El “autoritarismo” de la 4T es el eslogan más reciclado de la oposición. Es una operación clásica: si un gobierno toma decisiones que afectan privilegios, entonces se le acusa de concentrar poder. Si regula mercados, es “intervencionista”. Si consulta al pueblo, es “populista”.
El poder no solo gobierna con leyes, gobierna con relatos, y cuando pierde el control del presupuesto, intenta controlar el sentido común. La disputa contra la Cuarta Transformación no se libra únicamente en el Congreso ni en las urnas: se libra todos los días en los titulares, en las mesas de “análisis”, en los algoritmos que deciden qué es tendencia. Ahí se juega la contrarreforma simbólica.
La derecha necesita instalar una idea: cualquier transformación es una amenaza. Por eso concentran la atención en las figuras, los liderazgos, los conflictos personales. Reducen todo a nombres propios, así borran de un plumazo al pueblo, a las mayorías que votaron, que participan, que respaldan. Invisibilizan la base porque admitirla implicaría reconocer que el poder ya no reside en la oligarquía.
Los grandes medios no operan en el vacío. Son empresas, tienen dueños, tienen intereses. Y cuando esos intereses se ven afectados por políticas fiscales estrictas, por el combate a la evasión, por la regulación energética, el discurso cambia de inmediato: lo que antes era “reforma estructural” se vuelve “capricho presidencial”; lo que antes era “ajuste necesario” ahora es “deriva autoritaria”.
Conviene mirar el mecanismo. Primero se selecciona el tema: seguridad, economía, instituciones; luego se enmarca desde la sospecha permanente; después se multiplican voces que, aunque aparenten diversidad, comparten la misma premisa: la 4T es un peligro. Es lo que Gramsci llamaba hegemonía: cuando una visión del mundo se naturaliza hasta parecer sentido común.
La palabra “autoritarismo” funciona como comodín: se lanza al aire y se espera que el miedo haga su trabajo. Pero hay una paradoja evidente: un proyecto que amplía derechos sociales, que fortalece la participación popular y que surge de mayorías electorales contundentes difícilmente encaja en la caricatura que describen. Lo que molesta no es la falta de democracia, sino el exceso de pueblo.
Al centrar todo en el Ejecutivo, la narrativa opositora oculta algo fundamental: la transformación no solo es gobierno; es movimiento, es organización, es colectividad. Hay comunidades que se organizan, jóvenes que debaten, trabajadores que defienden conquistas laborales. Eso no aparece en la foto porque rompe el guion de que todo depende de una sola voluntad y evidencia algo más profundo: que viviendo una primavera transformadora.
Como toda primavera, no es instantánea ni tersa. Trae conflictos y desacomoda inercias. Pero también abre posibilidad: la fabricación de opinión busca congelar ese proceso, presenta el pasado neoliberal de manera nostálgica y como etapa de estabilidad, de instituciones “fuertes” y mercados “libres”. Olvida convenientemente la desigualdad estructural, la corrupción sistémica y la subordinación económica que dejó millones fuera.
Las transformaciones generan resistencia y las clases que pierden privilegios no se retiran, se reorganizan. Si ya no controlan el presupuesto, intentan controlar la percepción.
Entender cómo fabrican la opinión contra la 4T es parte de la defensa de la primavera transformadora. No basta con gobernar; hay que disputar el relato. Porque cuando el pueblo deja de ser protagonista en la conversación pública, otros hablan por él. Y casi siempre lo hacen para devolver el país a quienes lo administraron como negocio, no como nación.



