Ciudad de México a 10 marzo, 2026, 13: 06 hora del centro.
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Balas contra el futuro: el precio de olvidar a los jóvenes

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En los territorios donde los cárteles extendieron su dominio, los jóvenes dejaron de ser el futuro para convertirse en el blanco: reclutados, desaparecidos o asesinados. En México, la guerra contra el narcotráfico tal como la hemos vivido en más de quince años ha tenido una estrategia militar, mucho ruido de tanques y balas, pero una grave ausencia de lo que realmente cuenta: la reconstrucción del tejido social. La juventud no puede seguir siendo “mano de obra barata” del crimen, sacrificada en una batalla que otros decidieron. Y los ciudadanos debemos recuperar la confianza en el Estado, creer en que la educación, el empleo y la comunidad cuentan más que la pistola.

Investigaciones recientes señalan que la exposición a la violencia organizada durante la infancia reduce hasta en 20 % la confianza política e interpersonal de los jóvenes.  En otras palabras: cuando un chico crece oyendo ráfagas, viendo cuerpos y sabiendo que la autoridad no está, el Estado deja de ser un guardián y se convierte en un espectador. Y entonces los cárteles aparecen como la opción para pertenecer, para “ser alguien”, aunque esa “ser alguien” sea matar para otro, desaparecer para otro, morir para otro.

Este no es solo un problema de violencia, es un problema de tejido social rasgado. Zonas donde hay deserción escolar, donde las familias no reciben apoyo, donde la liga joven-comunidad-Estado está rota, son tierra fértil para la inserción del crimen.  Por eso la guerra contra el narco no se gana exclusivamente con policías, pistolas o anexos militares. Se gana reconstruyendo comunidades, restaurando vínculos, generando oportunidades reales. Y los jóvenes tenemos que poner el primer ladrillo.

Primero, fomentando la confianza de la juventud en el Estado. Que un joven vea al gobierno como aliado y no como enemigo. Que sienta que sí tiene un hogar colectivo, que su vida importa más que los intereses de otros. Que tenga la certeza de que, si denuncia o participa, no será silenciado.

Esto exige que las instituciones funcionen, que la ley alcance a todos, y que la promesa de justicia sea más que discurso. Sin esta confianza, la desafección se profundiza.

Segundo, invirtiendo en educación y empleo digno. No basta con decir “no al narco”, hay que decir “sí al estudio”, “sí al oficio”, “sí al proyecto de vida”. Estudios muestran que los jóvenes en zonas violentas se escolarizan menos, abandonan antes y, cuando quedan fuera, la alternativa que encuentran no es buena precisamente.  Aquí la política pública debe reconocer que los programas de becas, capacitación, emprendimiento, tienen que llegar, sí, pero con calidad y con presencia territorial.

Tercero, reconstruyendo el tejido comunitario. No solo en casa, en la escuela o en la policía, también en el barrio, en la calle, en lo cotidiano. Cuando la comunidad se compromete, cuando los vecinos se conocen, cuando los jóvenes tienen espacios, cuando la cultura vuelve a ser de creación, no de destrucción, los carteles pierden terreno. Se volvió cotidiano ver conciertos con homenajes al narco, escenarios donde la narcocultura se celebra y se filtra entre la juventud.  Tenemos que contrarrestar eso no solo con la ley, sino con cultura, con arte, con sentido de pertenencia.

También es vital alertar sobre la injerencia extranjera, porque el narcotráfico en México no es solo un asunto interno: es un eslabón en cadenas globales, es influenciado por dinámicas externas (tráfico de armas, fentanilo, lavado de dinero), y por estructuras de poder que van más allá de nuestras fronteras. Mientras otros países miran hacia México como mercado, campo de batalla o plataforma, nosotros tenemos que defender nuestra soberanía, no solo con discursos, sino con ciudadanía activa. Un país donde los jóvenes no vean la violencia como destino, sino como crisis que afrontamos juntos.

Cuando vi el asesinato de un alcalde en Michoacán, con un joven utilizado como instrumento de muerte, la indignación me atravesó. Esa escena debería hacernos reflexionar: los jóvenes no pueden seguir siendo los peones del mal. Tenemos que reclamar la política de prevención, de reconstrucción social, no solo la de reacción. Y desde la izquierda, desde la transformación social, sabemos que no hay paz sin igualdad, no hay seguridad sin justicia, no hay futuro sin educación.

Como jóvenes, nuestra responsabilidad es doble: resistir la narrativa del miedo y de la resignación, y construir una nueva narrativa , la que dice que somos capaces, que importamos, que estamos aquí para transformar. No somos carne de cañón, somos viento de cambio. Cuando el Estado cumple su pacto, cuando la escuela funciona, cuando el barrio es seguro, cuando la cultura no glorifica al sicario sino al soñador, cuando México recupere su tejido social, el narcotráfico perderá su ventaja.

Porque las vidas jóvenes no pueden servir de ficha, ni de saldo, ni de estadística. Tienen que ser protagonistas del país. Y nosotros, los jóvenes, tenemos que exigirlo, tomarlo, defenderlo. La guerra contra el narco no es con armas: es con educación, comunidad y esperanza. Cuando esto ocurra, cuando recuperemos el tejido, cuando defendamos nuestra soberanía, entonces sí, podremos ver un México donde cada joven sabe que su vida vale más que el silencio.

Y los que hoy sueñan con ser maestros, médicos, artistas o ingenieros;  los que salen a trabajar desde temprano para mantener a sus familias;  los que pese a todo siguen creyendo que México vale la pena.

Esa es la verdadera lucha: que ningún joven tenga que elegir entre sobrevivir o soñar.

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