Ciudad de México a 4 abril, 2026, 22: 32 hora del centro.
40 Horas
Ciudad de México a 4 abril, 2026, 22: 32 hora del centro.
40 Horas

Unidad latinoamericana

Decía Pablo Milanés:

“El nacimiento de un mundo se aplazó por un momento.
Un breve lapso del tiempo… del universo un segundo.”

Y, sin embargo, ese segundo se volvió década. Y la década, castigo. Y el castigo, costumbre.

Cuba vive en ese instante suspendido donde la historia no avanza, sino que se aprieta. Donde el tiempo no corre: pesa. No por una sola causa, sería ingenuo decirlo, sino por una combinación de decisiones internas y presiones externas que han convertido la escasez en método y la asfixia en estrategia.

Las amenazas constantes de Donald Trump, el endurecimiento del cerco, el bloqueo energético y la intención explícita de ahogar al país para forzar un cambio político, no son arrebatos. Son una lógica. Una forma contemporánea de ejercer poder sin necesidad de invadir.

Hoy ya no hace falta desembarcar tropas.

Basta con tensar la vida.

Cuando la energía se vuelve escasa, cuando el combustible no llega, cuando la cotidianidad se rompe, el mensaje no es técnico: es político. Y es ahí donde la crisis deja de ser únicamente interna y comienza a revelar su diseño.

Pero lo más inquietante no es sólo el cerco.

Es el silencio que lo rodea.

Porque América Latina, esa que alguna vez soñó con ser comunidad, ha comenzado a fragmentarse. Algunos países han decidido acompañar, por acción o por omisión, la política del gobierno de Estados Unidos para presionar a quienes no comparten su alineación ideológica. Otros han preferido guardar distancia, incluso frente a evidencias que exigirían una postura.

Y entonces ocurre lo que ya estaba escrito, con una claridad dolorosa, por Pablito, como solía decirle:

“Realizaron la labor de desunir nuestras manos,

y a pesar de ser hermanos,

nos miramos con temor.”

Ahí está la fractura.

Porque ya no es sólo Cuba.

Es Colombia. Es México. Es Venezuela. Es Nicaragua. Es Brasil.

Es un continente al que se le ordena, se le presiona o se le condiciona bajo distintos pretextos, el narcotráfico, la seguridad, la estabilidad, que terminan funcionando más como herramientas de alineación que como soluciones reales.

El mensaje es claro, aunque no siempre se diga: o te alineas… o te aíslan.

Sin embargo, hay algo que esa lógica no logra sofocar del todo.

“Lo que brilla con luz propia, nadie lo puede apagar.

Su brillo puede alcanzar la oscuridad de otras costas.”

Ese es el punto de fondo.

No es Cuba solamente como territorio.

Es Cuba como idea.

Porque incluso en medio de la escasez, del desgaste y de sus propias contradicciones, hay una decisión que persiste: no ceder completamente. Y esa decisión incomoda. Incomoda porque demuestra que el poder no siempre consigue lo que busca. Incomoda porque revela que hay pueblos que, aun bajo presión, siguen apostando por sostener su propio rumbo.

“Bolívar lanzó una estrella que junto a Martí brilló; Fidel la dignificó, para andar por esta tierra…” y decidió que no se apagara. Y desde entonces, esa luz, con todas sus sombras, con todas sus discusiones, ha sido observada, cuestionada, cercada… pero nunca extinguida.

Porque lo que está en juego no es sólo un modelo político.

Es la posibilidad misma de que exista una alternativa.

“¿Qué pagará este pesar del tiempo que se perdió, de las vidas que costó, de las que puede costar?”

La pregunta sigue abierta.

Y la respuesta, quizá, no está

Temas relacionados

Sobre el autor

Comparte en:

Comentarios