¿Por qué importa Monsiváis?

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La invención de la sociedad

No es posible entender lo ocurrido el 1 de julio de 2018 sin Carlos Monsiváis. Como estratega narrativo, definió los campos de la resistencia ante el régimen de Partido Único y sus correlatos del nacionalismo revolucionario: la calle, la apropiación de los medios culturales, y el discurso moral. En septiembre de 1985, Carlos Monsiváis nombra lo que está ocurriendo en las calles de la ciudad de México: ante la impavidez del gobierno de Miguel de la Madrid y su regente, Ramón Aguirre –que ha dicho para su celebridad: “Hay 10 presuntos ciudadanos colapsados”– los rescatistas, jóvenes preparatorianos y universitarios en su mayoría, dirigen el tráfico, pelean contra los retenes militares, buscan fuentes de agua potable, se esmeran en cocinas populares y albergues en escuelas, gimnasios y casas de cultura. Eso, escribe Monsiváis, es tomar el poder. No el imaginario del asalto al Palacio de Gobierno, sino su ejercicio en las prácticas que definen a una autoridad. Desde 1968 no ha existido disputa tan seria por el espacio público, al menos una que no termine en una masacre a manos de los policías o soldados. A falta de nombre, Monsiváis invoca un término que se abrirá paso en los siguientes días: Sociedad Civil. Según sus intuiciones, ésta se define así: “La sociedad civil, más que detallar las movilizaciones, resulta la profecía que, al emitirse, construye realidades en torno suyo. Es una visión premonitoria de la sociedad equitativa y su primera configuración práctica; intuiciones como forma de resistencia de lo inconfiable que resulta depender de las autoridades”. Así nombrada, los rescatistas que ayudamos durante días a mover piedras, cargar heridos o muertos, sabemos que estamos ejerciendo el poder y que el paso a la “normalidad” después de ello será tan imposible como deseable. La Sociedad Civil de Monsiváis no será, por supuesto, lo que se fue quedando con ese nombre, las instituciones privadas, las organizaciones financiadas desde fundaciones norteamericanas, o satélites de cúpulas empresariales. Tiene una realidad distinta: es un estado de ánimo de indignación moral ante los abusos del autoritarismo, es un giro hacia la fe en la democracia que incluye la certeza del fraude electoral, es la diseminación del clima por los derechos humanos cuando la autoridad culpa a las víctimas de su propia tortura, es la preocupación creciente por el medio ambiente (de la termoeléctrica nuclear en Laguna Verde a la prohibición de los toros), los feminismos ubicables desde los liderazgos estudiantiles (el CEU de 1986-87) hasta la lucha por esclarecer las muertas en Ciudad Juárez, los pueblos indígenas con el zapatismo inicial al que reprocha “su discurso de mártires”, los movimientos urbano-populares en defensa del asentamiento precario, y las comunidades eclesiales de base a favor de los débiles. Monsiváis incluye en su lista la lucha contra el desafuero del entonces jefe de gobierno del Defe, Andrés Manuel López Obrador: “AMLO es el político más atacado desde Francisco I. Madero”. Porque ve en el millón 200 mil de la Marcha del Silencio (24 de abril 2005) la expresión popular de un programa apenas sentido: “humanizar la política para humanizar la economía”. 

Describe así a esta nueva izquierda ciudadana cuyo objetivo es que la legalidad no se use con fines ilegales: “En lo básico, vienen de las realidades y las sensaciones de la exclusión, de la monstruosa distribución del ingreso, y de la impresión categórica: la “democracia” que se nos vende impide el participar en los asuntos del país. Vaya que lo saben: votan en 1988 y se produce el fraude electoral; votan en el 2000, un buen número incluso por Fox, y sobreviene el fraude de las expectativas. La derecha y los odiadores profesionales de Amlo eligieron su destino: viven pendientes de lo que temen y desprecian. La Marcha no se detiene o no se encapsula en el apoyo al Peje, es muy especialmente la declaración de autonomía respecto a la política al uso, es la voluntad de agregarse a una nación tan reducida que allí nada más caben los latifundios de diversa índole, los señoríos feudales, los supermillonarios, el odio de clase de los polarizadores, y casi nadie más. Por eso, al proscribir la violencia, arraigar en la civilidad, y hallarle sitio a la cultura jurídica, la Marcha merece ese adjetivo: inteligente, porque, y desde el principio, renuncia a las precipitaciones del exorcismo, a la ideología que cabe en un volante”. Monsiváis nombra, de nuevo, ese momento fugaz: la metamorfosis de la izquierda. 

