Hay algo profundamente humano en no querer ser uno más. El impulso de singularidad es una chispa noble: gracias a él hay artistas, científicos, exploradores y, sí, también impostores memorables. El problema no es desear una identidad propia; el problema es cuando la identidad se vuelve disfraz en lugar de proyecto.
Los grandes impostores de la historia no solo mentían: estudiaban, observaban, memorizaban códigos sociales, aprendían vocabulario técnico, modulaban gestos.
Podían engañar porque primero se tomaban en serio el papel. Detrás del fraude había disciplina.
Paradoja interesante: para fingir ser cirujano, diplomático o heredero, debían respetar la lógica del mundo real. Su error fue ético, pero su método revelaba algo incómodo y luminoso a la vez: la identidad también se construye con esfuerzo sostenido.
Ahí están los casos de Ferdinand Demara, que operó como falso médico; Victor Lustig, que “vendió” la Torre Eiffel; Anna Sorokina, que vivió como heredera ficticia; Frederic Bourdin, que habitó vidas ajenas.
Todos cruzaron la línea moral, pero ninguno fue improvisado. Suplantar exige estudiar la realidad que se quiere imitar.
Hoy, en contraste, vemos a jóvenes que exploran identidades alternativas y muchos adultos reaccionan con burla o alarma. Pero si uno rasca un poco, aparece la pregunta de fondo: ¿Qué está intentando decir esa búsqueda? A menudo no es “quiero ser otra especie”, sino “quiero pertenecer, quiero sentirme especial, quiero un lugar en el mundo que no me trate como pieza reemplazable”.
La adolescencia siempre ha sido laboratorio de máscaras. Antes eran tribus urbanas (¿Ya olvidaron la pelea de Emos vs Punks en la Glorieta de Insurgentes?); hoy son comunidades digitales. La diferencia es que ahora cualquier identidad encuentra eco inmediato en redes, y ese eco valida, amplifica y fija. El experimento que antes duraba meses hoy puede volverse etiqueta en semanas. El aplauso virtual llega más rápido que el reconocimiento por un logro real.
Entonces surge la inquietud legítima: ¿por qué no elegir identidades aspiracionales socialmente productivas —médico, investigador, artista, deportista— en lugar de identidades simbólicas? La respuesta no es cómoda. Convertirse en médico exige años de estudio, tolerancia a la frustración y metas a largo plazo. Adoptar una identidad simbólica ofrece pertenencia inmediata, narrativa personal y tribu instantánea.
El cerebro joven, cableado para la recompensa rápida, no es inmune a esa diferencia.
Aquí entran los adultos, no como jueces morales sino como arquitectos de contexto. Los padres ausentes —por necesidad o descuido— dejan vacíos que alguien más llena: internet, pares, algoritmos. No es maldad; es gravedad social. La figura de referencia importa porque ofrece espejo y horizonte. Un joven que ve de cerca el valor del esfuerzo tiene más probabilidades de buscar identidad en la construcción y no en la evasión.
Las instituciones educativas tampoco pueden lavarse las manos. Cuando la escuela se vuelve trámite y no territorio de descubrimiento, pierde su poder formador. Talleres artísticos, deporte, debate, ciencia aplicada, voluntariado: esas experiencias dan identidad encarnada. Un chico que sube a un escenario, compite en equipo o construye algo tangible no necesita inventarse tanto; ya se está haciendo.
Pero cuidado con la tentación de patologizar todo. Explorar no es enfermar. Probar identidades es parte del crecimiento. El punto crítico es si eso limita la vida, rompe vínculos o sustituye el desarrollo personal. Ahí toca intervenir con guía, no con ridículo. La burla educa poco; el ejemplo arrastra más.
Quizá la lección escondida que dejan tanto los impostores brillantes como los jóvenes en búsqueda es la misma: la identidad tiene poder. Puede abrir puertas o convertirse en jaula.
Fingir quién eres cansa; construir quién quieres ser transforma. La identidad sólida no se declara: se demuestra con hábitos, disciplina y propósito.
Tal vez la tarea colectiva no sea decirles “no seas eso”, sino ofrecerles caminos tan interesantes, desafiantes y significativos que no necesiten huir de lo humano para sentirse únicos. Porque la identidad más rebelde sigue siendo esta: tomar tu vida en serio y hacer algo valioso con ella.
Ser uno más es fácil. Ser uno mismo, pero trabajado, es la verdadera rareza. Y esa sí deja huella.
La pregunta queda flotando: si la identidad de nuestros jóvenes se está moldeando entre pantallas, carencias y búsquedas de pertenencia… ¿a quién le corresponde velar por nuestra juventud?
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