sábado, 25 abril 2026
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No te conviertas en Venezuela

La dominación se presenta como algo romántico, incluso deseable: orden, estabilidad, normalidad. No se anuncia como imposición, sino como cuidado. Pero es veneno, un veneno lento que no busca someter cuerpos, sino moldear conciencias.

Eso es la guerra cognitiva: la disputa por la percepción antes que por el territorio. No se trata de convencer, sino de condicionar; no de argumentar, sino de instalar reflejos automáticos y quien domina el algoritmo dirige lo que vemos, y lo que vemos va formando nuestras subjetividades, nuestros miedos y también nuestros límites imaginarios.

La consigna se usa como disciplinador: no te conviertas en Venezuela. No es advertencia ni análisis, es una orden, un mensaje diseñado para operar en el plano emocional y no racional. No dice “analiza”, dice “teme”. No dice “comprende”, dice “retrocede”.

Para que ese orden funcione, fue necesario construir un relato único, tomaron siglos de saqueo, colonialismo, intervenciones y resistencia, y la redujeron en un monstruo pedagógico. Venezuela dejó de ser un país real y se convirtió en un dispositivo de control, en un espejo roto que el poder global le muestra a América Latina para aterrorizarnos.

El mensaje se repite con distintos disfraces: “eso ocurre cuando el Estado interviene”, “eso sucede cuando se desafía al mercado”. La historia concreta importa poco; lo que importa es el efecto psicológico colectivo: miedo, autocensura, renuncia anticipada.

A un mes del secuestro del Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro y Cilia Flores, son absorbidos por la misma maquinaria narrativa. No se discuten como hechos geopolíticos complejos, sino que se transforman en espectáculo disciplinador, en una escena más para reforzar la consigna: no te conviertas en Venezuela.

Ahí es donde la dominación se vuelve romántica porque se disfraza de sensatez. El miedo se presenta como consejo, la renuncia política se vende como madurez y la sumisión se nombra “realismo”. Así, millones terminan defendiendo un orden que los excluye, convencidos de que cualquier alternativa conduce inevitablemente al abismo.

Ya no es la religión el principal factor de adhesión, hoy operan otros mecanismos: ideologías manufacturadas, el dinero y, sobre todo, el control de los medios. Basta con manejar el flujo de imágenes, relatos y emociones para defender a una oligarquía, por eso los hombres más ricos del mundo concentran los medios más influyentes.

El algoritmo no decide qué es verdad, pero sí qué es visible, y lo visible, repetido hasta el cansancio, termina por sentirse inevitable. Define qué proyectos son “viables” y cuáles son “peligrosos”, qué luchas son legítimas y cuáles deben provocar pánico, acotando el horizonte de lo posible antes de que la discusión siquiera empiece.

Nos dicen “no te conviertas en Venezuela” para que no nos convirtamos en sujetos políticos plenos, para que no hablemos de soberanía, justicia o poder popular sin que antes se active el reflejo del miedo y para que la agenda de las mayorías quede subordinada, una y otra vez, a la agenda del terror.

Nombrar esta estrategia es el primer acto de resistencia, entender que no estamos ante advertencias inocentes, sino ante operaciones sofisticadas de guerra cognitiva. La dominación puede presentarse como acto romántico, pero sigue siendo dominación, y ningún país puede aceptar ser disciplinado a partir del miedo.

La historia es de todos y su esencia es ser colectiva

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