La Sociedad Civil que nombra Monsiváis es el anverso de la masa sindicalizada que pertenece, sin su consentimiento, al PRI. Va a contracorriente de un “mexicano” –denominación del indio, el nopal, y el pulque– construido para la dominación perpetua: su principal atributo es el aguante y la convivencia con la muerte, más que real, es el desdén por la vida de los anónimos que tiene la clase empresarial. El mexicano acomplejado, resultado contínuo de una herida freudiana –la conquista española como violencia intrafamiliar– se convierte, para Monsiváis, en una expresión de racismo: del “lépero” del porfiriato –donde la vulgaridad en el lenguaje es procacidad de la existencia– al “naco” que se apropia de los signos de las modernidades sin importar el orden. Una élite aparentona, aspiracionista, que compra toallas de 400 dólares con nuestros impuestos, ejerce cotidianamente su desprecio contra el “pueblo” pero, al menos desde 1985, enfrenta una insurrección moral que es indignación ante el robo al erario, la mentira en los medios de comunicación, y la represión policiaca. Por eso, Monsiváis usa el nombre de Sociedad Civil sin importarle el pie de página académico que discute a Hegel y a Gramsci. Y resulta una palabra “performativa” –que se realiza mientras se dice, como prometer– en tanto los ciudadanos organizados ante las emergencias –catástrofes naturales o financieras– se reivindican parte de una opinión pública contra el régimen y sus excesos criminales. Se movilizan por millones cuando la injusticia es tan flagrante que aguantarla, aunque te deje sin mexicanidad, te dejaría sin dignidad.

El testimonio político de la Sociedad Civil contiene, además, sus expresiones culturales: lo popular es expropiación de la modernidad adaptada como sentido del humor. Hay una lectura que va de los miniaturistas artesanales de cocinas mexicanas o rings de lucha libre a las tallas en madera del Siqueiros de la cárcel, de las máscaras de danzas rituales a las calaveras de José Guadalupe Posada y Rogelio Naranjo, de los exvotos a la Virgen a las fotografías de Manuel Álvarez Bravo. Lo popular es un núcleo creativo que no ha dejado de moverse, reciclarse, encontrar semenjanzas, mientras que la “cultura de la élite” –que no logró leer un libro ni disfrutar de una sinfonía– es desprecio por lo de abajo y compra compulsiva angustiada por el qué dirán de la Región 1. El “subdesarrollo” –ese mote de los años sesenta– no será el de los plebeyos, sino el de la élite preocupada “por asomarse al espejo y no reflejar”. 

La curiosidad de Monsiváis por el cine de los cuarentas y hasta las telenovelas, por la educación sentimental del bolero, las rancheras, hasta Juan Gabriel, agrega otra dimensión a lo popular como el gran apropiador-expropiador de imágenes y lenguajes. Su forma de sortear a los medios monopólicos que abrevan de la carpa y los teatros de rumberas y, después, de los palenques y conciertos de rock donde el precio del equipo de sonido es parte de la distorsión armónica, es saber que, antes de aparecer en la televisión o la radio, han generado su propio público. Lo generado desde abajo adquiere el título de popular contra lo creado sólo por el marketing. Monsiváis describe las formas en que ha sido apropiado, qué sensaciones generaliza, qué esquema de emociones ayuda a construir. De Tongolele a María Victoria, la contorsión educa la sexualidad y el deseo. De José Alfredo Jiménez a Juan Gabriel, el dolor que se convierte en fortaleza para decir:

Que viva el placer, que viva el amor,
Ahora soy libre, quiero a quien me quiera, 

¡Que viva el amor!

