La montaña mágica, publicada en 1924, no fue sólo un retrato de una Europa que se tambaleaba entre guerras, fue una advertencia sobre la forma en que las ideas se vuelven poder y cómo ese poder, disfrazado de progreso, puede devorar la vida. Habla de un orden imperial en crisis por las fuerzas que crecían alimentadas de la frustración de millones de trabajadores europeos sin tierra, sin voz, sin futuro.[1]
Son dos los personajes que encarnan esa tensión, por un lado se encuentra Ludovico Settembrini, el humanista que defiende la razón, la libertad individual y la fe en que el diálogo contiene a la barbarie. Por otro lado, Leo Naphta, su reverso y en quien encontramos: disciplina, verdad absoluta, violencia organizada. Aunque parecen irreconciliables, son las dos caras de una misma moneda: uno legitima jerarquías con lenguaje civilizatorio; el otro las impone con el sacrificio colectivo. Ambos defienden un supuesto derecho a imponerse sobre los demás.
La historia lo confirmaría brutalmente. Cuando el fascismo amenazó con devorar el status quo, las democracias occidentales y la URSS combatieron juntos entre 1941 y 1945, no por afinidad ideológica, sino por cálculo de poder, el humanismo prefirió pactar con el comunismo antes que arriesgarse a la derrota total. Esa alianza reveló que la verdadera naturaleza del liberalismo es la de un instrumento de dominación que se adapta cuando el capital se siente amenazado.[2]
Cien años después, el mismo patrón regresa. El capitalismo vuelve a entrar en crisis: su legitimidad en caída libre, un imperio en declive, conflictos bélicos interminables, fragmentación social extrema y un colapso ecológico inminente. Donald Trump, ante esta realidad, no rompe con el orden que impusieron Bush, Clinton y Obama, sino que lo lleva a su versión más cruel. El mercado sin contrapesos como política pública; la explotación sin límite convertida en poder depredador; el caos como forma suprema de libertad para quienes pueden pagar para mantenerse a salvo. Es la hegemonía norteamericana en su fase más sincera: cuando ya no necesita un discurso progresista para legitimarse.
¿Existe la posibilidad de que esta vez la historia no se repita como tragedia? Thomas Mann no podía anticipar las alternativas que emergieron de China y México. Hace un siglo, ambos países enfrentaban revoluciones populares. Hoy —con las experiencias de sus movimientos sociales en forma de Estado planificador, combate a la desigualdad y soberanía popular— se presentan como alternativas viables al martirio organizado o la razón liberal.[3]
China ofrece una respuesta desde el Estado: la economía socialista de mercado expresa esa lógica. El Estado establece la dirección, los tiempos y las prioridades; planifica, corrige y contiene. Hay ahí una ruptura real con el dogma liberal cuando los capitales dejan de dictar la dirección de la historia, pero el riesgo no desaparece, se desplaza. La reacción que provoca la expansión global del modelo chino —contención tecnológica, guerras comerciales, cercos geopolíticos— no cederá sin un orden multipolar donde la cooperación prevalezca sobre el despojo. Es una vía poderosa, pero incompleta, porque el Estado puede disciplinar al capital, pero nunca sustituir a la comunidad.
México propone una lógica alterna que proviene de la experiencia histórica de resistencia: la Conquista; la mutilación territorial del Tratado de Guadalupe Hidalgo; la farsa imperial de Maximiliano; la crisis de la deuda externa; el FOBAPROA. Todas experiencias de despojo que no lograron extinguir la memoria de nuestros pueblos originarios. De ese aprendizaje surge una larga tradición de no intervención: la Doctrina Estrada, la soberanía como capacidad de decidir sin imposición externa. Y detrás de esa soberanía, algo más profundo, la persistencia de formas comunitarias —el tequio, la asamblea, el mano vuelta— donde el valor y prestigio social se ganan por sostener la vida. Ahí hay otra forma de someter al capital desde la densidad del tejido social. Activar lo comunitario como potencia real: horizontal, local, autogestiva.[4]
La disyuntiva no es entre Washington y Beijing. Es entre el Capitalismo como soberano absoluto del planeta y la posibilidad de poner la reproducción de la vida por encima de la acumulación de la riqueza. Eso implica subordinar la economía a la comunidad y al territorio. Significa reconocer que la tierra no es un recurso sino una herencia, que el trabajo es un acto de creación colectiva. Ahí reside la única soberanía que vale la pena defender: no la de un Estado frente a otro, sino la del pueblo frente a cualquier mecanismo despiadado que lo someta.
El tiempo que regresa ya tiene alternativas. Ahí empieza la política.
[1] Por qué deberías leer «La montaña mágica» de Thomas Mann
[2] El imperialismo, fase superior del capitalismo
[3] China es inevitable – El Soberano
[4] Tras las recientes agresiones por parte de EEUU e Israel, Irán ha acuñado el término «Diplomacia de la Resistencia» como mecanismo de defensa.



