revertir la tendencia. Si la fragmentación persiste y la oferta política no se renueva de fondo, un escenario prospectivo para 2027 los ubicaría entre 18% y 25% en elección intermedia federal, con riesgo real de que nuevos desprendimientos no superen el umbral mínimo de supervivencia. La estadística no es ideológica; es contundente.

La oposición mexicana nació como contrapeso legítimo frente a la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional. El crecimiento del Partido Acción Nacional y más tarde del Partido de la Revolución Democrática respondió a una demanda auténtica de pluralismo. La alternancia fue una conquista ciudadana. Pero el tiempo convirtió la mística en administración de cuotas y la ética pública en cálculo presupuestal. El debate programático cedió ante la repartición de candidaturas; la formación de cuadros fue sustituida por la negociación de posiciones.

Hoy, bajo el rótulo de “Somos MX”, el desfile de apellidos pretende vender primavera política con aroma a archivo histórico. La presencia de Margarita Ríos-Farjat la ministra sin méritos de nada, una cuota de regios sin escrúpulos que se integra al lugar que siempre estuvo, en la nada. Enrique de la Madrid el hijo del expresidente que nunca ha aportado nada al país, sólo  la nostalgia tecnocrática de los noventa, como si bastara invocar modernización para reconectar con una generación que hoy exige movilidad real y no memorias administrativas. Francisco García Cabeza de Vaca el prófugo de la justicia mexicana, financiador multimillonario de SOMOS MEXICO, y entre muchos más con olor a naftalina Guadalupe Acosta Naranjo a quien el perredismo garantiza el fracaso partidista. Su cultura del reciclaje es doctrina: del viejo perredismo combativo al conservadurismo como médula.

El conjunto no comunica renovación, sino añoranza. Es el conservadurismo rancio que conversa entre sí, se aplaude entre sí y se convence entre sí de que el poder perdido fue un accidente histórico. Mientras la juventud habla en códigos digitales, exige innovación productiva y participación horizontal, la escena ofrece biografías que orbitan alrededor de la administración presupuestal y la reminiscencia del cargo. No es una plataforma con futuro; es una reunión de exfuncionarios mirando el retrovisor con la esperanza —cada vez más remota— de regresar a un poder que electoralmente ya no les pertenece.

Desde la lógica estratégica, la ecuación es simple: fragmentar sin ampliar base social sólo beneficia al adversario. Cada nueva sigla que no incorpora electorado fresco, sino que redistribuye el mismo universo de inconformes, termina funcionando como fertilizante político para Morena y sus aliados. La aritmética electoral no premia la nostalgia; premia la capacidad de construir mayorías.

Einstein vuelve como espejo incómodo. Repetir el modelo de partido vertical, dependiente del financiamiento público y centrado en liderazgos personalistas, esperando entusiasmo ciudadano, no es innovación: es reiteración. Y la reiteración sin aprendizaje conduce a la irrelevancia.

“Somos MX” pretende sonar a identidad colectiva; termina describiendo continuidad histórica. Son los mismos cuadros, las mismas inercias y, en buena medida, las mismas prioridades. Bajo esa premisa, el fracaso no es un deseo ajeno ni una descalificación gratuita: es una probabilidad estadística elevada. En política, la memoria social puede ser breve, pero el electorado distingue entre cambio auténtico y reciclaje. Y cuando lo que se ofrece es lo mismo de siempre, el resultado suele ser exactamente la misma basura.

 

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