Así, lo popular, a la que llama “tradición viva”, enlaza a una sociedad en lucha permanente contra lo monolítico del nacionalismo revolucionario: “Una religión, un Partido, el PRI; el autoritarismo de un género de poder (todos los puestos son de hombres); un modo único de ser varones o hembras; un infierno social a la disposición de los marginales de la economia, la política y las opciones sexuales. Y la diversidad sólo se admite si escenifica la moral ofendida, si hace reír o si ocurre en el campo de las artes y humanidades”. El ejercicio público de las diversidades étnicas, sexuales, morales y religiosas, es el perfecto antídoto contra la autocracia que desconoce la realidad y contra el sectarismo que aboga por la incondicionalidad. Apariencia y aparición de una sociedad vital que va del derrumbe y el olor a gas de los sismos de 1985 a la insurgencia electoral del 2018 con todo y su desconicerto de haber triunfado. No es que en esas tres décadas se haya consituido una Sociedad Civil por entero nueva, sino que sólo aprendió a reconocerse. Después de todo, no es de una organización de la que habla Monsiváis sino de un estado de ánimo que sospecha de quien lo ha estado negando durante ochenta años. 

La ciudad de la furia

Desde el inicio (1966), la ciudad de Monsiváis es su descripción: “Desde siempre he visto al Distrito Federal no como Ciudad, en el sentido de un organismo al que se pueda pertenecer y por el que se siente orgullo, sino como Catálogo, Vitrina, Escaparate y Muestrario de librerías, cines y taquerías. Llevado a la madurez por cambiar la cita en Tacuba y Palma por el date en Génova y Hamburgo”. Cuarenta años después, denomina el tiempo del presente urbano: post-apocalíptico. Sus atributos ya no son los jinetes que vienen a destruirnos sino lo causado por la acumulación en el Valle de México de una cuarta parte de la población: “el anonimato es una variedad del protagonismo”; “asentamientos urbanos que, en un descuido del Censo, van a aceptar que son ciudades”; “se habla de que ya no caben más almas en el vagón del Metro porque los cuerpos ya no cupieron”; “el culto a la modernidad como antídoto contra la nostalgia”; “la cola como distancia mínima entre la paciencia y la disolución del Yo”; “Vivir en la Ciudad de México es adaptarse a lo inminente, por lo común una versión levemente agigantada de lo ya existente”; “El que no le cuenta a un desconocido las dificultades sexuales con su pareja, carece de intimidad”; “el tedio es la etapa superior del vouyerismo”; “el Zócalo, el recinto de las masas cuando se sienten solas, y la Basílica de Guadalupe, a donde van las multitudes cuando se quieren sentir acompañadas”. Lo que importa es el tiempo delimitado por su descripción: “La Ciudad de México día a día se precipita a su final y, también a diario, se reconstituye con la energía de las multitudes convencidas de que no hay ningún otro sitio a donde ir”. La noción del un tiempo que se derrumba mientras es reconstruido es el de la modernidad mexicana, no sólo de su enorme demografía central. Lidia con los principales malestares de la novedad: el tedio, el culto al carisma del “influencer” por temor a olvidarlo la semana entrante, la idea de que las ciudades están llenas de vestigios arquelógicos de la Olimpiada del 68, la evanescencia de todo, menos del esfuerzo por permanecer. Lo fugitivo en Monsiváis es una categoría urbana pero también existencial. Ante la abulia que la élite intelectual y empresarial le atribuyó al pueblo, Monsiváis responde con el retrato de unos náufragos millones por decir una cifra– que no han cejado en su intento por llegar a tierra firme. 

