abraham-mendieta-estado-para-las-mayorias

Hace unos años, al calor del debate sobre la Reforma Energética, la entonces senadora Layda Sansores tuvo una frase premonitoria para los legisladores del PRI y del PAN: “Esta patria no les pertenece”.

Aunque Layda les compartió con claridad meridiana el sentir de millones de mexicanas y mexicanos, la única verdad que podía contener dicho enunciado era la del futuro. Porque si bien en términos de soberanía política era cierto que el país no pertenecía a las élites políticas y económicas que se lo estaban repartiendo, en términos fácticos el Estado y su control sí les pertenecía: estaba secuestrado al servicio del interés de unos cuantos, de esos pocos que tenían el dinero, el partido, el apellido, el cargo y la familia.

México tuvo que pagar un altísimo precio para poder liberar al país de sus captores: fraudes electorales, campañas negras a los candidatos que se opusieron al viejo régimen, cifras de violencia descontroladas y en tendencia creciente, corrupción política y financiera hasta en el último rincón al que llegaba el Estado, desde las mordidas a los apoyos sociales más reducidos hasta Odebrecht injerenciando con dinero extranjero en los procesos electorales a cambio de contratos irregulares; y, en el peor de los casos, hasta la sustitución del poder del Estado por el control territorial del crimen organizado coludido con los poderes públicos.

No sería correcto decir que los plagiarios de México claudicaron en doblegar el poder electoral, incluso cuando la legitimidad popular del viejo régimen estaba bajo mínimos. Los adversarios de México, hoy reconvertidos en una oposición reactiva y escorada a la extrema derecha xenofóbica, operaron local y distritalmente para salvar todos los muebles que les fuera posible: ganaron irregularmente algunas alcaldías de la Ciudad de México, aunque el TEPJF considerase que no existían motivos suficientes para repetir los comicios; operaron con víveres procedentes de las donaciones para el sismo del 19S muchas diputaciones locales, y en el resto de estados sólo el tsunami de la gente organizada para transformar a México consiguió detener la operación mafiosa del poder público enquistado por décadas en las cúpulas del PRI y del PAN. Aunque ya no tienen secuestrado al país, muchas de sus lógicas instaladas en el Estado aún continuan presentes.

Y es que el Estado nunca es neutral: su visión y misión, sus objetivos y mecanismos, así como su diseño y operación, siempre tienen beneficiarios y olvidados. El gran reto del nuevo gobierno de la cuarta transformación es reorientar toda la estructura y operatividad del Estado al servicio de los grandes olvidados de sexenios anteriores: las, al menos, 53 millones de personas que viven en la pobreza, abandonados por un Estado que priorizó a sus propios secuestradores. El Estado es la única herramienta efectiva que tienen los humildes para defenderse de los abusos de los poderosos porque México no puede avanzar con casi la mitad de su población completamente excluida de la atención de un Estado que por fin les pertenece a las mayorías sociales.

Abraham Mendieta. Analista político experto
en discurso político y populismo latinoamericano.

Twitter: @abrahamendieta

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on telegram
Telegram
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on email
Email

Relacionado

Recibe las noticias más relevantes del día

¡Suscríbete!