Lo que ocurrió con la reforma al Poder Judicial no fue un accidente ni una imposición aislada. Fue una demostración de fuerza democrática en su forma más cruda: cuando el poder ejecutivo, respaldado por legitimidad popular, decide avanzar, lo hace. Y quien no lo entiende, queda fuera del tablero.
Cuando Andrés Manuel López Obrador impulsó sus reformas, se encontró con resistencias previsibles: legislativas, mediáticas, judiciales. Apostaron a contenerlo. A desgastarlo. A que el sistema, por inercia, lo frenara. En la oposición no entendieron algo esencial: no estaban frente a un político tradicional, sino frente a un proyecto con respaldo popular sostenido.
Una muestra de respeto institucional básica, es ponerse de pie al momento del ingreso del titular del Ejecutivo. Al faltar a ese principio, Norma Piña y sus aplaudidores perdieron por soberbia, algo que pudieron haber detenido por más tiempo. El resultado fue el famoso Plan C: si no se puede reformar desde el Congreso, se gana el Congreso. Y se ganó.
Hoy, la escena se repite… pero con un giro más irónico.
Bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum, la reforma electoral —incluyendo el tema de los plurinominales— avanza con una lógica similar. Y una vez más, hay resistencias. No solo de una oposición externa que sigue sin brújula, sino de actores internos: partidos aliados como el Verde o el PT, que de pronto descubren matices, dudas, escrúpulos estratégicos.
El error que están cometiendo es casi poético, porque están reeditando lo sucedido con la reforma al Poder Judicial: confundir margen de negociación con capacidad real de freno.
Las encuestas —todas las serias— coinciden en algo incómodo para muchos: el respaldo ciudadano al proyecto de la 4T es enorme, consistente, y en muchos casos ronda el 80% de aprobación. No es un detalle. Es el corazón, del asunto. El respaldo popular, la legitimidad emanada de las urnas es indispensable, esencial e irremplazable. Porque en democracia, guste o no, el poder emana de ahí. Y cuando ese respaldo existe, la pregunta ya no es si la reforma pasará… sino cuándo.
Aquí es donde la analogía se vuelve contundente: La oposición creyó que podía resistir la reforma al Poder Judicial y terminó siendo rebasada. Hoy, algunos aliados creen que pueden matizar, negociar e incluso detener el Plan B de la Presidenta Claudia Sheinbaum, sin advertir que podrían volverse prescindibles.
El Plan C de López Obrador nos mostró que cuando el proyecto encuentra obstáculos, no se detiene… cambia de ruta. Y esa ruta puede ser, otra vez, electoral. Otra vez, directa. Otra vez, contundente. El debate de fondo —plurinominales, representación, equilibrio— es legítimo. Pero hay una verdad más profunda que muchos siguen evitando: México está viviendo una reconfiguración del poder político impulsada desde las urnas. Y frente a eso, hay dos opciones: Entenderlo y adaptarse, o resistirlo… hasta desaparecer.
Decir que esto es “poder sin contrapesos” es, en muchos casos, una forma elegante de no reconocer una realidad más incómoda: No es que falten contrapesos, es que quienes debían ejercerlos perdieron credibilidad, conexión y fuerza.
Las fuerzas políticas representadas en el Congreso, deben de entender el principio básico de la Evolución: Adaptarse o Morir. También, deben comprender que quién está impulsando estas reformas es la sociedad en su conjunto, y que ustedes, como representantes populares, deben acatar el mandato que se les dio.
La reforma electoral va, con o sin ustedes. No esperen a perderlo todo, si es que la Presidenta tiene que impulsar desde la Mañanera y desde todas las plazas del país, un Plan C, que los vuelva inútiles y obsoletos.
Y no lo olviden, ustedes son representantes populares. Y el 80% de los mexicanos queremos esta Reforma.