En la esta Ciudad de México como tiempo y no como espacio, la tolerancia vino de la acumulación y la aceptación de lo diverso, de la posibilidad de venderlo. En el retablo de los lugares de los años cuarentas donde la sexualidad es apenas el contoneo de las caderas a la de los noventas cuando el sexo en vivo ha desaparecido por la excitación de los pixeles, el deseo convoca la explosión de las moralidades públicas. La secularización es una auto-representación y quien elige una designación y un modo de verse, hablar y mover su cuerpo, lo hace mientras dure su propio deseo. La insistencia de Monsiváis en la diversidad moral es clave, no sólo por haber sido criado en el presbiterianismo, sino porque ve en la hegemonía católica la posibilidad de la dominación por otros medios: “La noción inacabable de “quedar mal” con Dios, que es la sociedad, que es la familia, que es el patriarca. Este elemento “legendario”, por así decirle, le permite rápidamente a la Iglesia rehacerse de su derrota ante los liberales de la Reforma: pierden la guerra pero, a través de las mujeres, sojuzgan la paz. El Estado se separa de la Iglesia pero sigue unido a ella a través de la mitología familiar.” Así, la Reforma juarista no se terminará hasta que se permita la exhibición pública de todos los temperamentos, creencias, y puestas en escena del Yo de la Semana. 

Inhibir las emociones y sentimientos y desaparecer el género incómodo antes que transgredir la norma adquiere una distorsión cultural que define el tiempo de la ciudad post-apocalíptica con respecto a la “provincia”, que sí es un lugar en un páramo: desde 1968, todos los radicalismos del alma vienen de la capital. Es capital porque contiene los siete pecados, incluyendo los freudianos, los marxistas y los nietzscheanos. La expresión del confesionario que también funciona como dispensario en Celaya, encumbra al panista en la Presidencia: Fox se arrodilla frente a un Papa, recomienda no leer para no angustiarse, y encarna al vaquero que confunde sencillez con simpleza. El imperio panista es católico en su despliegue televisable, aspira a revolcarse dentro de una corte versallesca –“el círculo rojo”– y supone que los únicos ciudadanos válidos son los que “emprenden”, es decir, los que se ahogan en deudas para poner un “changarro”. A los tres trabajos asalariados, ahora el país le exige a sus hijos “emprender” e “innovar” en los ratos que dedicaban a transportarse. La moral es dictada desde la Presidencia y vuelven, como farsa, Maximiliano enredado en una toalla de 400 dólares y Agustín de Iturbide, gerente general. 

La ciudad de Monsiváis es la oportunidad, si no de las modernidades, sí del relajo que viene cuando tratamos de adaptarlas. Lo que interesa, a final de cuentas, no es la creación de un nuevo “mexicano” sino la explosión y promoción de sus singularidades, aunque éstas, en el tumulto que somos, ya sólo sean derivaciones. En el tiempo post-apocalíptico, la idea más absurda se descubre cuando ya es tendencia, el carisma es lo que se siente cuando alcanzas un “like”, las preguntas existenciales se resumen en “¿seré acaso un bot?” A la deriva, los náufragos de la modernidad iniciada por Miguel Alemán en la posguerra mundial –la corrupción cosmopolita– devienen en una malestar acaso menos interesante: el aburrimiento de lo digital donde cada mañana se descubre el por qué estamos aburridos. La novedad de lo mismo, es decir, del cambio, siempre fue nodriza de la melancolía. Pero, como el mismo Monsiváis nos alertó, hay una fuerza en esa agonía.

Lo mejor de la resistencia cultural contra lo monolítico de la política –opuesto a “lo político” como afirmación moral– y el dominio de nuestras servidumbres voluntarias, pasa por la mirada de Carlos Monsiváis y hacemos esa reelectura hacia atrás, de Apocalipstick (2009) a Días de guardar (1970). Lo que queda es una épica que él mismo funda cuando escribió sobre la izquierda sentimental (como él mismo definió su postura política): “Me conmovía entonces, como lo sigue haciendo, la actitud de la mayoría de esos hombres y mujeres convencidos de su eficacia, a pesar de todas las pruebas aportadas en contra por la reaccionaria realidad”. Desde hace las huelgas obreras de 1959 hasta hoy, lo que tenemos es una épica de la lucha dada por la derrota previsible: lo que importa no es lo ganado sino lo luchado. Pero, al menos, tuvimos ya una gran victoria para contar. 

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